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Bigotes, sueños y divorcios (crónica)

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Las soluciones jurídicas son la venganza Moctezuma y los divorcios ya no valen tanto: novecientos pesos mexicanos equivalen a sesenta y seis dólares con cuarenta y dos centavos. Lo costoso es el envejecimiento, la semejanza con un Pepe Grillo cantador de su silencio entre prostitutas de piel furiosa que lo ven como un rabino con senos de manatí. En México D.F las calles Europa y África están separadas por la avenida Pacífico y , a un costado de ella, aparece la oferta; los turistas, abundantes en el barrio Coyoacán, no se percatan, ni siquiera las parejas que entonan los cantos de la sexualidad fracasada y los deseos ocultos por gentes desconocidas. Quizá en las noches, cuando se tiren a dormir dándose las espaldas, sueñen con finales matrimoniales. Yo soñé una mujer con bigotes, una paisana de Stalin, pero no tenía el mostacho del soviético, ni siquiera el de Trotsky, semejaba el de Frida Kahlo (el Mickey Mouse mexicano); movía sus labios bajo la sombra de sus delgados pelos y emitía discursos en alguna plaza atestada de espíritus obreros dispuestos a degollar a cualquier troglodita que carezca de conciencia de clase. Me hubiera gustado más el bigote de Stalin o de Trotsky pero los lugares y sus cosas contaminan hasta tus sueños.

Mil cazamientos

Por Rocío Sala Espiell

cazadores

Se sentó detrás de un árbol a esperar. Según lo que le habían dicho faltaba poco para aquella persona saliera de la ducha y se vistiera delante de la ventana, como las últimas tardes alrededor de las cinco, o seis, después de ejercitarse en el sótano. Desde afuera podía escuchar el metal de las pesas chocando, el ruido a trabajo, las quejas por el esfuerzo, sentía hasta el sudor de su frente. Miraba a cada lado, tenía que asegurarse de que nadie la viera. Salió de la ducha sin ponerse la toalla: le colgaba algo del cuerpo. Se paró de un salto y se golpeó la cabeza contra una rama. Él no era él, tal como le habían avisado. Se acercó lo más que pudo a la ventana: tenía un cubo de seis centímetros por lado, colgando por medio de dos cables, del costado derecho, a la altura de las costillas. Cada vez era más difícil diferenciarlos, pero eso ya lo había visto en otros, no necesitó ver más. Empezó a correr en dirección a su casa, que quedaba a pocas cuadras, y al entrar la interceptó su madre:

-¿De dónde venís tan apurada? –Le preguntó al verla atravesar la entrada, con la respiración agitada.

Cerró la puerta y fue hasta la cocina a agarrar un vaso con agua. No podía hablar.

-¿Otra vez Angélica? –La siguió y le zamarreó el brazo, haciendo que volcase–. Dijimos que íbamos a dejar de hacerlo.

-Dijiste, mamá –refutó sin mirarla y tomó el agua de un sorbo.

Tenía el pecho agitado, sentía que el corazón estaba a punto de estallar. Volvió a llenar el vaso y a vaciarlo. Dio media vuelta y se dirigió a las escaleras; inhaló profundo y las subió a los saltos.

-¡Basta Angélica! –Gritó desde el primer escalón–. ¡Tenemos que parar!

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