En uno de los cada vez más frecuentes conversatorios en los que participa el biólogo inglés Richard Dawkins, se abrió el espacio para hablar de la poesía en la ciencia y, a diferencia de su megalomanía resonante cuando emite consignas para ser un ateo fiel, se dedicó a escuchar a su interlocutor, el famoso astrofísico Neil deGrasse Tyson. De este diálogo surgió una imagen de la poesía de la ciencia: Dawkins refirió la relación de los pilotos de avión con las alas de su nave, sintiéndolas como extremidades propias, a lo que el astrofísico refirió el sueño de uno de sus asistentes que soñó ser un cúmulo de estrellas que orbita el centro de la galaxia y añadió que si uno comienza a convertirse en su sueño cósmico, piensa creativamente sobre lo que queda por descubrir.
Si los aparatos como los microscopios o telescopios abren nuestros sentidos y no son sus meras prolongaciones ¿por qué no pensar que hay otros miles de sentidos que ni siquiera sospechamos y que muchos de los más acérrimos defensores de lo tangible y verifiicable los omiten o tildan de mera superchería porque no puede evidenciarse su existencia a partir de los cinco sentidos que confiamos tener?

