Hijos de Maro (Entrega 19)

Por Enrique Pagella

A continuación, les presentamos una entrega más de «Hijos de Maro», apretando en el número correspondiente podrás leer la entrega anterior que te hayas perdido: 18, 17, 16, 15, 14, 13, 12, 11, 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1.

1

A Madame Tara y a mí nos gustaba la casa de Isidoro Olivera por distintos motivos. A María de los Ángeles – prefiero usar su verdadero nombre – porque lindaba con la casa de la infancia de Cortázar; y a mí, a causa de que no me suscitaba ningún recuerdo.

Con cuarenta y cuatro años, sentir que algo es novedoso resulta, al menos, un alivio existencial, pues a esa edad se suele andar por el mundo como si ya lo hubiésemos visto todo. No negaré que, excepto por mi circunstancial trabajo – traducir novelitas románticas de vaqueros -, mi vida era sumamente agradable. Una hermosísima chica de veinte años se había venido a vivir conmigo, así porque sí, y habitábamos una espaciosa casa sin historia; a su vez, me esperaba una cátedra en la recientemente fundada Universidad de Lomas de Zamora.

Los primeros tres días de convivencia fueron una verdadera maratón sexual que reavivó una hernia de disco que los médicos descubrieron en Brujas, dos años atrás, mientras participaba en un campeonato de ping pong; pero la molestia física no alcanzó a eclipsar el discordante gozo que me provocaba la sistemática destrucción de todos mis hábitos personales – creo que dicha disolución siempre es saludable a condición de que sea temporaria, porque más allá de ese alcance todos los desenfrenos dan paso a una suave degradación que se evidencia con mayor naturalidad en la juventud que en la madurez, donde degradarse apenas si sirve para confundir la desesperación con el deseo. Por eso me puse en alerta apenas observé ciertas peculiaridades en la conducta de María de los Ángeles, plagada de hábitos alarmantes.

Ya adelanté que apenas empezaban sus orgasmos, recitaba el capítulo siete de Rayuela. Esta manía, si bien me hinchaba literalmente las pelotas, podía atribuirse a que mi joven compañera estaba enamorada de Cortázar como una adolescente de ahora puede estarlo de Justin Bieber, pero lo que no pude superar fue su afición por la medicina y la cosmética alternativas.

La mañana del cuarto día, desperté tarde, a eso de la diez. María de los Ángeles estaba en la cocina desayunando. Debo admitir que me arrobaban los desayunos que preparaba, eran deliciosos y nutritivos. Pero a la mierda con esos desayunos: Mi compañera bebía un gran vaso de un líquido color ámbar.

– ¿Qué estás bebiendo? – le pregunté sentado ya a la mesa.

– Mi orina – contestó con una tierna sonrisa.

– ¿Tu orina?

Me abalancé entonces sobre ella y de un solo movimiento le quité el vaso y le di un sorbo seguro de que me estaba jugando una broma. Yo nunca había bebido orina pero ese líquido vaya si era orina.

– ¡Es tu orina, maldita sea! – y la escupí asfixiado por una súbita arcada.

– Que te lo he dicho tío y te has comportado como un gilipollas – replicó con dulzura.

Le devolví el vaso y me quedé mirándola. Empezaba a sospechar que me había topado con una loca y recién en ese momento me pregunté si debía creer todo lo que había dicho que era – hija de unos españoles acaudalados y estudiante de parapsicología en Buenos Aires, donde vivía con sus orgiásticos tíos en el barrio de Belgrano.

Pensaba en esta cuestión cuando vi que se llevaba el vaso a la boca.

– Te pido que no lo bebas aquí, ve al baño.

– Ahora entiendo porqué te placen las películas de Buñuel; tú también eres un moralista – replicó ofendida y apuró el resto del vaso de un trago.

Después de este episodio consideré indispensable repensar qué me estaba sucediendo con María de los Ángeles. Sentía que la conjunción del capítulo siete de Rayuela con sus bocas en abismo y la boca de ella, abismada en su propia orina, amenazaban mi integridad personal porque me instalaban en un brete que iba de la repulsión que me empezaron a provocar sus labios y su lengua, al deseo que me despertaba ese cuerpo joven.

Al quinto día dejé entonces de besarla y ella lo advirtió rápidamente.

– Capullo, veo que no quieres hocicarme – dijo mientras desayunábamos.

– No, no te besaré si sigues bebiendo eso.

-¡A tu salud! – exclamó e hizo fondo blanco con una taza de un cuarto litro de tibia orina.

