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Editorial MilInviernos ofrece ARRÚLLAME RAMONA para Libre Descarga y distribución

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ilustración David Barrero

Nuestra Editorial sigue creciendo exponencialmente como si se tratara de un virus sin vacuna. Pero no queremos encontrar ni la cura ni la vacuna contra el hábito de leer bellezas mágicas y artificios tristes. Por eso, Mil Inviernos pone a su alcance el texto Arrúllame Ramona, de Cermeño y Escovar,  editores de esta página.

 

Esta nouvelle se pregunta por el fenómeno humano a pesar de tener a su doble robótico o androide. Como un espejo. Si el bebé de Lacan se vio completo nuestro bebé está desmembrado. Tengan a bien, este fascículo que forma parte de la colección Mil Inviernos. Pronto vendrán más títulos y así se completará el Universo de Maravillas tristes.

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Crónica del lanzamiento de "¡Arrúllame Ramona!"

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Noticia sobre el evento realizado el viernes 9 de Agosto de 2014

Los sedimentos de lo que pasó hace un par de años se renovaron hasta constituir una avalancha cuando leímos los apartes de “¡Arrúllame Ramona!”; recordamos las desazones, ya lejanas, las sombras de las sonrisas y las futuras separaciones yacían en otros cuerpos ahora, un par de años después, tan extraños como los de cualquier habitante de cualquier espacio de la Tierra: nos alejamos de esas exesposas y sólo han quedado los renglones donde un gran científico soviético debe tomar oro transmutado para que le nazcan tetas y así convertirse en nodriza del hijo que su mejor amigo – otro gran científico- tiene con una robot que él mismo inventó sin saber que ella prefiere irse a la metrópoli  para hacerse escritora y pensadora posmoderna.

Antes de que empezara la lectura del lanzamiento de “Arrúllame Ramona”, aguardábamos el desprecio tan común en las reuniones a las que nos invitan para presentar lo que escribimos. Al no ser amantes  del rock de los sesenta y setenta, ni tener en nuestro canon a Cortázar o adscribirnos a las autodenominadas izquierdas o derechas del continente, ni creer de manera incontestable en la calidad literaria, nos colocaron al frente para encararnos con las ironías propias de los intelectuales que se consideran transgresores por tradición.

Esta vez  el ambiente cambió y eso nos infundió el mismo terror que nace cuando se le coquetea a alguien y ese alguien le corresponde a uno con algo diferente al esperado rechazo. Nos hemos ido acercado a Borges, no por lo que escribimos sino porque nuestras últimas compañías, con este paso galopante de  divorcios, nos hacen retornar a nuestras mamis para que sean las únicas, primeras y últimas compañías.

Las mamis y la abstinencia de beber alcohol en un espacio propicio para el chismorreo y la posterior habladuría, nos otorgaron la serenidad de los que no tienen nada que perder. Pronto empezaron a escucharse las primeras risas cuando leímos episodios como el del gran científico/nodriza soviético cuando se sentó encima de la nariz de Pinocho y le pidió que  prosiguiera engañando con afirmaciones como que lo amaba a él.

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Ese diamante adentro llamado África (reseña sobre Manual de esgrima para elefantes)

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A propósito de Manual de esgrima para elefantes, el libro de relatos escrito por el paraguayo Javier Viveros.

La ficción que invade a la realidad permite cifrar los combates entre elefantes como una batalla de esgrimistas apreciada por otros animales y convierte al paisaje africano en una pintura de Tingatinga:

“Una lenta pelea de elefantes proveyó a la cámara fotográfica sus primeras capturas del día. Dos machos adultos entrecruzaban trompas y venablos en una esgrima de alto tonelaje, entre la polvareda blandían sus colmillos como argumentos. Dialéctico marfil. A un costado, la escena era observada por un grupo de siete u ocho animales con forma similar a la de los contendientes; por su belleza resaltaba entre ellos un elefantito que parecía escapado de un tierno cuadro de Tingatinga. Imposible determinar a cuál de los combatientes daban su apoyo.” (Viveros:2012:104)

Además del elefantito, el relato, por sí mismo, se ha escapado del marco de una obra pictórica y, al ingresar al mundo “real”, surge la intersección de donde manan las narraciones de “Manual de esgrima para elefantes”. En “Déjavu[dú]”, el narrador de la historia lo deja en claro cuando se enfrenta ante la relativización la muerte, ese hecho inevitable y, aparentemente, definitivo que se ha convertido en nuestra única certeza:

