El viajero. Por Marga Cettra


En cada corcoveo el auto amenaza con enmudecer, plantándose en medio del camino, pero cuando parece que se queda, ronronea y sigue.

El calor es insoportable, el viejo trasto, lo único que le quedó después del divorcio, transita la ruta polvorienta y solitaria, bajo el sol de noviembre.

El cartel verde y doblado por el puñetazo de los fuertes vientos patagónicos, señala: VILLA ROVIRA y los dibujos marcan: Estación de servicio, Restaurante, Sala de Primeros Auxilios, Destacamento policial a 20 km.

Pegó un volantazo abandonando la ruta y continuó por el camino hacia Villa Rovira, rogando que el auto respondiera.

Traqueteando por las ondulaciones del camino, llegó a una plaza rodeada por cinco esquinas, un ronquido lasti-mero presagiaba lo peor, un suspiro final y el auto se plantó ahí.

En medio de la plaza, un farol desteñido y, al pie, unas provocativas matas de lavanda, las únicas capaces de so-brevivir a la intemperie. Los soles sostenidos y la falta de agua.

Las miró con respeto, era lo único vivo en ese mediodía agobiante. Caminó hacia una de las esquinas, la que tenía un toldo a la entrada, un árbol y bajo el árbol dos mesas y cuatro sillas.

Una chapa ovalada con óxido en los bordes, alardeaba: Restaurante. Entró.

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11 posibles escenarios de fin de mundo, expuestos a una adolescente que teme las abejas

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Caminaba con mi amiga de 13 años y vimos una abeja. Ella se asustó, naturalmente, y le recalqué la importancia de las abejas para el mundo. ¡Si las abejas mueren se extingue todo; pero si se extingue el hombre, el mundo haría una fiesta! Entonces me preguntó si la humanidad podía extinguirse y le enumeré once razones posibles para la extinción humana, o en el mejor de los casos, su diezmado.

1- Riesgo nuclear. Una posible guerra entre potencias en las que se utilicen armas atómicas, puede diezmar la población. También accidentes nucleares en plantas, como Chernobyl o Fukushima.

2- Escasez de agua: Esto puede provocar guerras, desigualdad, hambrunas, condenar a poblaciones enteras. Y, en caso extremo, acabar el planeta.

3- Calentamiento Global: Excesivas olas de calor o frío, la reducción de los océanos puede llevar a superficie reservas enteras de metano del fondo y esto puede envenenar el aire. Ciudades costeras pueden desaparecer con el descongelamiento de los polos.

4- Catástrofes naturales: derrumbes, volcanes, terremotos y tsunamis pueden destruir continentes enteros.

5- Catástrofes cósmicas. Una explosión de una pequeña estrella cercana al sol puede arrojar suficientes rayos gamma o beta o que pueden provocar serios fallos eléctricos y llevarnos a una involución tecnológica en la que solo los menos dependientes de la electricidad podrían sobrevivir.

6- Estupidez humana: una fuente infinita para crear problemas. Dada la creciente tendencia de elegir a los más idiotas a nivel político, una gran posibilidad para la extinción de la Tierra se debe a la estupidez humana.

7- Extinción de abejas: al ser responsables de la polinización de las plantas, su extinción supone la desaparición de gran parte del reino vegetal, y con ello, los animales y los humanos estamos en riesgo.

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Magistrados, un relato de Luis Antonio Bolaños de la Cruz

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Albert Robida (1882) «salida de la ópera en el año 2000». 

 

Luis Antonio Bolaños de la Cruz

 

Magistrado(a)s se encuadra en la serie del Imperio Decadente, relata un acontecimiento sucedido en el amanecer de la rebelión, cuando los propios planetas con conciencia Gaia participaban para apoyar la rebelión.

Lo(a)s Magistrados de nuestra urbe (o de cualquiera de las otras 12 urbes del planeta) solo funcionaban adecuadamente cuando les daban cuerda; los encargados o fiabytrus nunca efectuaban su labor porque los dilatados protocolos exigidos por sus mecanismos inhibidores-excitadores de atención al público, exagerados en su precisión y minuciosos en su detalle, se constituían en un peliagudo y largo problema. Existía el método corto: buscar las llaves en los bolsillos interiores de los mohosos baúles depositados en el sótano repleto de cachivaches donde no penetra la luz y convertidos en madrigueras de bichos que devoran los dedos (no comprobado ya que sólo los fiabytrus tenían acceso, pero es vox populi). Y el más corto aún aunque sin garantía de respuesta acertada: que el interesado en consultarlos les propinara una bofetada mientras deambulaban entre el gentío.