2

La práctica de la orinoterapia y el fanatismo por Cortázar no eran sus únicas aristas exasperantes. María de los Ángeles parecía haber nacido para introducirse en cualquier resquicio que le ofreciera mi cotidianeidad. Opinaba sobre la ropa que vestía; mis hábitos alimenticios le merecían la peor de las consideraciones; creía que el ping pong era un deporte estúpido; no soportaba mi gusto por Los siete locos de Roberto Arlt y llegaba a insultarme cuando me negaba a escuchar los fragmentos de la novela Los premios, libro que se la pasaba leyendo y releyendo todo el día en el sofá del living.

Al sexto día, en medio del desayuno, le pregunté por sus tíos y por sus estudios parapsicológicos.

– …casi no sé nada de ti – adosé al final de la pregunta, tratando de parecer encandilado -, por otra parte hace seis días que tienes puesta la misma ropa y aquí sólo hay ropa de hombre.

– Estáis con ganas de botarme – observó mientras dejaba el tazón sobre la mesa y quitaba los ojos de la novela.

– No es la expresión adecuada pero tengo mucho trabajo y quisiera estar solo – le dije ya sin faltar a la verdad.

Debía culminar la traducción de «Corazón Apache» de Margaret Palmer y desde que ella se había instalado en la casa, no había puesto mis ojos sobre ese pasquín cuasi porno. En la editorial esperaban la novelita para el día siguiente y todavía me faltaban traducir cincuenta páginas.

– Sé que tal vez sea un poco molesta y obcecada, por eso te recompensaré, trae esa máquina de escribir tío – dijo despabilando los dedos de la mano como una concertista de piano.

Horas después ya llevábamos siete páginas traducidas y ella había dactilografiado con gran velocidad y absoluta precisión todo lo que yo le había dictado. Pero no se había limitado sólo a tipear sino que había opinado sobre la traducción misma y casi siempre con buen tino, demostrándome un amplio conocimiento del idioma inglés.

La sola posibilidad de incumplir los compromisos laborales siempre me ha causado un pánico extremo. Cuando advierto que no podré satisfacer un plazo, enloquezco; de inmediato, un sudor frío me baja por las sienes y mi abdomen se llena de agudezas y tensiones. Es decir que la inesperada y meritoria ayuda de María de los Ángeles vino a compensar con creces todas los desagrados que me había ocasionado. Por fin encontraba en ella algo que me sedujera tanto o más que su generosidad sexual.

A las seis de la mañana del día siguiente, después de traducir toda la noche, ya estaba presta la historia de Cazador, un fiero guerrero apache, elegido por los suyos para atravesar el desierto en busca de la cara pálida que cumpliría con la sagrada profecía que le comunica Colmillo, el desdentado brujo de la tribu: «Para la bonanza de nuestro pueblo, deberás encontrar a la mujer de los cabellos dorados como la miel y traerla con nosotros para que la honremos como nunca lo hemos hecho con otra». Recuerdo literalmente el párrafo porque a María de los Ángeles le provocó un ataque de risa que nos detuvo durante quince minutos. Imaginará el lector atento que Cazador rapta a una blanca; su nombre: Loretta; no les sorprenderá saber que Loretta le tenía pánico padre a los apaches toda vez que despellejaron viva a toda su familia, incluido su padre, a quien el cacique Piedra Paciente le había cortado el pene para hacer con su piel una funda para la punta de la lanza; y supongo que no los desilusionaré si les adelanto que Cazador somete sexualmente una y otra vez a Loretta mientras regresan a la tribu. Llegados al campamento, ella está completamente enamorada de él que no disimula que le costará sobremanera compartirla con todos los machos de la tribu. Por eso no duda en matar a los primeros cinco que se acercan a la carpa donde está cautivo su objeto sexual. Entre la víctimas se cuentan sus dos hermanos, Serpiente Negra y Águila loca, cosa que pone de muy mal humor a Viento Húmedo, el padre de Cazador y cacique de la tribu. En consecuencia, Cazador huye con Loretta. Los persigue un centenar de apaches encabezados por el terrible viejo. La escena final acontece sobre un árido llano que se interrumpe en un abrupto y profundo desfiladero. Cazador y Loretta, montados en el único caballo que les queda, apenas pueden sacarle cincuenta metros de ventaja a la indiada, cuando descubren que el devenir y la geografía reducen el destino a dos opciones. Se entregan al castigo y al desenfreno sexual de los apaches o protegen su amor, arrojándose al abismo. Cazador mira entonces a Loretta y le dice: «Tú eres mía para siempre», y luego espolea al caballo para que apure el tranco. Pero ella, dos metros antes del fin, se escurre de entre sus poderosos brazos y salta a tierra mientras Cazador, sumamente indignado, cae, profiriendo maldiciones y amenazas.