“Yo siempre he creído en eso, que fabricamos nuestra realidad, somos verdaderamente los arquitectos de nuestro destino. Así como nos vemos a nosotros mismos nos verán los demás, y del mismo modo nuestro cerebro puede proyectarse futuros brillantes o presentes ruinosos. Aunque parece parte de esos horrorosos textos de autoayuda, me parecía factible. Todo está en la mente. Pero de ahí a creer en la efectividad de los brujos y hechizos había un gran trecho, Mawusi confiaba ciegamente en esas prácticas que para mí nunca fueron más que una enfermedad mental, una contagiosa enfermedad mental, como lo son todas las religiones.”(Viveros:2012:13)

Como consecuencia de esa inestabilidad, la vida y la enfermedad también son estadios relativos; el hombre recluido en un psiquiátrico sudamericano puede ser un lúcido sujeto que recorre las multitudinarias calles de Dar es Salaam o Kinshasa. Por eso, uno de los desafíos que tienen los enunciadores de los relatos de este volumen, en su mayoría sudamericanos, es adentrarse en un mundo donde los ojos no son suficientes para mirar, tal y como ocurre con los nativos de una población de las entrañas de la selva de Guyana en “El diamante blanco” de Werner Herzog cuando no divisan un dirigible que surca el cielo plomizo.

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Llueven agrotóxicos en Paraguay

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Hoy que el señor Horacio Cartes se posesiona en el cargo de presidente de Paraguay, muchos pronostican el comienzo de una administración que se asimilará como si gestionara una empresa (este es uno de los aspectos por los cuales muchos votaron por él y también es uno de los principales puntos a los que se dirigen las críticas de sus detractores); en medio del frenesí que causará en el centro de Asunción la presencia de las presidentas de Argentina o Brasil y de los cálculos por el reingreso al Mercosur del país mediterráneo, se obvia uno de los problemas más grandes por los que atraviesa el Paraguay: La siembra de soja, la implantación de monocultivos y el subsiguiente desplazamiento de los campesinos. Este mismo problema lo atraviesan, con distintas plantaciones, los países de Latinoamérica; habrá que esperar qué sucede en Uruguay con la marihuana: en medio de la fiesta de muchos cultores de la libertad, no se sabe cuál será el modus operandi de Monsanto ante este nuevo mercado que se le abre. Les presentamos un documental de 2007 llamado «Soberanía violada», dirigido por Marian Vázquez Tandé (el título puede prestarse para equívocos:   parece que  fuera un manifiesto nacionalista pero, afortunadamente, no lo es).

Bradbury o un cuervo que ofrece aspiradoras

 

cuervo

Ray Bradbury ha estado presente en nuestro continente desde hace muchos años y ha sido objeto de innumerables elogios en donde ensalzan su trabajo. En el cuento que a continuación les presentamos, escrito por la paraguaya Delfina Acosta, Bradbury ya no es un escritor (quizá no sea el mismo Ray y sólo sea una persona que tenga el mismo apellido) sino un vendedor de aspiradoras americanas que deviene en cuervo, como manimal, los homenajes ceden a la inquietud, el temor y un extrañamiento que, quizá, no fue sospechado por la autora:

El cuervo

Cuando el señor Bradbury llegó poco después de que cayera la tormenta ofreciéndonos una aspiradora americana, ni mi madre ni yo podíamos saber cuánta influencia llegaría a tener aquel anciano hombre en nuestras vidas. Era tan increíblemente anciano. Y tan frágil y enfermizo en apariencia. Por donde quiera que se lo mirase tenía mucho más de cien años. El señor Bradbury vestía un sobretodo de color azul eléctrico, cuyas mangas, ensanchadas y extremadamente largas, le llegaban casi hasta las rodillas. A decir verdad, no se desenvolvía con gracia como suelen desenvolverse los viejos a esa edad, pero sabía llevar con distinción su hermoso bastón de caoba.

Aquel bastón de caoba con punta de oro debía valer muchísimo dinero. Me animaba, a veces, el tonto deseo de preguntarle cuántos dólares había pagado por él, pero de inmediato desechaba la idea pues ese tipo de interrogatorio no se hace a un hombre mayor de edad. ¡Y que además vendía aspiradoras americanas!

Con rapidez nos explicaba las múltiples y apasionantes funciones de los botones mientras limpiaba el aparador inglés y la vieja alfombra de la sala. Quedamos encantadísimas con los resultados y decidimos comprar el producto en el instante. Ciento noventa dólares. Trato hecho. El señor Bradbury, en señal de profundo agradecimiento, prometió visitarnos a la tarde para tomar con nosotras el té.

