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Un postre para la depresión dominguera (Thomas Bernhard)

Tjomas solía cabecear como loro después de pensar en suicidarse

Thomas solía cabecear como loro después de pensar en el suicidio

Thomas Bernhard construyó muchos de sus libros basado en retornos obsesivos a ciertos eventos de su vida. En «El Origen» el escritor austriaco se vale de una recurrente idea que atraviesa cada uno de sus libros: El suicidio. A esta se le suman los momentos que vivió en un internado nacionalsocialista y, posteriormente, su regreso a uno de ideología católica -lo cual, para Bernhard era lo mismo-. También está presente Salsburgo, la ciudad que, junto a sus padres y profesores, lo destruyeron, sumando montones de escombros sobre los escombros que hicieron de él. Les presentamos el inicio de la segunda parte de «El origen», el cual dejará con muchísimas posibilidades de sueño esta calma chicha de domingo:

Somos procreados, pero no educados, con todo su embrutecimiento, nuestros procreadores, después de habernos procreado, actúan contra nosotros, con toda la torpeza destructora del ser humano, y lo arruinan todo, ya en los tres primeros años de su vida, en ese nuevo ser, del que no saben nada, sólo, si es que lo saben, que lo han hecho aturdida e irresponsablemente, y no saben que, con ello, han cometido el mayor de los crímenes. Con una ignorancia y una vileza completas, nuestros progenitores, y por tanto nuestros padres, nos han echado al mundo y, una vez que estamos ahí, no pueden con nosotros, todos sus intentos de poder con nosotros fracasan, pronto renuncian, pero siempre demasiado tarde, siempre sólo en el instante en que hace tiempo que nos han destruido, porque en los tres primeros años de vida, los años de vida decisivos, de los que, sin embargo, nuestros progenitores como padres no saben nada, no quieren saber nada, no pueden saber nada, porque durante siglos se ha hecho siempre todo en favor de esa espantosa ignorancia, nuestros progenitores, con esa ignorancia, nos han destruido y aniquilado y destruido y aniquilado siempre para toda la vida, y la verdad es que, en el mundo, nos encontramos siempre con seres destruidos y aniquilados, y destruidos y aniquilados para toda la vida, en sus primeros años, por sus progenitores como padres ignorantes y viles y faltos de ilustración. El nuevo ser humano sólo es siempre parido por su madre como un animal, y es tratado siempre como

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Yo besé a Glenn Gould

El pianista ideal (¡él nunca decía Pianist sino Klavierspieler!) es el que quiere ser piano, y la verdad es que todos los días me digo, al despertar, quiero ser el Steinway, no el ser humano que toca el Steinway, el Steinway mismo quiero ser. A veces nos acercamos a ese ideal, decía, nos acercamos mucho, cuando creemos estar ya locos, casi en la vía de la demencia, que tememos más que a nada. Glenn, durante toda su vida, quiso ser el Steinway mismo, odiaba la idea de estar entre Bach y Steinway sólo como mediador musical, y de ser triturado un día entre Bach y Steinway, un día, según él, quedaré triturado entre Bach, por un lado, y Steinway, por otro, decía, pensé. Toda mi vida he tenido miedo de quedar triturado entre Bach y Steinway, y me cuesta el mayor esfuerzo sustraerme a ese temor, decía. Lo ideal sería que yo fuera el Steinway, que no necesitara a Glenn Gould, decía, que pudiera, al ser el Steinway, hacer a Glenn Gould totalmente superfluo.

Thomas Bernhard, El malogrado. Ed. Alfaguara.

 Acá puedes leer las primeras páginas de la novela de Bernhard dedicada a Gould: primeras páginas de El malogrado.