La novelita culmina con Loretta sonriéndole a Viento Húmedo que la sube de los pelos a su caballo.

Con la traducción culminada supuse que me había extralimitado al considerar que María de los Ángeles era una loca de remate. Me acababa de dar una gran mano y otra vez sentí el mismo ardor que la primera noche, cuando no sabía nada de ella. Y como aún disponía de un par de horas le pedí que se lavara los dientes y luego le demostré cuan agradecido estaba.

Recuerdo con precisión la fecha, lunes 1 de octubre de 1973. Después de ducharme y de pedirle disculpas a María de los Ángeles por enésima vez, partí al barrio de San Telmo, en la ciudad de Buenos Aires, donde estaban las oficinas de la editorial. Después de entregar «Corazón apache» a la secretaria de la editorial, decidí bajar por la calle Florida rumbo a la plaza San Martín cuando a la altura de la calle Corrientes veo venir entre la masa de transeúntes a un gigante vestido de azul que lucía una barba tipo Abrahan Lincoln, rodeado por dos o tres fotógrafos que le hacían cruzar la avenida una y otra vez con el propósito de obtener, lo que supuse, una toma natural. Como me había pasado unas decenas de metros del hallazgo, decidí desandar el camino, ya que ese tipo que le sacaba una cabeza a todo el mundo y que cruzaba varias veces la misma calle, me resultaba obsesivamente familiar. Al darle alcance, advertí que era Julio Cortázar y no sentí sorpresa ni admiración algunas sino, y muy por el contrario, cierto leve espanto. Ese tipo, su historia y su obra me acechaban. Días después, las fotografías eran publicadas por la revista Gente. En una de las fotos aparezco yo, estoy en el margen izquierdo de la misma, cruzado de brazos; visto una remera color ladrillo con cuello azul y emerjo del hombro de la señora que está en primer plano, mientras miro en dirección a Cortázar que a su vez mira a cámara.

Estos son los respectivos links de la foto y de la nota que divulgó Gente: http://www.gente.com.ar/popImagenes.php?ID=15629&Foto=2 http://www.gente.com.ar/nota.php?ID=15629.

Temeroso de que alguna maldición se estuviese cerniendo sobre mí, huí en dirección a la plaza San Martín y como el gran flujo de peatones me estaba provocando una creciente sensación de sofoco, abandoné a toda carrera la calle Florida y en una esquina casi me llevo por delante a un viejo y a una mujer que lo llevaba del codo. Era Jorge Luis Borges.

– Perdone Señor Borges, no lo vi – atiné a decir.

– No se preocupe, yo tampoco – dijo el maestro y siguió camino.

Regresé a Banfield hecho un estrago emocional. Las manos me temblaban, el sudor frío me recorría el cuello y un raudal de ideas paranoicas se excitaba en mi mente sin hallar su lugar ni su descarte. A María de los Ángeles no le conté mi encuentro con su ídolo; tampoco se había enterado por propia cuenta de la presencia de Cortázar en el país. En la casa de Isidoro no había televisión ni radio y ella no era afecta a leer los periódicos. Así que absorta en la lectura del insoportable poema dramático Los Reyes, me recibió como si lo nuestro se tratase de un apacible matrimonio de varios años. Lo que sí le referí fue mi encuentro con Borges.

– Debe de ser verdad que ese viejo asexuado es un dios tarambana – comentó enigmática María de los Ángeles sin quitar los ojos del texto.

Luego me fui a dormir una siesta que se malogró atestada de sueños diminutos y superpuestos. Una puerta cerrándose repentina ante mí; Borges con atuendo de jugador de ping pong, repitiendo con su sonrisa ciega, «Serás suyo para siempre»; un Cortázar apache, en taparrabos, que no escuchaba mis advertencias y era atropellado por una diligencia del lejano oeste que transitaba la avda. Corrientes; María de los Ángeles bañándose con la interminable orina de seis militantes desnudos de Montonores, dispuestos alrededor de la bañera; la casa de Isidoro que súbitamente se venía abajo, como si la atacase un terremoto; y otra vez María de los Ángeles, que se desvestía y se metía en mi cama para decirme que tenía un llamado de la editorial.