No sabría cómo explicarlo, pero llegó a la cita convenida con un traje verde claro de estupendo corte y un aspecto casi juvenil. No parecía el mismo señor Bradbury que había aparecido durante la gran tormenta. En ciertos momentos de afectuosidad se lo veía hasta seductor. De hecho, sobrepasaba largamente los cien años. Misterio. Conversamos sobre tantas cosas. Las pinturas de Miguel Ángel, los cuentos de Borges, la promoción de nuevas invenciones lingüísticas que aumentaba el tiraje de las novelas breves, la naturaleza, las flores… Mi madre, que apenas intervenía en la conversación con un sí o con un no, tuvo la buena idea de dejarnos solos yéndose a la cocina para preparar el segundo servicio del té.

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Librebus: en la ruta del creative commons

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Tomado de la galería de librebus http://librebus.org/galeria creative commons

El LibreBus es un proyecto en donde personas entusiastas de Creative Commons, activistas de Software Libre, promotoras de una Web abierta, periodistas ciudadanos digitales y similares realizan un recorrido a través de distintos países de Centroamérica y Latinoamérica  impartiendo talleres, organizando salones y fiestas, compartiendo conferencias, conectando la escena de la cultura libre en Centroamérica.

La primera experiencia, en Centroamérica, se recogió en el documental del costarricense William Eduarte, de Soma Films, que les presentamos a continuación:


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Recuerdos de Ypacaraí

Memoria de una visita a San Bernardino, el pueblo paraguayo levantado a orillas del lago que se pudre.

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La venganza estuvo en el barquero desde antes de haber salido de las entrañas de su mamá y persistirá en su cadáver y en lo que se separe de él, es decir, su alma. Esta certeza lo acompaña en las tardes calurosas cuando su barco discurre por las aguas cada vez más espesas del lago Ypacaraí: Sí, la venganza justifica su vida en la medida que esta ha sido la búsqueda de algo que justifique su sed; ese circunquiloquio se encarna en las ondas que cualquier cuerpo extraño genera cuando toca el agua verde y muere en las márgenes infestadas de mosquitos del lago.

Apenas el barquero conoció a Helga, la calculó como depositorio de sus deseos de ajustar cuentas debido a la voluptuosidad triste que ella habría de propinarle. Helga es descendiente de unos alemanes que llegaron a fines del siglo XIX- por la misma época en que Berhard Förster fundó Nueva Germania con el sueño establecer una comunidad aria alejada del influjo judío que plagaba a Europa- su corpulencia y ojos como arpones de hielo eran suficientes para que el barquero se figurara casado con ella, convirtiéndose en un cornudo memorable que lloraría frente a una botella de caña y sacaría un machete para ir a matar a su mujer rubia y al malnacido que la ponía boca arriba y la embestía en la cama que él compraría con tanto esmero.

Ni los planes del barquero ni los de Förster, el cuñado de Friedrich Nietszche, se dieron. La diferencia es que el alemán está muerto desde hace mucho tiempo; el tres de junio de 1889 se mató en uno de los cuartos del hotel del lago en San Bernardino. Förster fue un Moisés ario que se autoeliminó porque la tierra prometida devino en un infierno poblado de rubios que hablaban guaraní y español paraguayo, mancillando a la amada lengua de Wagner. Hoy día Foster es una curiosidad histórica debido a que fue el cuñado antisemita al que Nietzsche despreciaba pese a los esfuerzos de su hermanita Elisabeth para convencerlo de que se fuera al Paraguay a soportar el calor y, por qué no, a ser el primer filósofo que tomara tereré entre sus desvaríos lacerados por la sífilis.

De la lengua de Goethe Helga sólo sabe los nombres de los bizcochos que venden en la panadería donde trabaja atendiendo a los turistas. Prefiere ser paraguaya que alemana; en los mundiales de fútbol se sienta frente al televisor con una camiseta albirroja escotada, pegada a su cuerpo, y hace hurras por el seleccionado. Ella dice ser guaraní y tener el carácter aguerrido de todo paraguayo, incluidos los futbolistas que son eliminados de las copas del mundo con la agonía de los gigantes, como los que pelearon en la Guerra Grande, liderados por el mariscal Solano López que fue lanceado en 1870 por miembros de esa triple alianza hecha de argentinos, brasileños y uruguayos que casi exterminan a la totalidad de la población del Paraguay.

Muchos han amado al mariscal y otros tantos le han profesado desprecio; una sueca llamada Ida Charlotta Bäckmann vino al hotel del lago en 1908 y escribió una crónica llamada “Días Sangrientos en Paraguay” en donde llamó a Solano López gordito, enano y sudamericano (como si eso también fuera un defecto físico) y afirmó que el mariscal fue tan esmerado en su imitación a Napoleón que se prendó a una furcia de la estatura de Josefina a la que llamaban Madame Lynch. El barquero siempre bromea con eso de Madame: alguna vez quiso irse a Buenos Aires o Sao Paulo a instalar un prostíbulo que se llamara Madame Lynch pero nunca contó con el  dinero suficiente para una empresa de ese calado. Y se quedó, para siempre, en San Bernardino.

La venganza del barquero aún no se consuma, se ha transformado en rabia, miedo y deseos de escapar. Si alguien es más poderoso que tu destino y te lo retuerce como si fuera el pescuezo de una gallina, es natural que quieras huir, más aún, si ese alguien es un tipo verde de dos metros que se va a tu casa y penetra a tu esposa que, de la excitación, se arquea y levanta esos cien kilos de carne que se le han tirado encima. Algunos dijeron que el tipo venía del Mato Grosso pero el barquero asegura que una madrugada, después de verlo salir de su casa, lo siguió hasta que la criatura se internó en las aguas verdes y espesas del lago Ypacaraí.

Muchos colegas se rieron del barquero por cornudo. Le cantaban “El venado”, ignorando que ellos también serían corneados. En medio año la bestia humanoide salida del lago embarazó a una gran cantidad de mujeres y el pueblo se llenó de bebés verdes. Las autoridades, incrédulas y apegadas al positivismo científico, adjudicaron el fenómeno a la contaminación y declararon una emergencia sanitaria para enfrentar las anomalías cutáneas de los recién nacidos. Los cronistas más valientes y talentosos escribieron sobre una fosa cercana a San Bernardino donde marines de los Estados Unidos enterraron desechos nucleares. En Asunción se hicieron manifestaciones multitudinarias en contra del imperialismo y su penetración sin saber que el ente penetrante era más tangible y cercano, como lo podían corroborar, aunque nadie les hiciera caso, los barqueros del lago Ypacaraí.

Los barqueros tuvieron que aceptar que sus mujeres se quedaran en casa esperando a ese monstruo más abominable que el del lago Ness y más eficiente que Nacho Vidal. Ellos se reunían a orillas del lago, se emborrachaban y aguardaban a que, de las aguas, saliera una mujer verde que cantara viejas melodías en guaraní, como dice “Recuerdos de Ypacaraí”, la canción que escuchaban en la abominable versión de Julio Iglesias.

Nunca emergió la monstrua pero, una noche, llegó un francés en pantalones cortos, colorado por el sol sudamericano y las ronchas de las picaduras de los mosquitos que se adherían a sus piernas canosas. Les contó que vendió toda su cadena de restaurantes sushi diseminados por Europa porque sabía que este continente unificaría un ejército e invadiría a África. Él huyó en busca de un remanso de paz y encontró al Paraguay y, más exactamente, a San Bernardino, compraría unas cuantas hectáreas en las que materializaría su proyecto de construir un pueblo ecológico. Muchos de sus amigos franceses llegarían después. Ninguno de los barqueros le contó lo del hombre verde: la perspectiva de que las francesas también fueran montadas por el monstruo del lago Ypacaraí los alivió e hizo nacer una tierna afinidad con el futuro cornudo.

La esposa del francés, un año después, parió a un niño verde que aprendió el idioma materno con rapidez y su padre putativo, como un José francés, le enseña con amor a preparar sushi con los pescados que quedan muertos en las costas sucias del lago y a erigir casas ecológicas que habitan franceses cornudos, sus esposas y sus hijitos verdes.

¿Usted cree que el verdor del lago lo ocasionó el monstruo? Le pregunto al barquero, es decir, al primer cornudo y esposo de Helga. Él me contesta que no, que los detergentes que tiran y los desechos nucleares están acabando con el lago y, lo peor de todo, que es por culpa de esos contaminantes que salió ese monstruo que se las “coge a todas”. Hoy, cinco años después de que naciera el primer niño verde, ya se ha enunciado el origen del monstruo: Un muchacho aficionado al onanismo tiró sus calzoncillos almidonados en las aguas del lago, sus espermatozoides mezclados con los desechos pútridos que están exterminando al lago concibieron al humanoide verde que tiene “más hijos que Lugo”.

El barquero sigue intentando pasear a turistas en barca pero, a medida que el agua del lago se enverdece, disminuye la afluencia de visitantes. Cuando me subí a la barca le pedí el favor que apagara el equipo de sonido desde el que salía, estridente, la voz de Julio Iglesias. Él se negó, me dijo que la necesitaba para concentrarse y agregó que en el futuro todo empeorará y que la única voz que subsistirá en la catástrofe será la del cantante español.

