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Isaac Asimov en contra de la duda del conocimiento

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Si no se hubiera muerto, hoy se estaría celebrando el cumpleaños número 93 del escritor y divulgador científico Isaac Asimov. Nacido en 1920 en la villa de Petrovichi, emigró a los Estados Unidos a la edad de los 3 años, en donde se matriculó posteriormente en la Universidad de Columbia primero para estudiar Zoología y luego cambiar a Química. Tras recibir su PhD en Bioquímica se vinculó a la Universidad de Boston, en donde ejerció de profesor. Pero el recuerdo que dejó está más relacionado con su labor de autor, en los campos de divulgación científica y ciencia ficción, aunque también incursionó en otros géneros como el misterio, y la crítica literaria.   La frenética actividad de Asimov lo sitúa dentro de uno de los escritores más prolíficos, dejando un legado de más de 500 libros y 90.000 cartas, por lo que podría decirse que Asimov escribía como cosaco, lo que por otra parte, no dejó de ocasionarle problemas domésticos con su mujer Janet Jeppson; sin embargo Asimov fue fiel a sus votos de matrimonio y conservó su pacto con Dios al no separarse de ella, por más que su dulce Janet le recriminara su ejercicio de soñador de ficciones científicas.  Esto no le amargó el humor a Isaac quien siempre mantuvo un tono dicharachero con sus colegas escritores de ciencia ficción, carácter que quedó registrado en la posteridad en todas las breves introducciones que hacía a los relatos de sus amigos en las antologías de los Premios Hugo.

Para celebrar su natalicio queremos compartir el ensayo «La relatividad del Error» de Isaac Asimov. Este surgió a partir de una respuesta que hizo un licenciado de Literatura Inglesa  a propósito de un artículo de Asimov sobre el avance del conocimiento científico.  En esta respuesta, el joven especialista en Literatura Inglesa instaba al escritor de ciencia ficción a asumir una actitud en la que toda consideración sobre el conocimiento científico debería estar errada, por evidencia histórica en la cual los datos científicos de la antigüedad se habían probado como falsos. La respuesta de Asimov es totalmente deslumbrante, en la que, además, pone en entredicho esta idea de que la ciencia antigua estaba totalmente errada; puesto que para el autor no se puede incurrir en absolutos de falsedad o verdad a la hora de hablar de teorías científicas.

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