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La necesidad del corazón (última entrega)

Edison Delgado Yepes, escritor nacido en Ecuador, nos ha permitido publicar, por entregas, su novela “La necesidad del corazón”. Acá podrán leer el episodio anterior.

Botes de pesca varados en la playa de Saint Maries 1888

Cuando llegaron a Santa Elena se bajaron del taxi y caminaron lentamente hasta la parada de las chicheras que llevaban su carga de pasajeros y turistas hasta Montañita. Les esperaban más horas de viaje bordeando la playa iluminada de manera espejeante pro los débiles rayos del sol. En el camino Estefanía se recostó en el hombro de Pepe Viche y por fin pudo dormir con aquella tranquilidad que sólo había experimentado cuando era niña y se quedaba dormida en los brazos de su padre.

Mientras tanto Pepe Viche sentía que en su cuerpo estaba a punto de explotar una nueva crisis de shakes, ya que esta relación incipiente con Estefi era algo de gran trascendencia y responsabilidad. Su pierna derecha empezó a temblar frenéticamente, pero la crisis tal como vino se pasó ante la tranquilidad que Pepe Viche recibía al contemplar el hermoso paisaje marino que bordeaba la carretera. Y Estefanía no se despertó durante todo el viaje. En este tiempo Pepe Viche replanteó toda la perspectiva de su vida. ¿Sería esta relación un nuevo comienzo?, ¿a dónde lo conduciría todo esto?

Cuando pasaban por una curva Pepe Viche pudo ver a una gallina colgada de un árbol y pensó de inmediato en la maldita superstición y en la brujería, que era tan valorada en las civilizaciones primitivas. A cada rato se cruzaban por la carretera ciertos venados, tigrillos, cualquier cantidad de culebras morían aplastadas por las llantas de los vehículos. Al parecer recién se había producido un gran aguaje ya que toda la playa estaba repleta de raíces, huesos, palos, troncos de árboles, plumas. Luego se asustaron y pensaron en un acto de brujería cuando vieron una gran gallina colgada de un árbol.

En los asientos de atrás de la chichera venían parloteando un pocotón de gringas del cuerpo de paz, que recién venían de Babahoyo cumpliendo una misión de beneficencia como ayudantes en operaciones gratuitas de corazones abiertos para los pobres, personas de escasos recursos y desamparados. Al parecer venían con un gran cargamento que iba en el techo de la chichera y que consistía en una gran cantidad de ropa usada para ser repartida a los pobres de Montañita. Read More…

La necesidad del corazón (octava entrega)

Edison Delgado Yepes, escritor nacido en Ecuador, nos ha permitido publicar, por entregas, su novela “La necesidad del corazón”. Acá podrán leer el episodio anterior.

Playa de la Barceloneta. Pablo Picasso, 1896.

Playa de la Barceloneta. Pablo Picasso, 1896.

A la mañana siguiente Flychi los fue a buscar para ir a correr olas en Punta Carnero. En el camino Pepe Viche sacó un grifo bien roleado de una yerba poderosísima y se lo fueron fumando durante todo el camino. Los cuerpos de los hermanos Andolini eran musculosos, pero con el efecto de la yerba, Tuco no dejaba de mirarse una y otra vez y de mirar los tremendos músculos del cuerpo de su hermano. Tuco creía que desde que habían salido de la casa hasta el viaje por la carretera, sus cuerpos estaban experimentando una asombrosa hinchazón. Al parecer aquel bate lo volvió a meter aunque sea un poquito en la onda del LSD y estaba alucinando un poco, porque cuando llegaron a Punta Carnero todo le pareció a Tuco de color amarillo, no sólo la arena y las rocas sino el cielo y era como si el resplandor del cielo fuera tan fuerte que todo se había transformado adquiriendo un color dorado.

Cuando los chicos llegaron a Punta Carnero las olas estaban reventando con una altura de tres metros en perfecta formación, unas tras de otras, eran líneas continuas, que se alzaban desde el bello horizonte hasta llegar a la orilla.

