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Kafka, Van Gogh, una separación y el peor viaje en taxi de mi vida

POR ENRIQUE PAGELLA 

 Carl Spitzweg, 1839.

Carl Spitzweg, 1839.

Kafka decía en sus Diarios que no valía la pena salir al mundo. Creo que lo decía más o menos así: Siéntate, ya se ocupará el mundo de golpear a tu puerta.

No hay nada como una fugaz y esmerilada soledad cuando gozamos del circunspecto embrujo del equilibrio. Los genitales no nos laten. El miedo no nos impulsa a dar doble vuelta de llave en las puertas. No tenemos hambre ni pequeñas ambiciones. Los indestructibles reclamos no chillan desde el pecho. Los recuerdos no nos propinan ganchos al hígado y, a la vez, sentimos el desasosiego de no querer nada, de no crear el camino hacia algún futuro con un estúpido deseo. Un vacío laico, es decir sin misticismos, nos aísla para que notemos que la felicidad también es una metáfora.

Hace veintitres años me quedé de a pie en Belgrano. Eran las tres de la mañana y los colectivos y el tren ya no pasaban y todo indicaba que tendría que hacer tiempo en algún bar. Después de caminar una media hora encontré uno de mala muerte en el que me pedí una ginebra y una cerveza y me puse a leer las carta de Van Gogh a su hermano Theo.

En una mesa cercana una pareja de cincuentones gastados discutían enérgicamente, cosa que me molestaba porque me impedía la lectura de las magníficas cartas de Van Gogh. La disputa de pronto se espesó y el tipo se fue al baño. Ella, una rubia roída, aprovechó la soledad para acercarse a mi mesa y preguntarme si todavía era una mujer atractiva. Sorprendido, no atiné a responderle; me quedé mirando sus ojos azules. La rubia, molesta, insistió. Le urgía saber si yo la consideraba atractiva. Le dije que tenía lindos ojos. No fue una buena respuesta. La tipa se puso mal y comenzó a insultarme. Me dijo que era un pendejo cobarde y cuando creí que estaba por arrojárseme encima, apareció su hombre y la gresca adquirió dimensiones folletinescas. Me voy dos minutos y ya te buscás un pendejo, aseveró el tipo. El pendejo es tan cobarde como vos, replicó ella y le dio un sonoro cachetazo. Intervino entonces el mozo para separarlos, recibiendo a cambio un recto al mentón que la rubia ajada le había esquivado al veterano gris.

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El barrio Santa Fe: Las Paisas, Atunes y la Piscina, los Cuquitours y el comercio exclusivo (Entrega dos)

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El barrio Santa Fe comenzó a acoger el negocio del comercio sexual en la segunda mitad del siglo XX y también a hacerse a una reputación que lo llevaría a ser el hogar del grueso del negocio a principios del siglo XXI. En 2001 este barrio se convirtió en la primera y más grande Zona de Tolerancia de Bogotá. Gracias a esto, la alcaldía logró concentrar en un solo lugar el comercio relacionado a la prostitución y los establecimientos dedicados a ofrecer los servicios llamados de alto impacto de diversión y esparcimiento. Ahora en las cerca de veinte manzanas del barrio –ubicadas entre la avenida Caracas y la carrera 19 y la calle 19 a la calle 26—se alojan hoy la mayoría de bares, whiskerías, residencias y prostíbulos de la ciudad. Este tipo de comercio comparte espacio con casas de familia, iglesias, tiendas, supermercados, misceláneas, panaderías, talleres y restaurantes tradicionales del barrio.

Esta concentración del comercio relacionado con la prostitución ha generado una dinámica propia del barrio que lo hace diferente a los demás barrios de Bogotá. Alrededor de la prostitución se han delineado el paisaje y la arquitectura, se han rediseñado las casas, se han construido y transformado grandes edificios, se han cubierto puertas y ventanas y se ha desarrollado una estética particular. También se han marcado los espacios específicos para las prostitutas y han proliferado los cuquitours o tours eróticos, cambiando el tráfico. Así mismo, la zona se ha convertido en el espacio propicio para un mercado nicho: el de los productos exclusivos para el consumo de las prostitutas.

¿cómo es el barrio Santa Fe?

En las calles del barrio Santa Fe se percibe aún la belleza de su pasada gloria, construida y sostenida por las familias tradicionales que habitaban el barrio y que luego se mudaron a Teusaquillo, Chapinero y Usaquén. Entre los edificios nuevos cubiertos de baldosas de colores, de avisos de neón y de ventanas cubiertas de plástico refractivo, los talleres y el comercio del barrio sobreviven muchas de las casas que fueron construidas en la primera mitad del siglo XX. Algunas aún batallan allí para no convertirse en negocios, pero la gran mayoría se han transformado o han desaparecido para dar paso a los clubes, a las discotecas gigantes, a los pórticos y galerías que enmarcan a las filas de mujeres semidesnudas que allí se despliegan.

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