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El gólem, el autómata y el clon en la Biblia

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Arrigo Coen en el texto «¿Género científico o fictocientífico?» que abre la antología  de la ciencia ficción mexicana «Visiones periféricas», afirma que el gólem, en la tradición judía, es una suerte de estatua dotada con vida. El autor toma a esta figura para relacionarla con los robots y androides (autómatas con forma humana) y así establecer una clasificación posible de rastrear en la literatura de género. A continuación Coen alude el versículo 16 del Salmo 139 de la biblia en donde el gólem es una sustancia embrionaria e incompleta, de lo que se deduce que todos fuimos gólems o quizá lo seguimos siendo si nos asumimos como sujetos inacabados y destinados a una completud que aún no desciframos. Tomamos, a continuación, los versículos 13 al 16 del mismo salmo para hallar un discurso que puede ser emitido por un inercial, la creación de Víctor Frankenstein o un clon que mira fijo a los ojos de su clonador y le hace plegarias:

13 Tú creaste mis entrañas;
    me formaste en el vientre de mi madre.
14 ¡Te alabo porque soy una creación admirable!
    ¡Tus obras son maravillosas,
    y esto lo sé muy bien!
15 Mis huesos no te fueron desconocidos
    cuando en lo más recóndito era yo formado,
cuando en lo más profundo de la tierra
    era yo entretejido.
16 Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación:
    todo estaba ya escrito en tu libro;
todos mis días se estaban diseñando,
    aunque no existía uno solo de ellos.

Cónclave y clon. Un cuento de Campo Ricardo Burgos López

El escritor colombiano de ciencia ficción, Campo Ricardo Burgos López, nos obsequia un maravilloso relato de absoluta pertinencia para estos tiempos sin Papado y  muchas papadas largas. Burgos López retoma un tema que ha tratado previamente, el de la clonación (desarrollado en su novela El clon de Borges), en un subgénero conocido como teo-ficción o ficción religiosa.

Cónclave y clon

 Por: Campo Ricardo Burgos López

papapedro

El cónclave de cardenales para elegir al nuevo Papa, después de considerar y desechar las hojas de vida de innumerables candidatos, entró en desesperación. En voz baja, algunos prelados afirmaban que parecía que el Espíritu Santo esta vez estaba durmiendo o desinteresado, pues después de tanto tiempo de reuniones y más reuniones, todavía no les había soplado al oído ningún nombre. Cuando el desconcierto empezaba a cundir, a alguien se le ocurrió una idea luminosa. ¿Por qué no hacer uso de la ciencia y traer del pasado a un Papa intachable? ¿Por qué no clonar a San Pedro? ¿Qué mejor Papa podía haber que aquel que originó la dilatada lista de pontífices en el siglo I, nombrado nada menos y nada más que por el mismísimo Jesús?

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