Tag Archive | Poemario

Reseña: Para llegar a La Habana, de Enrique Sacerio-Garí

poemas en Bartleby Editores

poemas en Bartleby Editores

Por:  Manuel García Pérez

 @ManuelGarciaOri

Los símbolos telúricos como epifanía de las fronteras o como una épica del eterno viaje al lugar que no existe, salvo en la intención literaria, es alguno de los rasgos que se identifican en el poemario de Enrique Sacerio-Garí, Para llegar a La Habana, editado por Bartleby Editores.

  Su sincretismo estético nace de la emotividad que, para el lector, supone leer unos versos inspirados en una fusión de vanguardia y costumbrismo. La razón de esa épica, como analiza Norberto Codina, en su estudio introductorio a esta edición, destaca por ese «sentido intuitivo e integrador» de travesías y asombros que la literatura de Sacerio-Garí trama con una percusión significativa, pues la tradición oral se impregna de resonancias modernistas que, lejos de un exotismo puntual, refuerzan esa necesidad continua de perseverar en el viaje, de acertar, si es posible, con las razones que nos mueven a huir de nosotros mismos para encontrar en la tierra el descanso de todo lo que nos asombra y de todo lo que se sufre: «Nunca logro llegar/ a La Habana/ por donde sea que ande/ sin volver a partir/ desgarrándome de Sagua/ madera de mis marcos/ madre del río/ honda ciudad/ que sigue/ dando en mí.» (pág. 37).

  Lo que conmueve es ese proceso de transculturación que su poesía refleja, pues los estilos vanguardistas se fusionan con ese verso eficazmente literario, de tradición modernista, que nos compromete, más allá de lo social, lejos de las influencias de Celaya o de Otero, con la propia pulsión literaria: «De cada casa ausente/ hay que bajar/ con vaivén/ de escalera/ sincopada/ sin traje nuevo/ ni copa rota» (pág. 51). La frontera como línea divisoria entre dos territorios, entre la realidad y lo cuentístico, entre los vivos y los desaparecidos, por ejemplo, está sustentada en sus poemas por una resignificación de los espacios; lugares físicos que se tornan en ideales, en difusos, en memoria de los ausentes, en continua pertenencia a lo que se añora con voluntad: «Mañana buscarás/ otras orillas/ recordando todo/ lo que soñaste/ con la memoria/ llenas de colillas/ de la primera noche/ que me amaste» (pág. 58).

  La resignificación de los objetos convierte los utensilios elementales que caracterizan a la comunidad en vívidos estímulos de unas costumbres que ya no son lo que eran, sino que son metáfora de un tiempo acabado, de un lugar que permanece en los tránsitos de la memoria y el olvido, y no en el presente: «No se trata del silencio:/ hay pregones/ de escobas, colchones/ mantecaditos/ (en la memoria)/ timbres de bicicleta/ hermanos que se llaman/ por la ventana/ voces altas/ que discuten/ y se quieren» (pág. 59). Por esas razones, la poesía de Sacerio-Garí no descarta la necesidad del futuro, pero ese futuro es una aproximación constante a un pasado que inexorablemente cambia, lejos de nosotros, por mucho que lo denunciemos, por mucho que se literaturice. Nada escapa a esa imborrable presencia de lo efímero y de la escritura como un proceso que transforma lo esencial, lo vivido realmente, en otra clase de signos atrayentes, fusionados con la inclemencia de nuevas culturas más artificiales.

  Solamente sobrevive el espacio que no huye de la escritura misma: «Corre la arena oscura de tus horas,/ abre todos los soles donde moras,/ nada la ola libre de la gente:/ en cada gota encontrarás la fuente». (pág. 88).