Lo peor de los fiabytrus era que iniciada la búsqueda no podían abandonarla ya que se generaba un loop que se autolubricaba y debían golpearles en el cráneo con rudeza (lo cual se combinaba con probables daños y convalecencia) para conseguir la extracción, entonces por la general a su fealdad (decían los chismes, que eran productos fallados de las calderas de protoplasma imperiales y anexados a la burocracia de nuestro planeta) incorporaban vendajes y apósitos. Así que esa posible brevedad en la ejecución con su ayuda estaba precedida de niveles organizativos desmesurados, pesados y esforzados que liquidaban de antemano la utilidad de su procedimiento, ya que las respuestas de lo inquirido a los Magistrado(a)s llegaban tardías. De allí que el público prefiriera las bofetadas convirtiendo a los fiabytrus en inútiles accesorios.

Según las noticias que aparecían en la red pulsante en las demás metrópolis el sistema de Magistrado(a)s parecía que funcionaba igual, leyendo entre líneas surgía segura su decadencia idéntica a la nuestra. Rumores cuya difusión se prohibía por proclama señalaban que los locales (y los de las demás urbes también, si atrapabas las líneas de mensajes de texto adecuadas) cuando no los veían se movían en saltos cuánticos instantáneos para susurrarse consignas, por eso las cámaras grabadoras siempre funcionaban, pero algo sucedía ya que al exhibirlas, extenso metraje nocturno al cierre de la actividad, se encontraba velado sin importar la velocidad que se programara para seguir las peripecias nocturnas.

Que la verdad se depositaba en los intersticios de la hablilla quedaba demostrada porque cada mañana al iniciarse las faenas del consistorio en medio de su habitual greguería, acontecía que los Magistrado(a)s habían cambiado de lugares. A partir de la ruta trazada por sus desplazamientos se impartía soluciones o se decidían proyectos más por la persistencia de sus “dosor” (dobles sombras reales que surgían donde se cruzaban sus caminatas, que ennegrecían el espacio y ejecutaban una lectura alternativa al procedimiento estipulado pero tan escuchada como la formal), además sin que nadie lo pidiera interpretadas por los fiabytrus quienes añadían una tercera capa argumental a los pedidos y preguntas de la muchedumbre, como observamos poco se gestionaba por conversación directa con los Magistrado(a)s, así que los peticionarios o demandantes elegidos en cabildo según la referencia de las familias o de los barrios accedían al mecanismo de funcionamiento a través de la bofetada pero ante el silencio de los magistrados aceptaban las interpretaciones de los fiabytrus y las respuestas de los dosors: eran lo mas parecido en reacción física real que existía en cuanto a Magistrado(a)s, quienes permanecían casi siempre callados en sus cabinas de atención, pero que se reunían en grupos informales con la gente para conversar tupido y divertirse de lo lindo. Caos organizado de ineficiencia demostrada.

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UNTÉMONOS DE COLOMBIA, por Umberto Amaya Luzardo

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UNTÉMONOS DE COLOMBIA

(Así es el Pacífico)

Era un sueño de tercero de primaria, cuando en la clase de geografía aprendí que el país tiene tres cordilleras y dos mares; yo era un muchachito llanero que no conocía los cerros y mucho menos el mar; pero como era un niño y los niños tienen la capacidad de soñar despiertos, mientras el profesor hablaba de los kilómetros de mar atlántico y la cantidad de costa pacífica que nos pertenecía, yo en la imaginación, como en el joropo llanero: “salí por un caño abajo, a ver si a la mar salía”.

