David Lynch fue un soldado alemán que murió en Normandía en 1944

Todo pasó en el desembarco de Normandía hace 76 años. David Lynch tenía 16, era alemán, y recordaba el llanto de su madre tras la despedida. Él lo soñó anoche y lo contó en su habitual informe sobre el clima desde Los Ángeles . Recordé mi propio sueño, quizá tan azul como el reflejo de Lynch, o su fantasma, duplicado en la grabación: yo tenía una familia; mi esposa – a la que no conozco o que no tiene rostro y no identifico con nadie-, luego de una jornada de trabajo, regresó y estuvo a solas con mi hijo mientras yo hacía otra cosa en algún lado de la casa.

Ella, después de un rato – si es que ese después existe en los sueños- me reclamó : ¿te masturbaste al frente de él? Yo no le contesté: intenté descifrar si lo había hecho pero todo se difuminó como en otro sueño que hubiese acaecido dentro del sueño; después me pregunté cómo un niño de unos cuatro años ya se masturbaba e intenté recordar el momento inaugural o mi novela familiar en torno a las pajas. ¿Acaso embaracé a mi esposa en virtud de alguna red de afectos y telepatía en donde mis eyaculaciones solitarias sirvieron para embarazarla?

Hubiera querido soñar con un desembarco y con mi muerte pero el que murió, al menos un poco, fue mi hijo. También nació el germen de mi divorcio.

Continuar después del desastre

Reseña sobre El arca de Gokú del poeta colombiano Zeuxis Vargas

Por Juan Sebastián Sánchez

Comencé a leer el Arca de Gukú del escritor, editor y gestor cultural Zeuxis Vargas, y encontré un libro con temática sostenida. En cada poema existe la revelación, la mística de un milagro nuevo. Como sabemos, la literatura y sobretodo la poesía es de riesgos, de reinvenciones, de un constante juego con el lenguaje y con el silencio.

     No es fácil asumir la responsabilidad social y literaria de ser poeta, pero Zeuxis decidió (como muchos otros en la historia) cargar con ese riesgo. Apela al desarraigo, a la soledad y a la incomprensión que tienen los poetas.

     En el Arca de Gokú encontramos de manera profunda un dialogo permanente entre el poeta y los personajes del cine y la mitología: Alf, El correcaminos, Los Thundercats, Hércules, Argos, Ulises y otros que de alguna forma son parte del imaginario colectivo de una generación. Y es precisamente en este imaginario colectivo donde el poeta crea cosmogonías regidas por leyes ajenas a nuestra realidad. 

     Existe un intento de ruptura en la temática del Arca de Gukú que es consecuente y necesaria frente a la monotonía, el desgano y el pesimismo que se volvió moda, religión o merchandising del escritor y del poeta de nuestro tiempo. El libro tiene tres movimientos: Entrañable santoral, Elegías de los maestros olvidados y Ningún casco en el suelo, este último, se divide en cuatro ecos: Recursión o de la identidad, Dogma o del amor, Dialelo o de la libertad y Cascos en el aire, en cada uno habita un lenguaje que busca una identidad propia, un decir, un vínculo entre nuestro tiempo, el poeta y sus lectores.

     Estamos ante una sociedad donde no existe la certeza; en la Edad Media podíamos tener la explicación judeo-cristiana para justificar los fenómenos propios de la existencia y la no existencia. No había que abocarse en buscar la verdad porque la verdad estaba justificada en una palabra: Dios. Ahora, existe la angustia de abandono ante una no certeza: no hay una verdad, sino un sinnúmero de verdades que genera una falta de identidad propia tanto en el individuo como en la sociedad. Es en este punto donde el poeta, a través de su lenguaje intenta crear no una verdad universal, sino una verdad vital.

Dame el secreto para vivir sin angustias

y poder decir:

¡No hay problema.

     Entrañable santoral constituye la necesidad del poeta por redefinir y redescubrir su infancia: dibujos animados y personajes de carne y hueso que forman parte esencial de su imaginario, a través del lenguaje poético que permite asumir los fantasmas que aún nos habitan.

