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Los davinianos, el MIT y Tamerlan

Tamerlan, antes que se decidiera a tirotear cerca del MIT

Tamerlan, antes que se decidiera a tirotear cerca del MIT

 

Los tiroteos han rodeado al MIT. Las teorías de cuerdas, la supermáquinas inventadas a punta de coltan, las cosmologías herederas de una presunta trayectoria occidental, se han escondido tras los muros. Y  los chechenos que empezaron la conflagración intentaron huir, eran hermanitos, los hermanitos Tsarnaev, el mayor, llamado Tamerlan, fue abatido y ya comparte la eternidad junto a Shamil Basáyev. Tamerlan ha muerto en inmediaciones del MIT, se derrumbó como el viejo observatorio Ulugbek.  Su hermano menor sigue huyendo y huirá hasta que lo cacen como a los negros altivos de las plantaciones del sur de los Estados Unidos en el siglo XIX. Los corazones se incendian, literalmente, y continúan los tiroteos del FBI, iniciados, al parecer, desde siempre, con efectos colaterales como carbonizaciones y disparos en la cabeza, como ocurrió en Waco hoy hace veinte años. Los Davinianos sabían que su mesías estaba entre ellos : se llamaba David Koresh y tenía a su legión armada. Todo se incendió. El MIT también se incendiará y el conquistador Tamerlan pasará como todo lo que vive mortalmente: Con pena, con gloria y sin recuerdo. Lo que sí queda en la memoria son las cenizas diseminadas por Wako, esa ciudad de Texas que ha vuelto a tener un incendio hace dos días, como si los tiroteos, el fuego y los corazones calcinados fueran la consecuencia del último suspiro de un mesías, como si los conquistadores encendieran fuegos fatuos en medio de la oscuridad de los días, como lo dice Daniel:

«Tú, oh rey, has dado una ley que todo hombre, al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, se postre y adore la estatua de oro;  y el que no se postre y adore, sea echado dentro de un horno de fuego ardiendo.(Daniel, 3, 10-11)

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