Rompiente, de Jorie Graham (Reseña)

rompiente

Reseña por:  Manuel García Pérez

 @ManuelGarciaOri

La múltiple revelación de significados que puede asumir la realidad observable emerge en la poesía de Rompiente, de Jorie Graham (publicado por  Bartleby Editores en edición bilingüe). La complejidad de mundos ínfimos que la autora norteamericana recrea a partir de un pensamiento configura un proceso de evocación  donde las percepciones sinestésicas elaboran una estructura fractal, de continua ramificación, que prospera desde ese objeto único, de ese referente-origen como motivación de una serie de estructuras de gran diversidad: “(…) millas de alambre de espino, duplicadas, las de debajo (de agua) temblando, las pequeñas pupilas fijas de los postes dirigidas cada cincuenta pies al cielo, destellando, estremecidas réplicas, espinas de hierba roídas por el enfermo ojo humano, (…)” (pág. 37).

 Lo Universal es consecuencia de lo nimio, de la esencia, de lo primigenio y al contrario, cada acción corriente influye en la causalidad del cosmos, determina su evolución silenciosa en lo inmediato, y así, en la poesía de Graham, no hay posibilidad de cierre; toda palabra es origen de un fenómeno de mayor trascendencia que emociona y nos sumerge en otra realidad, simbólica, acaso la más verdadera, la que posibilita la supervivencia del lenguaje en cuanto que la cosa es nombrada, la que resiste a los cambios y para la que no somos más que meros contempladores: “(…) reverberación, sílabas intranscriptibles, ad-herencias, y cómo es el asombro lo que mana de nosotros cuando, en el bucle, en lo más bajo de la cadena alimenticia, surgido de corrientes submarinas y 1 grado más calientee, el indispensable plancton es empujado al norte, y más al norte todavía, desovando muy tarde para la eclosión de la larva del bacalao, así que la cría no sobrevivirá, (…)” (pág. 21).

  El autor de la traducción y del prólogo de esta edición, Rubén Martín, profundiza en esta tesis: “Asimismo, su visión de la naturaleza, omnipresente en estos textos, evita los lugares comunes, o mejor dicho los erosiona, los fractura. La naturaleza de Graham hereda las concepciones de “lo sublime” romántico pasándolas por los filtros del darwinismo, la teoría del caos o el concepto de rizoma de Deleuze y Guattari. Se trata de dicotómicas del pensamiento; a veces hermosa y multicolor hasta saturar los sentidos, a veces oscura, abigarrada e incontenible: (…)” (pág. 9). No se trata de definir la poesía de Graham desde un culturalismo sólido y explícito. Su poesía no es solamente un síntoma de la modernidad, de su actualidad y afinidad a la proyección de la Ciencia, sino también una forma de indagar en la profunda esencia que se aloja en el objeto, como si la autora fuese ese científico a la búsqueda de otra paradoja sobre la que averiguar, más allá de la cosa, más allá del símbolo, lejos del consenso, inspirándose en la constante destrucción y creación a la que nos somete la naturaleza: “Otoño profundo y se produce el fallo, el ciruelo florece, doce flores en tres ramas distintas, lo que para nosotros, cada uno, implica que no habrá ninguna flor la primavera próxima, o ninguna tal vez en esas mismas ramas, en las que ahora mismo aterriza, de pronto, un ave migratoria gris dorada -¿sigue aquí?-multiplicando, crujiendo el aire erróneo, brincando de rama en rama, luego quieta -detenida- exhalando en este oxígeno que también se apodera de mi ardua mirada, (…)” (pág. 25).

  La rima dentro del verso, el significativo uso de la aliteración y la enumeración para  dotar al contenido de esa sensación de fractura y elipsis predominan en la escritura de Jorie Graham y que la traducción de Rubén Martín conserva. Porque lo extraordinario en esta poesía es su continua sensación de caos, pero sobre el que se rige un rigor, un orden dentro de esa deriva, y cuyo enmascaramiento es la propia forma de la realidad que prende en las imágenes. La palabra es una forma en sí misma que arraiga en el poema como un fragmento de lo que existe y que, tras su expresión sintáctica, tenderá a expandirse, a proyectarse como un poderoso flujo de imágenes, cuya consistencia depende de su reversibilidad, de su regreso al lugar de origen, a la nimiedad, a la anécdota, al reducto donde la materia que comprende el Universo ha sido agitada, vibrante, para ser luego inabarcable finalmente: “ Calor del verano, su primera madrugada. Cómo baja de tono el grito -humano- articulado como dos palabras del obrero a pie de calle que coloca la gran viga en la cadena mientras llama al que maneja la polea en la séptima planta. Una llamada. ¡Se escuchan! A la perfección. Mientras el calor seco, las hojas ya crecidas, adensan lo inmediato,  el asfalto caliente, y ocurre la pausa en el crecimiento, (…)” (pág. 49).