Ser poeta; un sueño que para muchos en la infancia decirlo o pensarlo tiene un aire romántico, creemos que con la palabra vamos a restaurar el equilibrio universal. Pasa el tiempo y el sueño romántico se convierte en un acto subversivo el cual tiene una carga demasiado pesada para hombres comunes. Este podría ser el mensaje del primer poema de Elegías de los maestros olvidados. Zeuxis asume una postura de reflexión y asombro a través de los personajes mitológicos.

     Ítaca ha sido motivo de inspiración de poetas y escritores, quizá porque como lo develó Cavafis, no importa Ítaca sino el trayecto: las aventuras, lugares y sitios descubiertos mientras. Una metáfora entre la vida y la muerte, entre quien abandona y retorna al origen: Ulises representa a todos los hombres del pasado, presente y futuro. Pero tomando la idea metafórica de pensar que Ítaca es origen y retorno, el hombre representa algo indeseado dentro del equilibrio de la vida: un usurpador.

Ulises delira y rompe las amarras.

Un usurpador

fue el que regresó a Ítaca.

     Con su humor agudo se convirtió en referente para entender a través de la risa la realidad de América Latina. Dicen que tu fantasma sigue asustando/ en el hotel/ donde eres/ un simpe caballo de apuestas. En estas líneas no solo podemos pensar en Cantinflas, sino en todos nosotros como seres invisibles habitando lo invisible.

Yo te llevaré para siempre en esta limosina blanca como un ataúd, / mientras mis ojos te desnudan por el espejo retrovisor, el poema tiene no sólo responsabilidad literaria sino una responsabilidad social. Hablar sobre el comercio del cuerpo para obtener beneficios o escalar ―de forma rápida―, la escala social, es algo que rara vez se aborda en la poesía. Estamos sumidos en una sociedad donde el «sujeto» y la poesía son objetos de cambio. Es esta la reflexión que propone el poeta: romper ataduras a través de la palabra.

     El poemario permite un recorrido por distintos ecos que nos lleva a conocer personajes mitológicos y también héroes del cine y de la televisión. Zeuxis, al igual que el Noé bíblico reúne en su arca lo que considera necesario para continuar después del desastre.

Link para descarga directa del poemario:

https://eltallerblancoed.files.wordpress.com/2020/05/el-arca-de-gokc3ba-1-1.pdf?fbclid=IwAR2jWswEUyaU7XINJqWjP9zQ6wFwU8TCMVRqv7_4i_B9AYdaNnU6slKwskM

La Viuda Isamar: por Favían Omar Estrada V.

La viuda Isamar

Favián Omar Estrada Vergel

 

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  1. La tragedia

Después de intensas batallas traficando en el abismo del dinero rápido, rodeados de fiestas, joyas, obras de arte, plumas de garza, animales exóticos, etc., decidimos volver al país para quedar lejos de unos enemigos, en extremo peligrosos, que ganó mi esposo Yasar al liquidar a un naviero egipcio en unos confusos acontecimientos, cuyos detalles describiré fundamentada en la ligera versión de mi marido, porque, con toda honestidad, sólo los conozco en parte, y —haya sido o no en su propia defensa— sucedió para desgracia nuestra.

Era ese fulano marinero un socio ocasional de una de tantas correrías arriesgadas, quien intentara un día a punto de zarpar asesinarnos para quedarse para él solo el cretino con un botín de joyas con destino al mercado negro de Singapur (obviamente eran robadas). El día anterior a los hechos, en el puerto, en algún corrillo de marineros ebrios, un comentario fortuito que hizo otro navegante pudo intrigar a tiempo a Yasar, que no era ningún pendejo. Se dio cuenta de que el socio traidor, habiendo perdido bastante en los naipes, dejó en prenda de garantía su embarcación a otro salvaje de éstos. No sé cuánto fue la suma, o no lo recuerdo, pero sí que debía saldarla con término perentorio. Decidió mi esposo, por simple malicia, llevarme a otro refugio y aguardarlo en la oscuridad material del camarote donde dormíamos. 