Desperté aterido, tiritando, con María de los Ángeles a mi lado, desnuda como en la escena del sueño, que me miraba condescendientemente.

– Parece como si hubieseis visto un fantasma, joder – dijo en un susurro.

– Créeme que he visto a varios – atiné a decir mientras juzgaba apropiado hacerme, a la brevedad, un chequeo médico.

– Tienes una llamado de la editorial – dijo entonces mi compañera como si nada.

Salté de la cama y aturdido por esa extraña intromisión de la realidad en mis sueños atendí el teléfono. Era la secretaria de la editorial que me comunicaba que el dueño de la misma, a quien yo aún no conocía, quería verme al otro día, a primera hora de la mañana. Cuando le pregunté el motivo no supo qué contestarme.

Esa noche quise dormir solo. Como la casa tenía seis dormitorios, María de los Ángeles tardó alrededor de una hora para elegir él de su agrado. Cuando estuvo instalada fui a darle las buenas noches.

– Me habría complacido tener un hermano mayor tan chulo como tú – me dijo después de besarle suave y largamente los labios.

Sus ojos color miel brillaban húmedos y bajo la suave sábana blanca pude adivinar la turgencia extrema de sus pezones y el ligero y rubicundo delta de su monte de Venus. Y me habría metido en la cama con ella si mi pie izquierdo no hubiese volcado la jarra de orina que María de los Ángeles había disimulado a un costado de la mesita de luz.

3

No me he referido, ni lo haré en extenso, al clima político que se vivía. Perón había ganado las elecciones presidenciales el 23 de setiembre y su vicepresidente era su esposa, María Estela Martínez de Perón, Isabelita, cuya única formación política había consistido en acompañar, desde fines de 1955, al general en su largo exilio.

A Perón le gustaban las chicas con aptitudes artísticas. Evita fue una actriz eminente ya que si bien no lo demostró cuando desempeñaba ese oficio, lo hizo con creces como líder de multitudes. Basta ver sus discursos desde el balcón de la Casa Rosada, en especial ese último gran acto, donde sostenida por un armazón de alambre bajo el vestido, esquelética y trágica, se dirige con profundo amor a la multitud que la aclama. Es decir, Evita tenía potencia dramática. Cualidad de la que Isabelita adolecía por completo. Perón la había conocido en un cabaret de Panamá donde se hacía llamar Isabel Gómez y se desempeñaba como bailarina exótica. No sé qué tipo de exotismos acometía pero doy por descontada su virulencia porque Perón ya era un hombre hecho y derecho, con mucho mundo encima, como para deslumbrarse así porque sí de una mujercita que en su vida pública se mostraba carente de gracia y de presencia escénica.

A mí modo de ver, la Argentina sería gobernada por un cuarteto: el viejo monstruo político, su próstata, la frágil ex bailarina y el policía-brujo, López Rega. Incluyo la próstata del general porque tenía una muy grande y dolorosa.

La próstata es una glándula del aparato genito-urinario masculino, enfrentada al recto, debajo y a la salida de la vejiga urinaria. Contiene células que producen parte del líquido seminal que protege y nutre a los espermatozoides contenidos en el semen. Durante el orgasmo, el esperma es transmitido por los conductos eyaculadores que entran en la próstata, desde los conductos deferentes a la uretra. Los hombres son capaces de eyacular cuando se les practica masaje prostático, tacto rectal. Es decir, cuando se les mete un dedo en el culo.

Y los hombres de edad avanzada que padecen alguna afección prostática suelen encontrar alivio al intenso dolor mediante la introducción de un dedo u otro objeto fálico en el ano. Suelen encontrar alivio y una instantánea eyaculación, dos sucesos que los viejos aprecian sobremanera.

López Rega era quien metía ese prodigioso dedo en el culo de Perón, López Rega e imagino que también Isabelita. No especularé si Lopez Rega además mantenía relaciones sexuales con ella. Es sabido que la había iniciado en el espiritismo, que para el caso – la influencia del policía-brujo – era lo mismo. Quien nos calma el dolor y nos da placer siempre resulta un ser amado. López Rega, esa mente policíaca y esotérica, fue amado por Perón e Isabelita, y por medio de ese amor, se convertiría en el gobernante real del país, de un país enardecido, presto a las violencias de todo tipo y signo, de izquierda y de derecha, con razón y sin ella, al tiempo que las potencias creativas de las artes alcanzaban un grado sumo. En fin, como después se vio, Argentina estaba por transformarse en un país cuyo desarrollo político y artístico dependería, en parte, de un dedo en un culo.