Sin lugar seguro, de José Luis Zerón.

Por Manuel García Pérez

@ManuelGarciaOri

portada-sin-lugar-seguro

Durante años he escrito varios textos sobre la poesía de José Luis Zerón. En este momento, tengo el compromiso moral de compañero y de discípulo para reflexionar sobre algunos puntos de su último poemario, Sin lugar seguro. Considero que sus dos libros anteriores (Ante el umbral y El vuelo en la jaula) son poemarios de una significación formal y de una profundidad temática incuestionables y no sé si superables.

En este último, publicado por Germanía, no renuncia al símbolo ni tampoco a esa explícita forma de composición, pues el contenido se nutre de un oficio chamánico cuando el paisaje es cosa y utensilio para la escritura, purgación de continuos interrogantes que nos afligen con el paso de los años. Y no queda otro mundo que el del incierto avance de los procesos metamórficos que la naturaleza inexorablemente nos entrega y que prenden en las metáforas de su lenguaje personal, cada vez más. Cierto es que muchas reseñas de ese poemario han referido la importancia de la casa como un símbolo en torno a la nostalgia, a la pérdida de la infancia, como un símbolo elegiaco que sucumbe con los desaciertos del presente y desde donde los poemas surgen como resarcimiento de ese tiempo perdido.

En la poesía de José Luis Zerón, sin embargo, hay varias constantes implícitas que describen la madurez de una voz que sigue indagando en la incertidumbre de aquello que no se explica con la racionalidad del lenguaje. Por tanto, no se puede explicar su escritura con esquemas tan simplistas. Sin lugar seguro se escribe desde el convencimiento de que el símbolo es la expresión de una identidad única, consagrada a la búsqueda, dentro de una sociedad que prefiere la apariencia y el fingimiento a la sobrecogedora realidad.

Read More…

De los álamos el viento, por Ramón García Mateos. Ilustraciones de Fernando Vicente. Faktoría K de libros.

Por Manuel García Pérez

@ManuelGarciaOri

portada.fh11

 Publicado en en Kalandraka, De los álamos el viento, de Ramón García Mateos comprende la recuperación de canciones populares con una intensidad lírica que reconcilia al lector con espacios simbólicos de una infancia tantas veces evocada. La literatura oral de estos versos refleja ese sentimiento ancestral por añorar lo que ya no se tiene. Una infancia matizada por la ensoñación de los objetos y los espacios reside en la memoria del autor que compone, sosteniendo en la repetición y en la rima, esa melódica intención.

  En estos versos, la infancia es un tiempo idealizado que contrasta con las inclemencias del devenir: “Con la luna luna/ que te quiere ver/ vienen las estrellas/ y el sueño también” (pág. 24). La precisión de algunos enseres para denotar lo entrañable y la inocencia es una constante expresiva en las diferentes nanas y canciones: caballos, cunas, romero, rueda, caramelos. La sencillez expresiva que facilita la memoria de esa primigenia luz que asoma en los ojos del niño destaca también en los dibujos de Fernando Vicente; difuminados, esenciales, ingenuos. Así que los versos se caracterizan por esa fascinación que ejerce aún la copla, el sueño, las fuentes, las caricias, como si, en esa voz poética existiese una decepción ante la realidad de un mundo que ahora nos compromete y nos obliga a conocer solamente desde la certeza.

  La incertidumbre, el encandilamiento, la alucinación, sin embargo, transcurren por este poemario buscando la coincidencia con los espacios perdidos que el lector recobra en la escritura de la propia imaginación. La canción es un estímulo, una proyección de un momento que nunca existió en el pasado, un eco que aceptamos como un recuerdo pleno y consistente como si todas las infancias fuesen la misma sobre la que escribe García Mateos: “Duerme mi niño/lucero de estrella/pequeño amante/ de luz y tierra./ Con tierra y fuego/ amante mío/ se hacen mis versos/ de amor y olvido” (pág. 31).