Aproximándose la medianoche —según Yasar—, estando él agazapado aguaitando en un oscuro rincón, oyó el quejido oxidado de los goznes: la puerta del lugar se entreabrió, sin duda era el egipcio que entraba. No quitaba mi esposo los ojos de aquella entrada y lo reconoció de inmediato por el olor de sus carnes a perro triste y su silueta desvaída de zancajoso ebrio. Oyó luego el chirrido de las alguazas del baúl y por el trasegar lo imaginó escarbando a fondo, hasta cuando cesó el remolino y la tapa de cedro cerró de golpe. El botín, a buen tiempo sustituido por joyas postizas de cristal de viejas botellas, flotaba ahora en las manos ladronas. Yasar sostenía la respiración rastreando los movimientos burdos del maldito, que iba caminando sigiloso en dirección al lecho nuestro, luego su silueta alzaba un puñal y, frecuentemente, lo enterraba y volvía a sacar, energúmeno y funesto como un diablo, contra el frío cadáver de un cordero de buen tamaño acomodado adrede bajo las mantas que yo más amaba. El naviero, agotado e inquieto ante tanta frialdad junta, retiró la cobija y descubrió el montaje, de cuya imagen pudo comprender un poco menos que nada porque las peludas y fuertes manos de Yasar, a modo de tenazas de acero, pasaron una delgada cuerda alrededor de su cuello: la asfixia le disipó las imágenes y las tinieblas del cuarto se le refundieron, acaso, con las del infierno.

Debimos huir para librarnos de una muerte cantada por cuenta de la familia del difunto, dispuesta a vengarlo al precio que fuere. Debieron de buscar sin ceder al cansancio hasta en los últimos rincones de la ciudad, pero mi marido y yo habíamos embarcado en otro navío con rumbo fijo a ninguna parte. En todo caso, atracamos en España donde permanecimos hasta cuando el agobio de la clandestinidad nos enfermó y decidimos, disfrazados de menesterosos, regresar hacia Cartagena de Indias a buscar un nuevo refugio. Estuvimos viviendo un buen tiempo en casa de un juglar amigo, donde disfrutamos de grandes parrandas y con amistades sinceras, pero fuimos enterados de la presencia de extraños, merodeando.

Anduvimos a manera de peregrinos por otros pueblos y ciudades cercanas, donde unas veces éramos gitanos videntes y, otras, vendedores de libros. Sin duda la Costa Atlántica no era lo mejor porque el mar nos mantendría cerca de nuestros enemigos. Muy pronto estuvo Yasar intensamente agotado de sobresaltos y escondrijos, sobre todo de arrastrar de un lugar para otro, camuflada en seis costales de fique, una fortuna peligrosa que quieres gastar y no puedes.

Inventar un lugar tierra adentro, ausente de la vida ruidosa, fue la primera ocurrencia en la exploración de lo deseado. Recorrido medio país de acá y medio de allá por rutas inclementes y trochas imaginarias (en barcos de vapor o automóviles), atravesados caños de lodo y ríos encantados e infestados de cuanta bestezuela pare la tierra (en embarcaciones de aborígenes) y, por último, sumergidos en montes intrincados sobreviviendo al asedio pernicioso de fiebres caniculares (sobre incómodos lomos de mulas), descubrimos el imponente océano de las llanuras orientales: un paraíso de pampas radiantes tal como las habíamos imaginado juntos en nuestros sueños, construidos con retazos de las historias desdibujadas de los traficantes italianos.

