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Ernesto Sábato: El artífice del matrimonio de Aira y Piglia

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Ernesto Sábato es uno de los escritores que con más desconfianza y desprecio es visto por los literatos argentinos. La manera en que lo descartan del «canon» es agrupándolo dentro de ese elenco de extraños próceres que jamás batallaron pero usaron consignas moralizantes. Entre los escritores que hoy día dominan el mundo editorial del país del sur, muy pocos, quizá ninguno, se atreve a afirmar que desciende en su escritura del autor de «El Túnel». César Aira, cuyas novelas constituyen uno de los «corpus» más utilizados en las tesis de las facultades de letras, afirma lo siguiente:

A Sábato no lo hemos tomado nunca muy en serio. Y sorprende un poco que alguien se lo pueda tomar en serio. Es un señor que tiene aristas muy risibles: esa vanidad, el malditismo… Malditismo que no condice con su personalidad. Es un señor perfectamente racional que juega al maldito. Así, se ve obligado a escribir constantemente en sus textos la palabra angustia, la palabra dolor… y claro, eso no funciona.

Tan de acuerdo en el desprecio  están los escritores argentinos que dominan el panorama actual que Ricardo Piglia,  el marido maltratador de Aira y, por tanto, un «enemigo» a quien el autor de «Una novela china» tildó como hijo de Sábato, consagrando a Ernesto como su suegro, dijo del autor de «Sobre héroes y tumbas» :

Era bastante desagradable y oportunista. Había cultivado un mito de sí mismo que era un poco ridículo

La impopularidad nacional de Sábato, a quien juzgan con mayor encono su tibieza con la dictadura que al propio Borges, contrasta con el entusiasmo que muchos sienten por él en otras latitudes, corriendo con una suerte similar a la de Cortázar, más querido y admirado fuera que dentro de Argentina, compartiendo un sino que ya Fogwill  vislumbró al corregir a su amigo Aira y afirmar que el hijo de Sábato fue Cortázar, dejando huérfano al matrimonio César-Ricardo. Les presentamos una entrevista de este escritor que une a los literatos argentinos y lo convierten, a ese sí, en un indiscutible «canon»(palabra muy cara a los afectos de los suplementos literarios y profesores de letras de Argentina) del desprecio: