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Los spnayas. Por Marel Alfaro

Por Marel Alfaro

«Además del arte —en todas sus manifestaciones— y las matemáticas, el lenguaje es la única huella material de nuestra existencia en el universo».

Los spnayas son una especie bastante«particular». En términos humanos, su única forma de comunicación podría traducirse como «arrítmicos golpes secos»: ecos guturales producidos por «grandes cajas orgánicas»1. Su anatomía se describiría como «enormes masas carnosas» azuladas de hasta cuatro metros de altura, casi gelatinosas, con dos orificios en cada extremo que, de cierta forma, funcionan como «bocas»2. Literalmente, la edad de los spnayas se mide de dos formas: su adultez, cuando alcanzan su máximo tamaño y, la vejez, cuando decrecen y reducen su cuerpo a la mínima expresión.
Inicialmente dudamos de la existencia de una lengua propiamente dicha, pero después de un par de siglos aprendimos a comunicarnos con ellos por medio de percusiones diseñadas específicamente para emular sus códigos lingüísticos.
Apenas llevo medio ciclo estelar habitando este planeta. No obstante, nunca extrañé tanto el poder comunicarme en nuestra lengua materna, tener con quien conversar; además de mí misma y mi propia conciencia, claro está.
Mi observatorio se encuentra ubicado en el centro de la colonia, a dos kilómetros del poblado más cercano. Cada año estelar recibo y envío información codificada con destino a casa. Poder leer cada palabra en nuestro idioma es un ancla mágica que me ata a la cordura.
—Tup, pac. Tup, pac. —Escucho, a lo
lejos.
Algo no marcha bien. Uno de los
ancianos solicita ayuda. Es el más longevo de su especie, de unos cinco mil años terrestres de edad, aproximadamente. Me precipito a su encuentro. Sus movimientos son torpes y demasiado lentos.
—Tup tup-pap, tutu. ¡Tuppi tap pap ap!—«Susurró» el viejo Tuppi, patriarca de la colonia spnaya que, en nuestra lengua, podría traducirse textualmente como: «Te veo, humana. ¡Tuppi vuelve a casa!»; que, en spnaya, significa «adiós».

 

1 A diferencia de nuestra especie, los spnayas carecen de ojos y oídos, pero pueden percibir los sonidos graves y al resto de individuos por medio de sus propios cuerpos.

2 Los spnayas pueden alcanzar los cuatro metros de altura en la adultez. En muy raros cazos exceden dichas dimensiones; sin embargo, existen registros de especímenes de hasta siete metros.

 

Marel Alfaro Zúniga (1989). Nacido en San Pedro Sula, Cortés; Honduras. Docente de Ciencias Sociales y Ciencias Naturales. Consultor independiente y asesor metodológico a nivel de tesis. Editor y corrector ortotipográfico. Ilustrador autodidacta. Autor de «Hacia el Espacio: Quince crónicas sobre el nacimiento del Nuevo Orden y la Revolución Galáctica” (2020); «Breviario de lo irreverente» (2022); antologado en «Tercer encuentro de minificción Centroamericana antología» (2023) y «Antología de minificción: El Albatros» Editorial Micromundos (2024); prologuista en «Latinoaméricaeditada: no disponible en su región» Editorial Tríada (2024). Su más reciente trabajo, «Inerme en la ciudad y otras minificciones científicas», publicado por Editorial La Chifurnia (2025). Actualmente reside en El Progreso, Yoro; Honduras.

 

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Crónicas bananeras

13/10/2022. Cada 7 de diciembre se recuerda la ominosa «masacre de las bananeras» ocurrida en 1928, y financiada por la United Fruit Company, hoy Chiquita. Se estima que aquel infame día fueron masacrados entre 1.000 y 2.000 trabajadores que protestaban exigiendo mejores condiciones laborales.

Durante décadas se ha intentado borrar ese suceso de la memoria colectiva colombiana, y de no haber sido porque García Márquez o Cepeda Samudio hablaron de ello en sus libros Cien años de soledad y La casa grande, quizás el suceso no habría trascendido de unos titulares escuetos en los diarios capitalinos de una república bananera. Desde que se eliminó la cátedra de Historia de las escuelas colombianas, la masacre de 1928 quedó relegada a libros descatalogados —con excepción de los antes mencionados— al tiempo que era minimizada por otras matanzas que la violencia del narcotráfico introdujo y volvió rutinarias.

Teniendo eso como contexto abordé la lectura el admirable libro de Roberto Herrscher. La estructura del libro es ingeniosa, entrecruza anotaciones propias del trabajo de campo, entrevistas a los antiguos empleados de las bananeras, datos historiográficos e incontables referencias bibliográficas, dando como resultado un reportaje novelado muy entretenido. Es una obra impredecible que remata con un giro hacia aspectos humanos que vinculan al autor con los personajes, logrando así que el lector conecte con el texto a nivel emocional.