A los doce años cuando miré por primera vez la cordillera, pensé que en esos lugares los hombres eran demasiado guapos para trabajar, cuando eran capaces de hacer esos montones de tierra tan grandes que llamaban cerros; porque nosotros entre tres hermanos, turnándonos la carretilla para echar el piso de la casa, habíamos durado cargando tierra todas las vacaciones. Ahora, estábamos en Bogotá, mirando su cadena montañosa, y esperando que amaneciera para escalar el cerro que nos quedaba más cerca siguiendo el curso de la quebrada. Cosa de maravillarse, la quebrada estaba llena de piedras y como tampoco las conocíamos, todas nos gustaban y queríamos recogerlas todas, porque en los arenales del llano solo conocíamos dos piedras: una pequeña que tenían en la cocina para machacar los ajos y otra grande bajo la sombra de un árbol, la piedra de amolar, que traían desde Tame, a puro lomo de burro.

f“Viajar es necesario, vivir no tanto” decían los que se inventaron la democracia, como si viajar fuera un acto democrático, y nosotros, bajo el régimen de mi papá nos fuimos a conocer el mar; pero si las montañas me fascinaron, el mar no; el mar me asustó, porque pensaba que si el río Arauca, con lo pequeño que es, tiene caimanes, rayas, pirañas, remolinos y corrientes bravas en los que a cada rato se ahoga la gente, en esa inmensidad de agua tendrían que haber monstruos inmensos y furiosas tempestades; entonces me metí al agua con un recelo que me ha durado toda la vida.

Conocí el mar por la parte arriba de nuestro mapa, por el Atlántico; apenas me metí en el agua, que estaba tragándome el primer sorbo para comprobar que de verdad era salada y empecé a recordar las palabras del profesor “al país lo bañaban dos mares”, entonces me entró la necesidad de conocer el Océano Pacífico, y para allá me fui, pero esta vez no con la intención de asolearme en la playa, meterme un ratico al mar, y salir en pantaloneta para el hotel a comer pescado frito; sino que esta vez, mi intención era embarcarme y navegarlo, y muchos años después lo logré.

El pacífico colombiano empieza en Cali, con su cultura niche. Los caleños llevan el mar pacífico y la música afrocolombiana en cada folículo piloso, y de la misma manera que Brasil tienen estatuas de Pelé, en un centro comercial de Cali, está la estatua de Celia Cruz; diez metros de alta, con un vestido fucsia y su bemba colorá. Qué alegría para los ojos viajeros, mirar el buen gusto de los vallunos. Subiendo la cordillera occidental, por la carretera que conduce de Cali al mar, cruzando apenas el último barrio: Terrón Colorado, aparece el Saladito y La Cumbre; y siente uno que está viajando por lugares hermosos. Entonces llega el fin del afán y el comienzo de las casas bellas; es algo así como para los Bogotanos visitar La Calera, pero las casas de campo vallunas son más espaciosas y con mejor arquitectura, en otras palabras, mucho más bonitas, más espaciosas, con mejores jardines y menos frío.

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La ficción inmobiliaria de Italo Calvino

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Calvino en Nueva York viendo cómo sus pesadillas inmobiliarias tomaban forma. 

«La especulación inmobiliaria» de Italo Calvino data de una fecha específica desde su inicio hasta su conclusión,  que se manifiesta de forma clara al final:  5 de abril de 1956 – 12 de julio de 1957. Por lo tanto, se sitúa en un tiempo específico de la historia — la Italia que se reconstruía de la Post-Guerra—  y un espacio exacto aunque nunca mencionado: La Riviera al norte de Italia, en el pueblo ***. ¿Y por qué nunca se menciona el pueblo? Por dos razones, no simples, pero comprensibles: Uno nunca menciona a quien ama, y tampoco nunca menciona a quien odia, pero tampoco menciona a quien teme. Por esta misma razón, fracasan los que gritan y grafitean: ¡Yo amo a Fulana!; pero por esta misma razón, a algunos políticos detestables se les refiere como los innombrables  y ya, sin necesidad de mención alguna, todos saben  de qué innombrable se trata y por qué no se le nombra. Pero como amor y odio suelen ir juntos, suponemos que el narrador, en este caso, prefirió dejar el nombre en blanco, como quien firma un cheque en blanco, y dejarlo a la imaginación, o falta de imaginación, del lector, y en su caso más próximo, los lectores de Italia, en concreto, los de la Riviera de Italia, y su mala consciencia.

Ya hablamos de tiempo y espacio, como si eso importara, porque el comentario de muchos lectores, haciendo un barrido rápido por Internet, es que a pesar de que la obra se empezara en 1956 y terminara en 1957, sigue siendo vigente y es universal; es decir, que la temática que aborda es la misma ahora como en ese entonces, aquí como allá; y la temática no va más lejos que la del título que precisa en ponernos de una vez en el meollo del asunto: la especulación inmobiliaria. ¿Ha cambiado mucho esta actividad desde ese entonces?  En seguida,  hablaremos del tipo de personajes que aparecen en la obra.