Arribamos a una población de aire arcano y legendario, en medio de la geografía fronteriza de dos países. Confieso que me costó —no sólo tiempo sino también esfuerzo— entender a cuál pertenecía, y sólo lo vine a saber porque Yasar, con la indulgencia de un sabio maestro de escuela, me lo señaló por tanteo y error en un mapa, diciéndome está aquí de este lado, y lo marcaba con el dedo en el atlas, y yo le decía: parece de allá. Él reía estallado y decía luego: parece de ninguno. Por eso creyó que nunca iban a encontrarnos. Yasar estaba enamorado hasta del oxígeno que respiraba, y, en lo que a mí concierne, parecía un sueño cumplido: era el lugar fastuoso y perfecto donde tendríamos seis hijos y viviríamos felices para siempre. Así que, con las alforjas llenas de oro y joyas, llegamos negociando fanegadas de tierras y ganados que en poco tiempo vimos reproducir igual que el pasto verde en las praderas fértiles. Mi astuto marido combinó la ganadería con la extracción de pieles, mieles, aceite de palo de copaiba, caucho y plumas de garza, que luego intercambiaba por oro y mercaderías que revendía multiplicando por mil. Hizo construir en el pueblo llanero una mansión amplia y ostentosa, sujeta a mis caprichos, y una estancia cómoda en la hacienda, y ordenó el arreglo de la escuela y la iglesia, con lo que se ganó el aprecio de la gente del lugar.

Pero contrario a todo deseo, el pueblo en realidad estuvo lejos de ser el remanso soñado. Una mañana, con las primeras luces del alba, mientras retozábamos dichosos y desnudos en la cama con una de nuestras amantes compartidas, advertimos los golpes del aldabón sobre el portón. Una sirvienta asomó con el recado de que requerían a Yasar, y él bajó. Jamás desatendía sus negocios ni hacía esperar a ninguno mucho tiempo, así fuera para atender al más insignificante de los hombres. Bajaba siempre a saltos con el arma en el pantalón, pero esa vez no lo hizo, imagino que por un asalto de abandono y confianza, porque sólo llevaba encima el quimono sedoso de levantarse. Desde la bañera oí el alboroto de la discusión y una detonación fuerte y seca que creó un eco lánguido durante unos segundos.

 Desorientada, ansiosa y aturdida corrí escalera abajo. Recuerdo que me torcí un tobillo y caí rodando los dos últimos escalones, alcé la cara y reconocí a Yasar como una sombra a los pies del criminal, cuyo vistazo terrible de insolentes ojos amarillos me envolvía toda. Jamás podré olvidar su perfil de rata inconfundible. Yasar tenía la quijada desviada, en su boca había una mezcla de saliva y sangre escanciada amenazando escurrirse en cualquier instante. Su cuerpo grande yacía sobre una mancha roja, caliente y espesa igual que una jalea. No murió de inmediato, ésa fue la peor parte. El plomo en la cabeza le deshizo una oreja, le desbarató cierta parte del cráneo y le dejó un agujero como una boca gritando por donde entró mi mano asustada tratando de evitarle la hemorragia, quedando mi esposo vegetativo y avejentado, hasta que una tarde distante la muerte se lo cargó marchito y encogido, semejante a un muñeco de trapo.

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Una tarde nocturna de Ciencia Ficción en Twin Peaks

Uno termina de leer 1984 y queda con ganas de morir: eso es lo que ha dicho Luis en medio de una tarde, cualquier tarde de pandemia en Twin Peaks mientras algo acecha. Luis se vistió con sus mejores galas y, a medida que se adentró en la oscuridad, empezó a quitarse la ropa. Y, con cada prenda perdida, él reflotaba en la atmósfera del lugar desde el que habló. Aludió al amor, nuestro amor, el amor de todos; refirió a la escuela de Frankfurt y, sobretodo, a la tristeza.

Dankeschön, herr Florian Schneider.

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Wird Sind die Roboter
We are the robots
Somos los robots.
MUSIC NON STOP 
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Robots de la música electrónica, la ciencia ficción, robótica y futuro, despedimos a un precursor: Florian Schneider de la icónica banda alemana Kraftwerk, y proyectos solitarios.