Pepe Viche se lanzó de inmediato al agua y empezó a remar las paredes de agua y espuma que se le venían encima unas detrás de las otras. Pepe Viche remaba y remaba y poco a poco, de manera imperceptible se iba acercando al point para esperar y coger una mama rusa, de buen tamaño. Flychi y Tuco se quedaron en la orilla cogiendo sol y respirando la deliciosa y refrescante brisa marina. Entonces Flychi le dijo a Tuco:

– Conozco alguien que quiere donar un buen dinero para el asilo que quieres construir…

-¿Sí?, ¿quién es?

-Eso no te lo puedo decir, pero es un donador anónimo, que tiene mucho mucho dinero y a llegado a sus oídos tu proyecto…el tipo está deseoso de entregarte sesenta millones de sucres, ¿qué te parece?

-Me parece algo increíble, ¿pero qué quiere a cambio?

-Que le pongas al asilo el nombre de un antiguo familiar suyo, un tal Vicente Yagual.

-¿Se trata de dinero sucio?, ¿de drogas?

-Sólo sé que es dinero de ida y sin retorno, una donación con ese sólo compromiso y nada más…

-¿Me puedes poner en contacto con él?

-Él no quiere que lo conozcas, sólo quiere darte el dinero y que le pongas ese nombre a tu asilo para ancianos, ¿qué te parece la idea?

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La necesidad del corazón (séptima entrega)

Edison Delgado Yepes, escritor nacido en Ecuador, nos ha permitido publicar, por entregas, su novela “La necesidad del corazón”. Acá podrán leer el episodio anterior.

La novena Ola. Iván Aivazovsky.

La novena Ola. Iván Aivazovsky.

Correr olas era interesante. Un deporte bastante espiritual. Aunque para un espectador, aquello parecía siempre lo mismo y lo mismo, pero sólo un surfista de verdad sabía, que cada ola tenía su propio misterio. Uno nunca iba a saber cómo le iba a ir en una ola que cogía. A veces las cosas salían bien, pero a veces la ola se cerraba o se abría un gigantesco hueco debajo de la tabla y entonces venía lo bueno…la caída, el manto oscuro de la espuma o muerte blanca, que le teñía al deportista los ojos de negro y que lo revolvía dentro del agua.

Cada vez que Tuco se metía al agua se concentraba tanto y con la fuerza de su mente trataba de luchar contra su enfermedad. Pensaba que mientras más remaba más fuertes se hacían los anticuerpos que terminarían librándolo de la muerte. Tuco surfeaba horas enteras con la esperanza de seguir viviendo y lo poco que comía consistía en frutas, que no le exigieran mucho trabajo a su miserable y despedazado estómago.

Dentro del agua se mantenía en movimiento y cuando las olas se le venían encima, él las interpretaba como verdaderas oportunidades para luchar contra la muerte y seguir viviendo.

Cuando llegaba el mortal momento en que experimentaba la mordida del hambre, sentía pánico, pero también desesperación por saborear un jugoso pescado o un exquisito cebiche de camarón. Había momentos en que hasta la misma fruta le causaba náuseas. Todas estas cosas le minaban la resistencia a los embates de la vida y a veces el pobre Andolini se quedaba en la cama sin querer levantarse para nada. El pelo y la barba le empezaron a crecer con libertad y belleza y no le importaba en absoluto. Cuando salía al porche a ver cómo Pepe Viche atendía a los clientes que le compraban sus chuzos, se le alegraba un poco la existencia al escuchar las palabras y las conversaciones de las gentes. Había un cliente llamado Lester y otro que le decían EL TOPO y ambos se divertían entre ellos haciendo toda clase de preguntas filosóficas y hasta Lester trataba de hipnotizar al TOPO y todo el mundo se reía carcajadas. Lester era un escritor adicto al trabajo literario de Jack Kerouac y Henry Miller y EL TOPO era un especialista en las obras del profesor Norman Mailer, así que cuando este par se unían los espectadores se daban un buen banquete de toda clase de conocimientos eruditos.

Una mañana Lester y EL TOPO fueron a ver a los hermanos Andolini para ir a correr olas a DEAD POINT. Que era un playero suicida donde el surfista tenía que coger la ola en el pico y luego conectarse con otra ola más tubular llamada el SUPER TUBO y de ahí seguir corriendo hasta salirse de la ola antes de estrellarse contra las rocas. Pero primero pasaron por el Rubira y les pitaron a las chicas Tatiana y Nancy para que ellas saltaran el muro y se fueran con ellos a  ver cómo cogen olas en DEAD POINT. Y resulta que después de recoger a las chicas se fueron a ver a los hermanos Andolini, que ya los estaban esperando. Y luego a DEAD POINT.