En la la radiografía apareció la piel, de Alberto Chessa: poemas sobre asuntos y versiones de nuestra Modernidad.

 

Manuel García Pérez

@ManuelGarciaOri

PORTADA LIBRO Y BIOGRAFÍA CHESSA

 

El proceso creativo en sí mismo como expresividad de un lenguaje inédito cunde en la elaboración del nuevo poemario de Alberto Chessa, editado por Huerga & Fierro. Lo que destaco desde el principio es esa esencia tribal y dionisíaca que presenta la textura de sus poemas, pues la fusión de diversos referentes míticos y poéticos es significativa en la composición del símbolo, así como la percusión de un ritmo constante, sin apenas apocamiento, cuya fuerza radica en la necesidad de que el lenguaje convoque realidades complejas, inasumibles en nuestro tiempo, aquellas que el autor considera como evocadoras de su propia identidad: lo mítico frente al ídolo, el barro frente al artificio, la contemplación frente al ocio: “He conocido ya el Kilimanjaro,/ Las ruinas de los incas y el peyote,/ El viento en alta mar, como un azote/ De Dios Nuestro Luzbel, oscuro y claro./ He conocido el fuego y el ignaro/Placer de polizón en paquebote” (pág.9).

El poeta José Luis Zerón destaca de la obra de Chessa su carácter de modernidad y es cierto cuando entendemos la modernidad como ese sincretismo cultural que no renuncia a la tradición, sino que la inserta en una nueva estructura de temas y referentes. El componente homérico subyace en la alusividad de imágenes, siendo la mitología una referencia implícita en la elaboración del discurso que Chessa ejerce con intención de acabar con los ídolos de barro que gobiernan desgraciadamente nuestras creencias oficiales : “Vino mi perro a olisquearme./ No me reconoció. Cerró los ojos./ Vi mi rostro flotando entre las aguas./ Tampoco yo reconocí esa estela./ La luz del Mar Menor se me pegó a los labios/ Y me dejó un rasguño” (pág. 13).

Read More…

Poemario: Luz de los escombros, de Manuel García Pérez. Valencia, Germanía Editorial, 2013.

 

Por Javier Puig

Portada_La luz de los escombros.indd

Confiesa Manuel García (1976) que la poesía ha sido siempre un ejercicio de autodestrucción en su caso. La escritura, lejos del placer, es una necesidad que le sumerge en espacios desolados, en estampas turbias donde los osarios, el crimen, lo apocalíptico, la frondosidad frente a la sequía y toda suerte de aves, por ejemplo, se convierten en símbolos premonitorios de una existencia en continuo conflicto con la vida entendida como efusión o exaltación. La poesía va más allá del género, es un estado en trance, de una comunicación que necesita una gran eficacia técnica y un severo distanciamiento de otras formas de expresión que la teoría de géneros estudia.

   Sin embargo, su poesía contiene precisamente aquellos motivos poéticos que encuentra en importantes referentes narrativos. Para el autor de Luz de los escombros, la poesía se convierte en una clase de exorcismo para expulsar el poder simbólico que se deduce de paisajes y estados emocionales extremos. La invocación a las ausencias y la belleza paradójica de los terrenos desolados han hecho que Luz de los escombros haya llegado a su segunda edición en pocos meses. Para el ensayista Javier Puig: “En este libro, el paisaje se convierte en un ser agobiante, que con su pálpito intimida la soberbia humana, hasta someterla a la igualdad con otras vidas mucho más rudimentarias. Es un paisaje hecho con palabras de escueta luz. Leer estos versos es desplazarse a un mundo sin hospitalidad, al que hemos sido invitados desde una distancia enérgica pero fraterna. Allí nos sentimos hijos de un mismo dios que conocíamos vagamente, que habíamos intuido en las remisiones de nuestra dispersión, que había quedado tras la estampida de todas los formas del tiempo”.

Read More…