La onda explosiva de la contaminación del lago ha ascendido la tenue colina en la que está el cementerio del pueblo. El sepulturero afirma que las lápidas se están empezando a desprender del suelo como si algo las empujara desde abajo. Los muertos, tanto los del cementerio alemán como los del paraguayo, se levantarán. Bernhard Förster volverá con un contigente de cadáveres arios y buscará, una vez más, a la tierra prometida y no habrá suicidio que merme su dolor renovado. Se levantarán en la noche hermosa de plenilunio y en sus blancas manos se sentirá el calor de los occisos. Será una guerra más grande que la de hace dos siglos, me dice el barquero, refiriéndose a la contienda con la triple Alianza, a sabiendas de que ni él ni los demás vivos de San Bernardino podrán contar con la muerte como escapatoria porque, cuando mueran, serán enterrados y entonces, bañados en la porquería emanada del lago que llega hasta ellos, saldrán de sus tumbas sin tener una segunda oportunidad de perecer; será una lucha entre arios muertos, monstruos verdes, paraguayos muertos y paraguayos vivos y, como en toda guerra, nadie será derrotado del todo. El barquero afirma que ya no quiere escapar. El lago Ypacaraí reverdece y sus aguas pútridas serán el reducto último de los difuntos cuando ya no haya tierra prometida. Se fundará una nueva civilización forjada de la utopía de los muertos.

El señor del tiempo y sus cosas (fotografía)

El fotógrafo Gustavo Sevilla nos ha hecho dos entregas: Instantes humanos y Personas. Les presentamos un nuevo trabajo:

Un documental sobre Roa Bastos

En las calles del centro de Asunción aún hay algunas imágenes conmemorativas del bicentenario de la nación, clavadas en los postes, contienen la imagen de algún personaje considerado como constructor del país; abundan los políticos, músicos, educadores y, por supuesto, escritores que ayudaron a construir el relato nacional. La imagen de Augusto Roa Bastos fulgura entre ellas,  se ha convertido en una suerte de señal que indica un espacio de eventos culturales y, como ocurre en Argentina con Borges o en Colombia con García Márquez, sus libros son un souvenir puesto en vitrinas que pretenden, con esmero, imitar los elementos locales; esta colocación de algunos escritores como piedras angulares en la generación de eso que se denomina «identidad nacional», es materia para cientos de trabajos que busquen indagar las relaciones entre literatura y política en un continente donde muchos dirigentes también quisieron exhibir su poder con la pluma. A continuación les presentamos un documental sobre Roa Bastos donde el autor habla de su pretensión de mostrar a un Paraguay profundo – esto último ha sido rebatido por otros autores más jóvenes que manifiestan que el país escrito en las páginas del ganador del premio Cervantes no condice con lo que hay en campos y ciudades paraguayas, limitándose la discusión a la función representacional y realista de la literatura- y su distancia con respecto a las manifestaciones del folklore:

Cuando Nietzsche quiso ir al Paraguay

Los hermanitos Nietzsche

Los hermanitos Nietzsche

Elizabeth Förster Nietzsche, la hermana de Friedrich, vivió varios años en Paraguay. Su esposo, Bernhard Förster, quiso construir un reducto donde la raza aria se instalara  en el nuevo continente, sin contaminarse con el prurito que ya había infestado a los alemanes que se marcharon a Estados Unidos. El lugar que fundó Forster se denominó con el previsible nombre de Nueva Germania. La empresa fracasó al poco tiempo y Bernhard decidió suicidarse en un cuarto del hotel del Lago en San Bernardino, un pueblo cercano a Asunción.

Bernhard fue despreciado por su cuñado Friedrich, que ni siquiera asistió a la boda de su hermana con el conocido antisemita. La antipatía no sólo se debió a que lo consideraba un sujeto de poca monta sino que su pensamiento utópico-antisemita, le causó repulsión al autor de «El origen de la tragedia», más que nada porque le parecía el sueño de un retorno al salvajismo.

Mucho se ha dicho sobre la mano de Elisabeth para amañar los textos de su hermano y hacerlos afines al nacionalsocialismo alemán, sus argucias la han convertido en un personaje digno de desconfianza. La carta que a continuación les presentamos es escrita por Elisabeth y dirigida al educador español, radicado en Paraguay, Viriato Díaz- Pérez, quien, por el tiempo en que llegó la misiva, era el director del archivo nacional. En ella, la hermana de Friedrich habla de las intenciones que él tuvo de ir al país suramericana; pudo haber sido una mentira más…

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