Había que remar y remar y remar del putas loco y luego comenzó el verdadero surf de verdad. Todos cogieron olas y se montaban en ellas uno tras del otro y las chicas miraban desde las rocas, muertas de frío, pero bañadas en Coopertone y sonriendo. Tatiana le prendió un grifito a Nancy y se quedaron grifotas temblando, viendo como sus amigotes exponían sus vidas al correr aquellas olas de ese playero suicida.

Entonces se escuchó el ulular de la sirena de alarma y vinieron los militares en una lancha y se los llevaron a todos presos, incluidas las chicas, por considerarlos espías. Tuco una vez en la base, alineado en la fila, se le ocurrió pedirle al sargento Troya que le de un cafecito y los demás muchachos se partieron de la risa. Una mujer de la Armada revisó el bolso indígena de Tatiana y encontró dos cigarrillos de marihuana y ella se defendió diciendo que eran para consumo personal, que ella no era una mugrienta narcotraficante. Pero el problema era que ninguno de los muchachos y de las chicas tenían la cédula de identidad y lo comisionaron a Pepe Viche para que vaya a buscarlas y las traiga más quinientos sucres para pagar la multa que pesaba contra Tatiana por la yerba que le encontraron en la pequeña carterita indígena.

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La necesidad del corazón (sexta entrega)

Edison Delgado Yepes, escritor nacido en Ecuador, nos ha permitido publicar, por entregas, su novela “La necesidad del corazón”. Acá podrán leer el episodio anterior.

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La idea de comprar una casa en Salinas fue desde el principio idea de Irene, ella siempre saliéndose con la suya, pero cuando empezaron a venir a pasar las vacaciones a la playa, Irene pronto se cansó del desierto, la soledad, el sol, la arena y el mar, y pronto comenzó a sugerirle a su marido que vendiera la casa, pero a Tuco le empezó a gustar cada vez más la tranquilidad del desierto y comenzó un plan de ahorros para retirarse del negocio de compra y venta de vehículos. Cuando Irene se enteró de aquel proyecto puso el grito en el cielo y comenzó a hacerle la vida imposible a su marido con continuos reproches a su falta de competitividad y quemeimportismo. Por su parte Tuco se quedaba callado y lo soportaba todo hasta que se le colmaba la bilis y entonces le gritaba a su esposa y la mandaba a la casa de la verga o le decía que se consiga un amante y que se vaya con él o con ella, y esto lo decía con intención bien maligna, porque ella creía que su esposo no sabía nada de su preferencia bisexual por las lesbianas.

Cuando el matrimonio terminó, Tuco se sintió libre, pero, entonces, cuando sus planes de vivir feliz se empezaron a hacer realidad y su vida tomaba un nuevo giro lleno de grandes banquetes de mariscos, paz y armonía. Cuando había liquidado con éxito el negocio de su patio de vehículos y se disponía a llevar una existencia completamente tranquila en la playa, el destino le traía la noticia de que no iba a vivir mucho tiempo. A veces Tuco se despertaba en la noche lleno de pánico y desesperación y se volvía a acostar y rezaba el Padrenuestro en completo silencio hasta lograr calmar los nervios. Siempre lo atormentaba la idea de quién sería la persona que lo cuidaría mientras llegara el momento de la agonía. No tenía hijos, su esposa no quería saber nada de él, sus padres estaban bajo tierra: su madre por la diabetes y su padre víctima de la hipertensión. Su hermano era casi un inútil, así, que, en definitiva, estaba solo y moriría solo en este mundo; solo, completamente solo en una cama de hospital, como tanto temía Octavio Paz. Katty era una drogadicta inútil que no servía para nada, ¿quién la mantendría cuando él se muriera?

Cuando Tuco pisó por primera vez un hospital oncológico pronto se informó que el noventa por ciento de los pacientes mueren, y que es entonces cuando el enfermo logra apreciar las cosas insignificantes y simples, pero bellas y sublimes de la vida: como disfrutar de una noche estrellada en Canoa o disfrutar de la compañía de una amiga mientras se saborea una deliciosa pizza donde don PEPE.