Tal vez esa era la extraña esencia de la energía que yo sentía cada vez que recorría las calles de Buenos Aires. Había una inminencia suspendida en el aire viciado de la ciudad. Una inminencia inmanente alitero, que constreñía el acontecer a dos posibilidades: si algo sucedía, ese algo debía ser sublime o trágico.

Eso sentí la mañana del 2 de octubre de 1973, cuando extenué nuevamente la calle Florida, atento a la súbita aparición de algún genio artístico o a la eclosión de una balacera o un atentado. Hacía mucho calor y la reina del Plata parecía una pastosa y malhumorada prostituta.

Cuando llegué al edificio donde tenía su diminuta oficina la editorial, noté que carecía momentáneamente de suministro eléctrico; le habían cortado la luz, como dicen los porteños. Tuve que subir por una oscura escalera seis interminables pisos. La secretaria de la editorial era una mujer bizca de unos cuarenta años, algo rolliza y de aspecto exageradamente pulcro, cuyo escritorio lucía una cantidad excesiva de velas. Sin retribuirme el saludo me señaló una silla y después de unos diez minutos de silente espera, escuché un grito de dolor y luego una voz chillona que preguntaba por mí de la siguiente manera: «¿Ya llegó ese pelotudo?».

Al entrar al despacho me encontré con dos tipos que intentaban darse golpes con las manos abiertas a la luz de un paupérrimo sol de noche. Uno era medio gordito y de estatura media, de unos cuarenta años; lucía una melena encrespada y se mostraba más entusiasta al lanzar las bofetadas. El otro, mucho más joven, tenía el aspecto atildado de un joven militante del partido Radical; llevaba el cabello corto y prolijamente peinado, y su rostro estaba encajado en unas gafas de gruesos cristales que los mandobles del otro no conseguían hacer saltar.

Sobre el escritorio advertí un cenicero repleto de colillas, una botella de alcohol fino y un vaso.

– Pendejo estúpido – se quejaba el gordito, sin dejar de golpear -, yo te voy a enseñar literatura, la concha negra de tu abuela…

– Pará Osvald – gemía el más joven y se cubría con los antebrazos -, la semana próxima te traigo el relato de las ovejas que filosofan…

– No, ya no quiero ese relato – dijo Osvald, advirtiéndome con la mirada extraviada -, ahora quiero una orgía de ovejas en medio de la pampa ¿Está claro mi caro César?

César entonces aseveró repetidamente con la cabeza, al tiempo que Osvald se sentaba al escritorio y, sin dejar de mirarme como un poseso, se servía un trago de alcohol.

– Vos debés ser el pelotudo que tradujo «Corazón apache».

– No le permitiré que me falté el respeto – repliqué harto de la situación.

– ¡Qué tipo educado! ¡No me tutea! – exclamó Osvald buscando la complicidad de César.

– A mí ya no me gusta Cortázar pero lo que hizo el pelotu…

– A vos te gusta – lo interrumpió Osvald -, a vos te gusta lo que hizo este paragua descerebrado.

– Y sí, sí, es una experimentación divertida…

Yo no entendía de qué estaban hablando pero era evidente que hacían referencia a mi traducción. La escena se me antojaba demasiado onírica para ser real; Cortázar aparecía nuevamente, desatando en mí un tipo angustia que nunca antes había sentido. Para colmo, detrás de Osvald, sobre una desproporcionada caja fuerte, había un gato que no dejaba de mirarme de mala manera.

– Para mí es una mierda – sentenció Osvald y lanzó el contenido de su vaso, por encima del hombro, hacia atrás, impactando de lleno en el animal y haciéndolo huir. Luego abrió un cajón, extrajo mi traducción y me la extendió por encima del escritorio.

– A ver, decime una cosa ¿qué querías lograr con ésto?

– ¿Con qué?

– Con los textos de Cortázar que diseminaste hacia el final de la novelita.

– Yo no diseminé… – comencé a decir y me detuve.

No hacía falta que me explicaran más. Tomé la traducción y al abrirla advertí que habían subrayado todas las incrustaciones. La primera que examiné, correspondía al capítulo siete de Rayuela. Acto seguido guardé «Corazón apache» en mi portafolios, me puse de pie y me despedí. Tanto Osvald como César se mantuvieron callados, inmutables. Era obvio que la novelita y yo les importábamos muy poco.

