El Mono
Por Enrique Pagella

Al Mono le habían agujereado las tripas y por más que se las metimos adentro, no mejoraba. Con los dientes apretados nos pedía que lo matemos pero ninguno de nosotros se animaba. Entonces fingimos no entender lo que decía y enfilamos a lo del Colorado García para escondernos. El Colo se negó de una y tenía razón. No podíamos quedarnos en Avellaneda porque teníamos encima a los ratis. Les habíamos bajado a uno.
-Vuelvan a Rosario – nos ordenó -, ya bastante laburo tengo con esa chatarra que me dejan.
Después de guardar al Mono, que no paraba de putearnos, en una de las Traffic del Colo, nos pusimos a pensar en el camino que seguiríamos. Ninguno de nosotros conocía Buenos Aires, ni siquiera el Mono que era el más viajado.
- Vayan por donde menos se lo espera la cana, pongan al Pipa o al Chapu a manejar, que son los que tienen más cara de pelotudos; yo les doy pilchas para que pasen por turistas y un teléfono para que se guíen – nos ofreció el Colo -, pero váyanse.
Media hora después entrábamos a la 9 de Julio. El Pipa manejaba y el Chapu le hacía de copiloto. Habían puesto a Los palmeras a todo lo que daba y Cachito y yo estábamos atrás con el Mono que no dejaba de quejarse.
-Cuando lleguemos a Rosario te llevamos a lo del carniza y te deja como nuevo, Mono – le dije para darle ánimo.
-Andá a la puta madre que… – alcanzó a decir y se desmayó.
No sé si a los dos que estaban adelante o al Cachito, que se nos había juntado hacía poco, les pasaba lo mismo que a mí. Pero yo estaba partido al medio. No podía verlo al Mono así. No voy a olvidar nunca cuando me dio el primer laburo.
-Pibe, tené que boletear al concejal – me dijo ofreciéndome un chumbo con silenciador.
-¿A Naricita? ¿Cuánto hay? – se me ocurrió preguntarle y me puso un bife que me dejó la cabeza como una calesita.
-Vo vas, le metés tres tiros en la cabeza, volvés y te llevás lo que te voy a dar sin chistar, va a ser mucho más que lo que ganabas garchándote viejos ¿entendiste?
-¿En la cabeza?
-Sí, en la frente. Tres en la frente paga doble. Dos o uno paga base. Si el tipo sale vivo. el que va caer en el pozo con tres agujeros en la frente sos vo.
-¿Y tengo que ir solo? ¿Qué hago con el Bofe?
-Primero lo bajás al Bofe y después a Naricita.
-¿Y por el Bofe también me pagan?
Me dio otro bife. Esta vez no sentí que la cabeza me giraba, sino que adentro tenía un platillo que no terminaba de sonar. Masticando una puteada, me clavé el chumbo en la cintura y mientras salía de la cueva, el Mono me dijo:
-Pibe ¿vo sabé que no tengo hijos?
-Sí – le respondí sin entender adónde iba.
-Cuidate entonces.
No comprendí lo que quería decirme en ese momento. Yo estaba recaliente.
Juan José Manauta: Otro costado de la literatura argentina
Hace más de una semana murió en Buenos Aires el escritor Juan José Manauta. Ayer en el suplemento Radar de Página 12 apareció un especial sobre este autor que fue directamente influido por Juan L. Ortiz (para muchos el más grande poeta argentino del siglo XX). En texto del diario aparece la siguiente presentación que hizo el autor de sí mismo: “Escribí sobre transportadores de almas, y de brujas contrabandistas; también velé a un niño dormido sobre un maloliente basural y soñando que remontaba su barrilete con auxilio de viento y aire puro; recordé a un hombre sin trabajo que hablaba con su perro y a otro que convertía en locomotora una carretilla. Por todo eso y algo más me llamaron realista.”. Les presentamos una entrevista hecha a este escritor poco conocido fuera de Argentina y los invitamos para que lean el trabajo de Manauta que nos brinda una perspectiva distinta del sistema literario argentino, tan proclive, al menos en su imagen impresa en el exterior, a centrarlo todo en una metrópoli como Buenos Aires y a una propensión a lo urbano que se desmiente en tradiciones como a las que se adscribe este autor recién fallecido:
Catherine Necrassoff: Lucio V. Mansilla
Por Enrique Pagella
Cuando se echa una mirada a la literatura argentina del siglo XIX nos topamos con Esteban Echeverría y El Matadero (1840), considerado el primer cuento de nuestra literatura, donde alegoriza la figura de Juan Manuel de Rosas – terrible dictador para muchos e insigne patriota para otros – y la primitiva y sanguinaria arquitectura política y policial que montó para sostenerse en el poder durante décadas; pero El Matadero ostenta otro mérito literario pues espeja maravillosamente el entramado social que sostuvo dicha arquitectura, señalando a la iglesia católica como uno de los engranajes más absurdos de una sociedad miserable y decadente. Es decir que en este cuento, ya se sientan las bases de la antinomia política que animará las mejores creaciones literarias del siglo, antinomia que en ese momento pasaba por el enfrentamiento entre federales y unitarios; los primeros nacionalistas, cultores de un falso federalismo horizontal y de una crueldad en exceso primitiva para zanjar las disputas políticas; y los segundos, liberales, afrancesados, cultos, muchos de ellos maquiavélicos, ya que no dudaron en aliarse a potencias extranjeras (Inglaterra y Francia) para socavar el poder de Rosas. Esta oposición sangrienta entre modelos políticos y (que no quepa la menor duda) de negocios, no consumó su entronización como núcleo cultural de la literatura del siglo con este cuento ya que fue publicado después de la muerte de Echeverría (1851). Dicha marca cultural le compete al inefable y determinante Domingo Faustino Sarmiento, quien la instituyó publicando en el exilio político su monstruoso Facundo (1845).
El Vizconde Lascano Tegui: una gloria argentina
«Confieso que continúo escribiendo por pura voluptuosidad. Escribo para mí y mis amigos. No tengo público grueso, ni fama ni premio nacional. No me gusta el “Tongo”. Como periodista que soy sé “cómo se llega”. Conozco a fondo la estrategia literaria y la desprecio. Me da lástima la inocencia de mis contemporáneos y la respeto. Además tengo la pretensión de no repetirme nunca, ni pedir prestado glorias ajenas, de ser siempre virgen, y este narcisismo se paga muy caro. Con la indiferencia de los demás. Pero yo, he dicho que escribo por pura voluptuosidad. Y como una cortesana, en este sentido, he tirado la zapatilla.» (Vizconde Lascano Tegui)