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Andrés Felipe Escovar en Toma el control

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El co-editor de Mil Inviernos, Andrés Felipe Escovar, fue invitado en su calidad de escritor y docente al espacio televisivo Toma el control, de Canal 13, con motivo de un especial de la Feria del Libro, para conversar sobre libros, lectura, y todo lo que se mueve alrededor de esta actividad, que ahora se llama Ecosistema, metáfora que ahora se ha vuelto común después de que Carlos Scolari la usara para abordar el tema de las hipermediaciones.

En este ecosistema, la presentadora Camila Wills era una gaviota que con sus preguntas volaba alrededor de todo el paisaje; Cristian Briceño, la laguna que se comunicaba a través de otro lenguaje y solo se podía hacer entender gracias a los ecos de las aves nocturnas de la traducción; María Osorio, era una danta que por sus años y lento trasegar conocía el paisaje; Juan David Correa, un caballo que se luce con sus cabriolas; y Andrés Felipe Escovar, un león viejo que decide apartarse con la conciencia de que mañana lucirán su cabeza como trofeo: por esto no fue raro que a él fuera el único que no le preguntaran por el futuro, pues se considera una imprudencia preguntar por el futuro a un viejo o a un no-futuro.

Este es pues el episodio de Toma el Control, en donde Andrés Felipe Escovar parecía preguntarse lo mismo que Burroughs: ¿Quién controla el control?

 

Debut y despedida. El primer y único concierto de una banda punk

Los espejos asesinos

 

Juan Gabriel es el Maradona de los maricas, dice. A unos dos o tres metros de él y de mí, Juan Gabriel flota en la pantalla de la rockola: disgrega su voz en la oscuridad del escenario, vestido de azul, como un abogado que, en los ochenta, defendió a una recién divorciada cuando el divorcio conservaba su misterio.

Al final de la canción, Luis se incorpora, introduce otra moneda en la ranura y canturrea que amaneció completico: una completud que se columpia en los estragos de las noches mal trajinadas, el insomnio, el deseo de soñar y el espanto de cada sueño.

Cada tanto entran jovencitos con chaquetas de cuero. Se parecen, en su vestimenta, al gordo que gerencia una librería autodenominada independiente y que queda a un par de cuadras. Compran dulces, o algo para distraer el hambre antes de entrar al Bbar, donde esta noche hay un concierto de bandas de punk.

En la promoción del evento se ha explicitado su insustancialidad y la perspectiva de un comienzo sincronizado con el final: debut y despedida. El Punk es olvidable, las emanaciones de sus guitarras son ventosidades en los transportes públicos: agrias y pasajeras.

Luis, después de quedar completico, pregunta por la hora.  Son las diez y es tiempo de entrar a Bbar. Mientras nos paramos, me confiesa que está nervioso. Nunca antes me lo dijo, ni siquiera en las presentaciones de nuestros libros, en algún cafetín-librería del centro de Bogotá, donde se sentaron lectores que jamás leyeron algo escrito por nosotros y nos increparon por los títulos de lo recién publicado: los hermanos lectores creyentes en el divino talento.

El talento sólo existe cuando se enferma y hay que extirparlo, como el apéndice.

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Sin Excusas. Una reflexión de un escritor de mierda.

escenas junto.jpg Acá voy a hacer lo que mucho escritor de mierda hace y es hablar de lo que ha escrito como una suerte de revelación:

Esta mañana me enteré de un asesinato sicarial que ocurrió en el mismo escenario que me sirvió para escribir un microrrelato llamado: Escenas junto al mall. No es un cuento de ciencia ficción. Estrictamente mucha gente no lo consideraría un «cuento» porque esa gente cree que un «cuento» es donde sucede algo, y en este relato no ocurre prácticamente nada. Pero eso no es lo que me interesa discutir acá, porque esa gente prácticamente ni siquiera me considera escritor entonces no tengo nada qué discutir al respecto sino sobre lo que ocurrió en este escenario en donde hubo un asesinato sicarial y me inspiró a escribir unas dos escenas de tal soledad y locura que lo incluí en Dios conoce sus almas… Hoy cuando escuché la noticia del asesinato sicarial no solo pensé: conozco este sitio, sino escribí sobre este sitio. Y lo interesante, luego pensé, no fue que haya escrito sobre ese sitio, como cualquier otra plazoleta de comidas aburrida de una cadena de supermercados burguesa famosa por sus elevados precios y su target burgués, sino que lo interesante, en todo caso, que podría parecerle interesante a otra persona, es que escribí sobre lo que SE SIENTE ESTAR ALLÍ EN ESA PLAZOLETA DE COMIDAS DE UNA CADENA DE SUPERMERCADOS BURGUESA… esa sensación de tal soledad y locura… entonces, no solo se podría leer en esa historia un acercamiento a esa sensación que impregnó ese lugar para mí, sino quizás, para algunos otros que tal vez pudieron percibir lo mismo en ese sitio; pues no es que haya escrito sobre ese lugar, sino que escribí sobre lo que se siente en ese lugar y fue lo que pensé cuando escuché la noticia del asesinato sicarial: yo escribí no sobre ese lugar sino la sensación de ese lugar; ¿el asesinado estaría sintiendo lo mismo que yo quise escribir en ese relato que para muchos no es un cuento y en fin es una muestra de lo mierda que soy como escritor? ¿Los asesinos pudieron captar esa emisión de soledad y locura que emana en ese punto exacto que me llevó a escribir y publicar un relato en donde no sucede nada? Como ellos sí pusieron acción en ese lugar tan aburrido, y en fin depresivo, ¿son ellos, los sicarios, o el muerto, los verdaderos artistas y yo un farsante?

Acá cierro, y lo más grave, sin excusarme, por haber hecho lo que suele hacer tanto escritor de mierda.

Una escritura que diluye géneros. Entrevista a Sergio Chejfec

Por Andrés Felipe Escovar

La relación de Sergio Chefjec con lo que escribe no es natural: se aleja de la escritura a medida que incurre en ella. A diferencia de otros autores, los entornos académicos no le son hostiles ni los defenestra; es más, muchas de sus cavilaciones emergen en un registro cuya sombra es la prolongación de textos especializados, de modo que las imágenes emanadas de los nódulos textuales tensan el arco de una ficción cuyo eje argumental obvia acciones y tramas.

El escritor argentino vino a Bogotá con ocasión del XLII Congreso del Instituto internacional de Literatura Iberoamericana. Nos reunimos en la universidad Javeriana,  poco antes del inicio del segundo día del evento. Bebimos un café y conversamos.

 

-¿Tienes una idea exacta del momento o del proceso por el cual surgió tu interés por escribir?

-No se trató de un momento sino que fue una derivación en la juventud o la adolescencia. Desde los doce años hasta los dieciocho, tuve un interés marcado por la escritura; la literatura, en general, fue intermitente. Siempre me consideré una especie de escritor un poco tardío; publiqué mi primera novela entrelos  treinta y tres  y treinta y cuatro años… no importa mucho eso pero, comparado con otros autores, creo que fui un poco tardío y se debió a esa situación en que mi interés por la escritura y literatura no fue prematura ni natural.

No provengo de una familia, como es el caso de otros escritores, dotada económicamente ni vinculada a la cultura ni tenía muchos libros en casa. Eso hace que tienda a separar a los escritores que tienen una relación natural con la escrituramientras que hay otros que establecen una especie de combate con la escritura y ello implica una relación con altibajos. Sin hacer un juicio de valor sobre esas dos posiciones, sin querer decir que una vía es más eficaz o mejor que la otra, me parece que es un dato. Yo siento que pertenezco a esa segunda familia.

Comienzo en la adolescencia. Leo, más que literatura, libros de política, de ciencias sociales. Mi juventud pertenece a los setenta:ingreso al secundario en el 72; es una década muy politizada en Argentina y  muy marcada por la dictadura en su segunda mitad.  Para mí, la lectura era teórica de izquierda, de marxismo; leía de una manera absolutamente impune libros que me atraían por el titulo o por el grado de profundidad teórica que podrían prometer pero no porque los entendiera. Creo que eso fue dándome una especie de hábito de la lectura un poco bizarro en el sentido de que hubo cierto aprendizaje estético vinculado con la literatura que yo leía, que no era una literatura literaria sino teórica,y que no pasaba por su valencia estética  sino por su vinculación con los argumentos, con el desarrollo conceptual, con la coherencia con el tema,con el punto de vista. Todo esto me marcó para después elegir la literatura. Para míla literatura es un campo de tensión; tendí a tener, junto a la idea de narración, una nociónun poco ensayística donde las ideas, aunque no pertenezcan al mundo material o de la historia sino a un mundo conceptual, tienen un estatuto similar a otras categorías más naturales para la narración como la intriga, los personajes, el avance… etc.