Escrito de lo general a lo particular, el libro es a un tiempo reportaje novelado y libro de referencia, y por tanto, un documento valioso que ahonda en la historia de las compañías transnacionales que colonizaron y desarrollaron comercialmente a Centroamérica y el Caribe. Crónicas bananeras será un clásico del periodismo narrativo latinoamericano, lo amerita por permitirnos comprender la complejidad de nuestras «repúblicas bananeras».

Centroaméxico: mexicanidad + centroamericanidad = centroamexicanidad. Por Balam Rodrigo

«El norte trabaja, el centro piensa y el sur descansa» reza el retrógrado y xenófobo dicho popular que suele escucharse en México cuando se discute en términos comparativos sobre el “progreso” de las sociedades que habitan las distintas latitudes geográficas de nuestro país. Por otro lado, como escritor nativo y habitante de Chiapas, provincia ubicada en la Frontera Sur (Frontera Sur), región que supuestamente “descansa” perennemente sobre la incómoda hamaca de su compleja y errática historia, me interesa cuestionar la manera en que los sureños somos y hemos sido vistos desde el noroeste, el noreste, el centro, el occidente, y desde cualquier otro ángulo o latitud geográfica, política, antropológica, económica, ideológica o sociológica. Una parte de la literatura producida a finales del siglo XX y en las primeras décadas del XXI en Chiapas puede servir como brújula identitaria para establecer el panorama literario y el rumbo estético al que pretendo llegar y del que nunca hemos salido: Centroamérica. Cierto es que las figuras literarias más conspicuas de esta tierra en parte mexicana siguen siendo Rosario Castellanos y Jaime Sabines, a los que deben agregarse la casi desconocida narradora Blanca Lydia Trejo, el dramaturgo Carlos Olmos, los tres chiapanecos que integraron La Espiga Amotinada, Eraclio Zepeda, Juan Bañuelos y Óscar Oliva, así como el escritor total Roberto López Moreno. Asimismo, es pertinente señalar que la narrativa actual de Chiapas vive un auge importante: en novela, destaco la obra reciente de Claudia Morales (Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos 2015), Jorge Zúñiga y Gabriel Velázquez Toledo (que obtuvieron el Premio Nacional de Novela Negra “Una vuelta de tuerca” en 2019 y 2020, respectivamente), Nadia Villafuerte, Ney Antonio Salinas, Ornán Gómez, Luis Antonio Rincón (Premio de Novela Juvenil Norma FeNAL 2020), Alejandro Aldana Sellschopp y especialmente Mikel Ruiz, crítico, narrador y ensayista que escribe tanto en lengua tsotsil como en español y es autor de las novelas Los hijos errantes (Coneculta-Chiapas, México, 2014) y La ira de los murciélagos (Camelot América, México, 2021). Esta última, escrita únicamente en español, es quizá la primera novela sobre el narcotráfico ambientada en San Juan Chamula, pueblo natal de Mikel, que retrata eficazmente las entrañas de la violencia derivada de la guerra fratricida por hacerse del control de la plaza en territorio indígena donde los cárteles y el narco se gestan en tsotsil. En esta lengua también escriben el ensayista y narrador Delmar Penka y la dramaturga Petrona de la Cruz Cruz, mientras que el cuentista y novelista Josías López Gómez (Premio Literaturas Indígenas de América 2015), ha desarrollado una sólida obra en lengua tseltal y en español.

La mayor parte de los libros de las y los narradores señalados tiene como escenario discursivo la Frontera Sur y los temas giran en torno a las problemáticas comunes de la región (migración, conflictos interétnicos y religiosos, narcotráfico, cosmovisión de los pueblos originarios, aculturación, dominio del paisaje urbano sobre el rural, entre otros). En cuanto al cuento y el ensayo en Chiapas, existen dos libros que han abordado puntualmente el desarrollo de estos géneros en la entidad: El cuento en Chiapas (1913-1915) (Coneculta-Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 2017) de Alejandro Aldana Sellschopp y Antología del ensayo moderno en Chiapas. Esbozo de una historia cultural (Coneculta-Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 2017) de Ignacio Ruiz Pérez. Pero lo que aquí me interesa señalar son las particularidades y rasgos (principalmente lingüísticos) que hacen de la literatura de Chiapas, en términos identitarios, parte de la literatura centroamericana, es decir, destacar la pertenencia de Chiapas a la tradición literaria de Centroamérica, sin olvidar que también forma parte indiscutible de la literatura mexicana.

Por otro lado, el discurso de las y los autores originarios de Chiapas y la Frontera Sur genera, por sí mismo, una semiosfera distinta que, aunque menos conocida, tiene una dirección identitaria distinta al de la llamada norteñidad: desplaza, de hecho, la Frontera Sur hacia el norte.

De ahí que una de las preguntas a responder en este ensayo es, si de modo similar a la norteñidad —y su bastardo posmoderno, la posnorteñidad— existe algún equivalente en el sur-sureste de México que podamos llamar sureñidad o bien, un concepto o constructo similar. Leer Más…