Tuco se hizo muy amigo de Tony Reyes el doctor que lo chequeó y que le detectó el cáncer al estómago. Él le conversó que había entrado a trabajar en aquel hospital oncológico junto al mar cuando era estudiante, ya que su padre lo recomendó al director con quien mantenía una larga amistad desde la infancia. Pronto Tony entró a trabajar como ayudante en el área de diagnóstico. Y él le confesó lo triste que era hacerse amigo de un niño con leucemia ya que sabías que iba a morir. El hospital en que trabajaba ahora no siempre fue así: cuando recién entró a trabajar lucía todo viejo, descolorido y desvencijado y a él le tocaba recargar los hematócritos y pronto se dio cuenta de la importancia de tener dinero para comer a la hora del almuerzo. Recargar los hematócritos significaba medir los glóbulos rojos y era una tarea de gran responsabilidad y siempre después de cada jornada, Tony terminaba muerto de hambre y el primer día de trabajo estaba completamente chiro y subió al comedor a ver si alguien le regalaba un plato de comida, aunque sea un arroz con jugo de carne, pero la negra cocinera Heriberto le abrió una cuenta de crédito para que él la pagase en la quincena y así pudo tener asegurada la comida diaria.

Los primeros días de trabajo Tony Reyes no vio a los enfermos de cáncer sino que se lo pasó en el LABORATORIO haciendo hemogramas, que es el conteo de leucocitos, donde se utiliza la fórmula de Schilling, que sirve para diferenciar los leucocitos entre segmentados y mononucleados y los linfocitos y los monolitos y también había que recargar los hematócritos que era el contaje de plaquetas y que se dividían entre: neutrófilos, eucinófilos y batófilos. El problema de la leucemia se detecta cuando entre los glóbulos blancos surge un aumento en número y se alteran en su forma.

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La necesidad del corazón (quinta entrega)

Edison Delgado Yepes, escritor nacido en Ecuador, nos ha permitido publicar, por entregas, su novela “La necesidad del corazón”. Acá podrán leer el episodio anterior.

olas

Con el tiempo a Tuco se le ocurrió la idea de mandar a construir un gran asador de un tanque partido en dos y ponerse, con su hermano, a vender chuzos, choclos y chorizos por las noches, pero sólo en los fines de semana. Todas las noches la calina del desierto se refrescaba hasta el punto de que los turistas salían a pasear por el malecón abrigados hasta el cuello. En cambio aquel frío era del gusto de las mujeres extraterrestres y una de ellas, una simpática chica de una de las lunas de Júpiter, llamada: XPR899, siempre lo venía a buscar a Tuco con la finalidad de que él accediera a reproducirse con ella, pero Tuco estaba más concentrado en el negocio de darle la vuelta a los chuzos para tener un ingreso extra. Pero fue tanta la insinuación de aquella mujer hermosa, que Tuco no tuvo más remedio, que encargarle el negocio a Pepe Viche y subir al segundo piso de su casa de madera con aquella alienígena tan simpática como exigente. En la cama aquella mujer lo hizo vibrar a Tuco de una manera impresionante y cuando ambos acabaron el acto sexual, ella le transmitió una energía corporal, que lo hizo sentir, al débil enfermo, completamente rejuvenecido, por un par de días. Tuco no sintió con tanta fuerza los achaques del cáncer durante ese lapso de tiempo. Pero siempre que tenía sexo con estas bellas mujeres alienígenas, sentía por varios días, que las piernas le temblaban, como si estuviera su organismo completamente debilitado. La bella XPR899 lo siguió visitando hasta cuando un día le anunció que él iba a ser padre, entonces, se desapareció del mapa, para alivio de Tuco. Por las noches Tuco pensaba en XPR899 y su hijo pero aquel pensamiento no le daba mucha ansiedad ya que aquella criatura no sería un humano de verdad al ser engendrado en el vientre de una mujer de otro planeta.

