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Lo que quieren los muertos. Un relato de Alberto Chanona

Les presentamos un cuento de navidad escrito por Alberto Chanona e ilustrado por Gabriela Soriano. Fue publicado, inicialmente, en textosur.com

 

Franklin murió en las vacaciones. Pero ninguno de sus compañeros lo supo hasta el segundo día de vuelta a clases, cuando la maestra Isaura entró al salón, acompañada de la directora, para dar la noticia a los cuarenta niños y niñas que conformaban el Cuarto B. Con los ojos enrojecidos y las manos enredadas en la tarea de desarmar un nudo invisible, la profesora apenas murmuró algo sobre la inocencia, la bondad y el cielo, antes de romperse al pronunciar el nombre de Franklin, primero en sollozos y luego arrastrada por un tumulto de bufidos donde las palabras asomaban angustiosamente la cabeza a ratos, sin asirse de la respiración. Cuando la directora trató de intervenir, ya era tarde: la clase entera se había derrumbado tras la maestra, en un pandemónium de lágrimas y gritos, por la ausencia definitiva de Franklin y por la consciencia, el horror, adquirido de golpe, de que los niños también mueren.

 

De espalda al desarrollo de la tragedia junto al pizarrón, Pablo observaba el pupitre de Franklin, tras el suyo. Sobre la tapa, tallada a pluma por niños que rotaban de salón cada dos años, Pablo reconoció en un rincón su mala letra, su insulto destinado meses atrás a quien, desde ahora, sería ya para siempre el niño muerto: un mono contrahecho, gordo y grotesco que escurría baba, debajo del cual había escrito «Franklin».

 

Enderezó la vista. Un temblor se arrastró, a través del súbito frío, desde su mano en el pupitre hasta su corazón. En la esquina del aula, tras la bruma hecha de niños amontonados sobre la maestra y la directora, estaba Franklin, de pie, sobándose las manos, mirándolo desde la cámara sin fondo de sus ojos, mientras abría la boca como una marioneta hecha de aire que intentase hablar bajo el agua, produciendo silencio. Silencio y vacío. Como el fantasma de un pez.

 

 

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Batman. Un poema Comic

Por Roque Artemio Gallegos González y Alberto Chanona

Fuente: textosur.com

 

 

La primera vez que uno la lee, casi todo en la obra de José Carlos Becerra (1936-1970) produce deslumbramiento. La vida interior revelada en esos poemas, la mirada con que Becerra parecía ver no sólo al mundo, sino los gestos del mundo y el movimiento en cada uno de los gestos del mundo. Leer un poema suyo no es como ver la película, sino elegir una escena y dentro de ésta un fotograma donde asoma algún personaje más o menos borroso, y a partir de ahí adivinar su pasado, porvenir y motivaciones, en la posición geográfica de un escalofrío o de un reflector, sobre un ring o sobre el cuerpo de un trapecista herido. Quiero decir que el registro de la voz de Becerra está construido sobre la base de introspecciones y repeticiones tumultuosas; de tanteos alrededor de la memoria, siempre e irremediablemente en fuga, siempre algo más, siempre perdido.

 

Hay además en su obra paisajes, personajes, canciones que reconocemos con facilidad, pues muchos de sus poemas son una suerte de mashups, cuyos elementos van y vienen del cine («Casa Blanca»), de los cuentos infantiles («La bella durmiente»), de la novela policial («El halcón maltés», «El pequeño César») y hasta de la nota roja («El ahogado»). No es probable que, de vivir hoy, Becerra compartiera del todo la opinión de Scorsese respecto del cine de superhéroes. Hasta es probable que usara alguna de esas películas o personajes para escribir algún poema. Tal vez Antman, cayendo inexorablemente en el universo de los átomos y los electrones. O el Dr. Banner y su ira persiguiéndolo hasta el fin del mundo. O Thanos, frente a la belleza apacible y dolorosa que ha creado. Fantaseo, por supuesto. Pero quizá no tanto. Lo prueba, supongo, el hecho de que a Becerra lo sedujo la tentación de reescribir la locura del hombre murciélago, en clave de poesía y heroicidad dudosa, importándole además un sorbete los derechos del nombre: Batman.

 

Algo de eso conversábamos, alguna tarde de 2011, con Roque Artemio Gallegos González, quien además de biólogo es escritor e ilustrador. Intentábamos por aquel tiempo publicar el número 2 de una revista literaria y ambos creímos que sería ése un buen lugar para publicar el Batman de Becerra, ilustrado por Roque al modo de un cómic.

 

En alguna parte de la tarea, un par de semanas después, tuvimos que reducir la cantidad de paneles para no encarecer más la revista. De cualquier modo –y eso fue lo triste de la decisión económica–, el número 2 de Nueva Orleáns (así se llamaba la publicación, no me pregunten por qué) nunca llegó.

 

Aun así, el trabajo de Roque Artemio con el poema de Becerra quedó hecho. Tanto él como yo lo hemos compartido alguna vez en redes sociales, donde debe andar todavía, extraviado en la oscuridad del fondo de alguna timeline.

 

Con ustedes…