CARMEN LUZARDO, por Umberto Amaya Luzardo

CARMEN LUZARDO

POR:

UMBERTO AMAYA LUZARDO 

 

―Ah,  eso era lo que te quería contar―

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Paso del Cometa Halley en 1910

Cuando saqué los papeles por segunda vez. En ese tiempo yo trabajaba en una escuelita que quedaba a la salida  del pueblo que era también la entrada, porque cuando eso este pueblo era tan pequeño que se entraba  y se salía por el mismo caminito. Yo ya los tenía, pero no sé si fue que los boté, o que los dejé tirados por ahí en cualquier parte, porque en ese tiempo aquí no se perdía nada y lo que se perdía aparecía otra vez

Yo paso a creer que fue que se me quemaron una vez que se me quemó la casa. Fíjese, la casa prendida y yo salgo a la calle toda asustada y pidiendo auxilio y al frente estaban un poco de soldados parados ahí,  y yo grite y grite y ellos quieticos sin moverse y me da esa rabia y les grito:

―Carajos!  ¿Qué hacen ahí parados firmes, sino no son firmes para nada, acaso no los tienen para que defiendan a Colombia?

―Mi casa también es Colombia vayan y la defienden de las llamas―

Ahí sí fueron, hicieron lo que pudieron y al otro día me llamó el comandante y me dijo:

―Profesora, usted nos ha dado una buena lección―

A mí me dio un poquito de pena pero es verdad:

 ―Mi casa también es Colombia―

Tú sabes que los borrachos y los niños lo andan contando todo y una mañana me llegaron con el cuento:

―Profesora llegaron los señores que venden las cédulas―

Cuando terminé las clases me fui para el parque y allá los vi, eran tres: el cedulador, el fotógrafo y el otro, el que le marca a uno los dedos untándoselos  de negro humo con manteca.  Eran rojitos como un tomate, se les notaba que venían de Bogotá, porque estaban todos sofocados por el calor y eso no era más que  saque el pañuelo y séquense la cara, ventílense el pecho y no acaban de doblar el pañuelo y de guardarlo, cuando ya estaban otra vez sacándolo para volver a pasárselo, y yo pensé para mis adentros:

―El marrano no conoce y además tiene casquera― Era que se les notaba que venían de tierra fría; entonces,  me dije: ―Mañana le voy a echar una mentira a estos guates para que me den los papeles sin tanta averiguadera―

Yo ya era una vieja, tenía como cuarenta y nueve años y nunca me había maquillado porque esa vaina no me gusta; pero al otro día sí,  madrugué a pintarme la boca, me empolvé los cachetes, me pinté un lunar, me di un baño de tienda y me arreglé bien como una sabanerita pura con alpargatas y todo lo demás. Saqué un vestido que nunca me lo ponía porque le tenía mucha rabia porque era muy feo, carmelito con pepas verdes y cuello verde también; pero ese día si me lo puse y me fui abuscar  a esos carajos.

Allá estaban en el parque, los vi desde lejos y yo llevaba un pollo debajo del brazo  y era verdad que iba para donde mi comadre a devolvérselo porque se lo debía. Me le acerqué al más barrigoncito de los tres y le pregunté:

―Mire señor ¿Usted es el que anda vendiendo la cédula?

Y el otro,  ahí  mismo me dijo,  con aire de patrón:

 

— ¿Y a usted quién le dijo que nosotros andamos vendiendo la cédula?

―Por allá en la sabana andan diciendo eso, y que ustedes que la vendían. Entonces yo me traje cinco pollos pa´ comprarla, pero como yo vivo  tan lejos y este pedazo de burro que cargo  no le rinde nada, entonces, se me murieron unos  por el camino y este que llevo aquí no se lo puedo dar, porque es para pagarle un jabón que mi comadre me va a dar para llevar para la sabana y ella no me va a dar plata, sino jabón. Si es que yo no soy de aquí, yo vengo de por allá, desde el Padre, eso que ahora llaman Rondón.

―Señora la cédula no se vende, se le da gratis a los ciudadanos―

―Bueno, entonces ¿Qué tengo yo que decí pa´que me la den?