Nori

Todo lo que vivimos

Las canciones que cantamos

Se perderán en el olvido

Como si nunca las hubiéramos entonado

Las cosas que nos dijimos

Las experiencias que pasamos

Cuando te desmayaste

Cuando le arrojaste el cuchillo a Juanito

Todo, absolutamente todo

Quedará en el olvido

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La necesidad del corazón (tercera entrega)

Edison Delgado Yepes, escritor nacido en Ecuador, nos ha permitido publicar, por entregas, su novela “La necesidad del corazón”. Acá podrán leer el episodio anterior.

Ola-gigante-tsunami

De pronto a Doménica le entraron unas gigantescas ganas de desamarrarle la toalla e introducirse en la boca la flácida pieza de carne que se encontraba entre las piernas de su hombre. Era un deseo tan potente, que todo su cuerpo se estremecía afiebrado por los rápidos y punzantes latidos de su corazón. Sus nalgas le temblaban de deseo y su entrepierna estaba empapada y sentía un calor sofocante que le hacía sentir que todo su cuerpo ardía de fiebre. Se le hacía agua la boca de ganas de chuparle el pene y le atormentaba la mente de deseos de dejarse penetrar por todos lados. Quería cogérselo y masturbarlo hasta que se ponga duro y luego abrazarlo con los labios y chupárselo hasta que se derrame su néctar en su boca y resbale por su garganta para que sus semillas se fundan en su estómago e intestinos. Pero un miedo la paralizaba, una inseguridad a cómo reaccionaría él ante tanta pasión y deseo. No sabía cómo reaccionaría él, tenía miedo a que lo vaya a tomar a mal y se disgustara, pero, simplemente, no podía evitarlo, no podía posponerlo por mucho tiempo más, así que se lanzó a su objetivo y con la mano temblorosa por una mezcla de miedo y deseo le abrió la toalla y empezó a aplicarle un pequeño masaje a la picha de Pepe Viche.

Como sigas pensando así

Recibirás el castigo de los dioses

Te convertirás en un engendro Bíblico

Se te cerrarán las puertas del cielo

Y

Nunca más volverás a ver

El rostro de tu madre

Vive y deja vivir

Pero no me mates

Como no se ponía dura de inmediato y como él se quedaba callado y no decía nada, ya no pudo contenerse más y se abalanzó sobre él para chuparle el pito y de esa manera consumar ese deseo que la quemaba por dentro y que la hacía tan, pero tan vulnerable. La picha de Pepe Viche se empezó a espigar y el glande, rosado, y duro como una nuez, salió y se liberó de la protección del prepucio. Doménica ya no podía más, le temblaban las nalgas por el tremendo deseo de montar encima de Pepe Viche y mientras sostenía la larga y delgada pieza de carne con la mano derecha, aprovechó para sacarse el traje de baño y montarlo a su amigo y amante, hasta que la dura, roja y redonda cabeza de su falo se metió, dificultosamente, dentro de su aguado anito. Así permaneció por un cuarto de hora saltando y saltando sobre la picha de Pepe Viche y gimiendo y abriendo la boca y sudando y teniendo varios orgasmos hasta quedar completamente agotada…

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La necesidad del corazón (segunda entrega)

Edison Delgado Yepes, escritor nacido en Ecuador, nos ha permitido publicar, por entregas, su novela “La necesidad del corazón”. Acá podrán leer el episodio anterior.

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Durante la infancia

El hombre forja su destino

Hay que ver

Hay que ver

Que no se pierda

Ni en la jungla de la locura

Ni en la tempestad

Del vicio

Durante su juventud y adolescencia había fumado mucho y tomado mucho café para amortiguar las terribles preocupaciones financieras que le ocasionaban el negocio de su patio de venta de vehículos, y una dolencia prolongada de helicobacter pílori le había provocado la enfermedad, que pronto lo llevaría a la tumba. Ahora Tuco tenía que alimentarse poco y con mucho cuidado para no experimentar terribles dolores en la boca del estómago y en el colon ascendente. Estaba condenado a morirse de hambre y a comer cereal y fibra y si en alguna ocasión se zampaba un suculento plato de carne de soya muy condimentada luego se sentía mal y empezaba a temer el terrible momento del vómito. Desde que había agarrado el cáncer de estómago, Tuco andaba de puntillas por el terrible sendero arenoso de su vida para no despertar a los síntomas de la muerte o a la muerte misma.

Cuando estos padecimientos ocurrían, Tuco terminaba vomitando todo lo que había ingerido y de esa manera se le aliviaba el dolor.

