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Homenaje de un niño poeta muerto vivo a un viejo muerto muerto

Tristísimo y desamparado, Quiroga escucha al niño poeta muerto Bordoy, con tanta ternura, que le provoca volver a matarse ya muerto.

Juan Cruz Bordoy será el santo que besará las flores que queden cuando el mundo se acabe de volver mierda.  El dramaturgo Nefertiti Supelano en su monólogo «Mi escopeta la hurtó Horacio» ha afirmado que el homenaje de don Juan Cruz Bordoy a don Horacio Quiroga, sobrepasa los límites de la ternura que puede tener cualquier suicida.  Ahí está el diálogo entre dos generaciones de muertos: Uno representa el pasado muerto, y otro el futuro que está muriendo.  Encarnado en la vigorosa voz del niño que se va descubriendo poeta muerto. Y  revelando a ese muerto, bien muerto,  que jamás volverá salvo por los versos del bardo joven.

Traer a los muertos en boca  de otros muertos que aún no mueren del todo será:

  • a -¿ crimen pasional?
  • b – ¿humildad desenfrenada proclive a un frenesí casi erótico?
  • c- no sabe / no responde

Tengan el honor de disfrutar de este conjuro. Sus flores emanarán el rocío de un paraíso perdido y ya  no habrán días suficientes para calcular cada uno de estos versos tan profundos como el Sefer Yetzirá  de alguien que no quiere más que humildad y júbilo de muerte.

Hombre besando la barra del transmilenio

Las historias antiguas hablaban de un encuentro. Un hombre uniría su carne a la de un artefacto frío y su unión terminaría en un destello violento: se repelerían como el agua y el aceite. El amor es tan salvaje, un animal nocturno al acecho escondido en el espeso bosque. La velocidad transforma a los sujetos. En los albores del siglo XX, Duchamp trataba de atrapar a los espectros de sus sueños que se desintegraban en los flujos de los trenes. Los sistemas de transporte fulguran en el sistema sensorial del hombre como una llama. El temperamento del enamorado lo obliga a devorar la piel de aquello que toca y arropa. Cromo frío como la muerte, sucio como el amante,  cruel como unos ojos ciegos que divagan en el deseo de otros. El beso se vuelve una profanación, una travesura en el templo calcinado del romance. ¡Qué atrevida y estupenda es la pasión!