Al salir de ese edificio infecto, algo estalló contra la vereda, apenas un metro delante de mí, salpicándome la camisa y el rostro. Cuando pude salir de la conmoción, observé que el amasijo de pelos, vísceras y sangre era un gato destrozado que seguramente había sido arrojado desde la ventana del sexto piso del edificio, donde alcancé a divisar dos hombres asomados.

4

Regresé a la casa de Isidoro en un taxi. En el camino compré un hacha y un bolso donde la disimulé. No me llamó la atención que mi llave ya no pudiese abrir la puerta. Como la casa tenía dos entradas di una vuelta manzana y probé la llave respectiva con idéntico resultado. En consecuencia saqué el hacha y destruí la puerta no sin poco esfuerzo. Extenuado ingresé a la casa justo en el momento en que se cerraba la puerta del zaguán que comunicaba con el gran comedor en torno al cual se distribuían los dormitorios, el pasillo que llevaba a la cocina y el baño, y la gran puerta de nogal que comunicaba con la otra parte de la casa. Al trote llegué a tiempo para ver por el ojo de la cerradura como se parapetaban María de los Ángeles y un hombre delgado y de elevada estatura, tras el sofá. De inmediato me aboqué a destruir esa puerta también. Cuando logré entrar al salón, ya no estaban allí. Intuí que se habían fugado rumbo a Rodríguez Peña, donde me topé con la correspondiente puerta cerrada, la cual derribé con gran esfuerzo. Ya sin ímpetu me topé entonces con la puerta principal, puerta que ya quise demoler. Al abril el cancel vi que María de los Ángeles subía a un Ford Falcón color verde que el hombre alto y delgado – al que siempre vi de espaldas – ponía en marcha y sacaba arando humosamente el asfalto.

Esa fue la última vez que vi a Madame Tara en Buenos Aires. Nunca más viví con mujer alguna una situación similar, es decir, tan inexplicable. Aún ahora, mientras escribo estas palabras y el motorhome conducido por Oliverito hiende la interminable pampa argentina, me pregunto cuáles fueron las motivaciones de semejantes comportamientos; me refiero al mío, al de Madame Tara, al de Osvald y César, al de Cortázar, al de Borges, al de Perón, al de Isabelita, al de López Rega, al de la izquierda, al de la derecha, al de los militares y al de – porqué no – el gato que me había mirada tan mal.

No tengo respuestas ni quiero, a esta altura de mi vida, perder tiempo en buscarlas. Sé que propiciar la novela de mi querido EP tal vez sea mi última misión en este planeta que tanto quiero y que tan bien me ha tratado a pesar de todo. OZ es de la opinión que aún viviré una década más; así espero que sea. Moriría feliz si puedo atestiguar el efecto de «Hijos de Maro» en el mundo de las letras, ese mundo tan peculiar y extraordinario.

Para finalizar esta entrega, informaré que EP ha culminado la traducción del texto que le dicta Snuflk Karlto o lo que quizá sea lo mismo, Snuflk Karlto ha dejado de dictar. En suma, esa parte de la novela ya tiene un fin; y mi querido EP pronto volverá a su vida. En este mismo instante, duerme en compañía de DS, quien ya me ha manifestado su decisión de abandonarnos en el primer pueblo más o menos decente que encontremos.

En la próxima entrega, estimados lectores, publicaremos el primero de los últimos tres capítulos de Hijos de Maro. Claro que si no nos atrapa la policía.

Roberto Ruppi

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4 Responses to “Hijos de Maro (Entrega 19)”

  1. Innombrable says :

    Como siempre, guias excelentemente el relato… me vi tomado orine, caminando por las calles de Argentina y compartiendo con Cortaza y Borges.
    Soy fanático de Rayuela y Cortazar,

    • Enrique Pagella says :

      Gracias amigo Carlos. A mi me subyuga el escaso Rulfo. Gracias por tu tiempo. He recibido la segunda entrega de tu novela. Leí la primera. En cuanto lea la segunda y tenga un tiempo – estoy hasta la coronilla de cosas – te haré una devolución. Abrazo.

  2. Humberto says :

    Hay de todo en esta entrega, Enrique, una gran porción de una Argentina que no conocí pero que intuyo desde que vivo aquí. Muy bien llevado, dinámico.
    Por cierto, hay alguna que otra fantasía sexual que se despertó gracias a este relato, pero no es un tema para tratar aquí.
    Un abrazo.
    HD

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