Luego se dirigía al santuario familiar y se arrodillaba y se ponía a rezar con todas sus fuerzas por las almas del purgatorio, por su propia alma pecaminosa y por la de su corrupto hermano Pepe Viche. Arrodillado ante el altar, de vez en cuando, elevaba su miedosa mirada para ver a la descomunal efigie del santo Vicente Ferrer, que su madre había comprado y mandado a colocar en aquel oscuro rincón de la sala. Tuco le pedía a la santísima imagen que lo aliviara del sufrimiento de su enfermedad, y le pedía, con auténtica fe, que le salvara la vida y lo curara de tan terrible mal. Tuco amaba la vida y no quería morir.

Al fin después de mucho tiempo de vivir sin ningún sentido, Tuco había hallado la fuente y el sentido de la vida. La vida tenía sentido cuando comías con apetito; cuando dormías abrigado para protegerte del frío y cuando tenías sexo con una mujer bonita y que se moría de ganas por tenerte entre sus piernas.

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La necesidad del corazón (primera entrega)

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Edison Delgado Yepes, escritor nacido en Ecuador, nos ha permitido publicar, por entregas, su novela «La necesidad del corazón». Esperamos que disfruten de este nuevo trabajo y agradecemos la generosidad del autor:

 

A la querida memoria de Fernando Luna

  

Tienes poder para recordar a todo el mundo que son personas completamente libres. 

Jack Kerouac

 

Qué solo se está en el mundo sin un amigo con el que sentarse y compartir la bebida. 

John Ernest Steinbeck

 

Tuco y Pepe Viche Andolini salieron de una larga sesión de surf en Paco Illescas. Sus músculos estaban hinchados y cargaban sin ningún esfuerzo sus medianas tablas Gordon & Smith. Pero al rato estaban más cansados. Aquellas tablas GORDON & SMITH los habían acompañado durante su largo aprendizaje en Chuyuipe y Paco Illescas. Aunque Tuco y Pepe Viche corrían de playero, la ola de Chuyuipe era salinera, por lo que desde el principio se enseñaron a correr olas dándole la espalda a la ola hasta llegar a niveles de verdadera perfección. El gran sueño de Pepe Viche era ir a correr la ola del Pipeline en Hawai, al igual que lo había hecho Jeffrey Bhorer. Pero al igual que muchos otros sueños más todo quedó en proyectos y conversaciones grifotas de media noche y nada más.

Después de un largo trayecto de caminata las tablas pesaban más y más y los hermanos Andolini se la cambiaban de un brazo al otro para seguir pujando su peso. El sudor corría por su frente como gruesas gotas y las venas de los hombros y brazos se hinchaban debajo de la quemada piel de surfistas.

Tuco y Pepe Viche, poco a poco, se hicieron expertos en correr olas de espalda en Chuyuipe, en vacaciones; y, en época de clases, corrían olas en Engabao y Montaña.

Eran verdaderos surfistas que corrían olas ya sea en temporada o no.

Ahí, en Engabao, el terror al descoque en una ola que era playera era algo mortal y paralizante. Los hermanos Andolini, simplemente, no estaban acostumbrados a correr olas de playero y siempre que estaban a punto de coger una ola se detenían en toda la concha, completamente paralizados de terror por miedo a ahogarse con la caída.

Perico y Rosendo, que eran dos muchachos más avezados, se burlaban de ellos mientras les daban una lección de surf a los novatos con sus tablas Eddie Bauer de una sola quilla. Los hermanos Andolini no comprendían cómo coger la ola de Engabao, a pesar de que habían aprendido tan bien a deslizarse sobre las olas en el salinero de Chuyuipe. Simplemente los dos se ahuevaban.

Más tarde llegó un verdadero surfista radical llamado GALLETA, que era el papi de todos los que corrían en Engabao y en otras partes más audaces del litoral. Cuando GALLETA corría olas en Engabao era el momento de echarse a un lado y observar el espectáculo. Galleta estaba en su mejor momento deportivo y nadie podía, siquiera, osar comparársele o tratar de coger una ola cuando él estaba corriendo. GALLETA era el king de Engabao. Era uno de los personajes super pesados del amplio espectro del mundo surfer guayaquileño.

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