Yo entroaleer ficción a los 17 años,  con  textos quizá más duros como los de Kafka: algún tipo de literatura europea de menos acción. Kafka para mí fue una especie de ídolo en la adolescencia (lo sigue siendo ahora pero de otra manera). Lo leí en traducciones;  para mí tenía una capacidad de irradiación muy grande porque me sentía compenetrado con esos climas creados en sus libros de personas absolutamente  incomprendidas que están obligadas a vivir en un medio que no les pertenece espiritualmente.

Después quise hacer antropología pero, finalmente, me derivé hacia la carrera de letras en la UBA. Eso, de alguna manera, tuvo que ver con que yo tenía ejercicios narrativos medio privados. No me sentía capacitado para nada ni comprometido con una vocación, que sentía borrosa para mí, y pensé que la literatura era un escenario adecuado porque entendía que no me exigía mucho, me contenía, incluso mis fallos, mis propias fluctuaciones de interés y desinterés. Luego se fueron conformando las cosas y me fui comprometiendo con mi propia escritura; conté con la suerte de encontrar una serie de amigos en Letras con los que tuve una afinidad muy fuerte y siento que ese grupo me ayudó mucho para sostenerme. Además, fui afortunado por tener una formación paralela de la universidad que en ese momento estaba colonizada por la dictadura: tomé cursos privados con Beatriz Sarlo y su manera de leer la literatura fue decisiva porque me enseñó a escribir de una manera a partir de cierta forma de leer el trabajo de los demás. Así que eso fue como una deriva, no marcada por muchos hechos concretos sino una especie de navegación un poco incierta pero que únicamente puedo reconstruir de manera direccional porque hago la mirada desde el presente… seguramente en esos momentos no iba para ningún lado.

Hasta que publico mi tercer libro, ya escrito en Venezuela, que se llama El aire, sentía que  seguir en el campo de la literatura abandonarlo. N o había nada garantizado. Posiblemente por esa relación no natural con la literatura.

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La chica mecánica. Ficción climática monumental. (Reseña)

Esta novela,ambientada en la Tailandia del siglo XXII, contiene todos la variedad de subgéneros  «punk» que se puedan imaginar: steampunk (tecnologías futurísticas a base de carbón y vapor), dieselpunk (artefactos pesados impulsados por motores diesel), biopunk (hackeos biológicos, manipulación de ADN, bancos de semillas) y cyberpunk (grandes sistemas de datos informáticos). Si es por nuevos géneros, también se puede  afirmar indubitablemente que se acopla a lo que Dan Bloom entiende como Cli-Fi, o Climate Fiction, es decir, una historia en donde el cambio climático cumple una función protagónica. Y,  finalmente, cumple todas las prerrogativas necesarias para considerarse una clara distopía política.

Además,  La Chica Mecánica, ópera prima de Paolo Bacigalupi, ha sido merecedora de los principales premios del género: Hugo, Nebula, Locus, Campbell e Ignotus (en España). Arrasadora serie de reconocimientos que ipso facto obliga a detenerse en el análisis de la obra.

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Aunque la portada en español es buena, esta japonesa me parece extraordinaria. 

La historia está contada en un estilo polifónico, muy al estilo de Philip K. Dick, en el que a través de varias líneas paralelas se va desarrollando y entretejiendo una trama más compleja hasta que se cruzan cada una de estas realidades modificando finalmente la inicial para desembocar en un escenario completamente nuevo.

Entonces tenemos la historia de Anderson Lake, ciudadano extranjero que tiene una empresa fachada de desarrollo de muelles percutores cuando en realidad es un agente de una industria de proteínas con intereses en Tailandia; Hock Seng, es su secretario personal, un chino malasio refugiado viviendo al borde de la extradición; está la historia de Emiko, la chica mecánica, que es un neoser, una humanoide modificada genéticamente creada en Japón pero abandonada en Tailandia en donde se le da un uso exclusivamente sexual, pero con una consciencia existencialista de universitaria occidental que no puede con ella; y un oscuro héroe nacionalista, ex campeón de peleas muay thai, llamado Jaidee junto a su malhumorada compañera Kanya.

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