―Primero la fecha de nacimiento―

— ¿Qué cuándo nací?

―Espere un poquito― y empecé a contar en los dedos de una mano: “Uno,  dos tres, cuatro, cinco, y después en la otra: seis, siete, ocho, nueve, diez.

―Ah sí,  yo nací en mil novecientos diez. Cuando yo ya estaba  durita mi mamá me contó que yo había nacido en ese año y que cuando eso pasó una estrella grandota  con un rabo de candela  bien largo y la gente andaba asustada porque decían que el mundo se iba a acabar, pero al fin no pasó nada. Esa vez también me contó que yo tenía raza de los  Luzardos y era enrazada con los Machados.

―Oiga doña, siéntese aquí para tomarle la foto―me dijo el fotógrafo que también estaba doblando y desdoblando el pañuelo a cada ratico.

Yo me senté y cuando el otro ya me iba a tomar la foto le grité;

―Espere, espere  ¿No será que el pollo sale también retratado?

 ―Yo mejor lo pongo en el suelo― lo puse en el suelo, lo apreté con las piernas y le dije: ―Ajá, ahora sí.

―Ahora firme aquí― me dijo el cedulador

¿Firmar, que vaina es esa?

―Firmar es escribir su nombre― me dijo el otro

¿Escribí mi nombre?

¿No será mejor: Pintá mi nombre?

―Ah, eso sí se yo, y palo que me dio mi  mama pa´quelo pintara bonito.

El carajo se había tragado el cuento,  y como a los dos días que ya habían terminado de cedular y andaban por ahí paseando, pasaron por la escuela y yo tan pronto los vi salí corriendo y me tranqué en el baño hasta que ya iban bien lejos; y como a los tres meses me llegó la cédula nueva.

―Mírela, ¿No está viendo que ahí se le miran las pepas y el cuello de otro color al vestido?

―Y mire esos ojos que parece que le estuviera dando un beso a la angustia de la mentirota que le eché a los guates.

Umberto Amaya Luzardo (2020) 

Adiós a John Horton Conway

Aislamiento. Aislamiento. 

Un monumento al Dr. Conway en el estilo del juego de la vida. Crédito … xkcd:

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Aislamiento y sobrepoblación: dos reglas básicas para morir en el juego de la vida, y para reproducirse asimismo.

John Horton Conway :

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Replicó los patrones caóticos de la vida en un juego rudimentario bidimensional pero mucha gente considera que realmente creó vida vida artificial… en ese sentido, extrapolando, nosotros seríamos producto de un matemático similar a Conway que hizo los patrones de vida en un entorno 3d .  Nuestra vida no se diferencia de la vida artificial, o mejor dicho, esto es lo que suponen los que creen que vivimos en un simulador.

Inventor del JUEGO DE LA VIDA…. pionero de la informática y la VIDA ARTIFICIAL…  y por supuesto, de la inteligencia artificial y su influencia en  las media arts…. … esto también ha tenido por supuesto repercusión en la literatura digital y la visualización de datos…

Conway al final de su vida ya no odiaba que se le relacionara exclusivamente con el famoso juego de la vida, por esta razón en el siguiente video se detiene a explicar en qué consiste su elemental y famoso juego:

Además del juego de la vida, Conway que fue calificado como un «genio mágico», por el matemático de Princeton Dr. Simon Kochen, también creo otros como el Sprout y el Brussels sprouts, explicados en detalle por Fernando Blasco en su artículo para abc: https://www.abc.es/ciencia/abci-homenaje-matematico-john-horton-conway-fallecido-coronavirus-202004200129_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F  

 

Gracias, Dr. Conway.

 

 

Haré la necrológica de Rubem Fonseca

Nacido hace buen tiempo atrás, muerto el año de la pandemia 2020 no por el coronavirus, recuerdo que Rubem Fonseca era el puto amo del género policíaco y género negro en los 90. Todos lo leíamos, los que escribían querían ser como él. Mito del encierro, en una época en que a la gente no le tocaba estar encerrada, al nivel de autores reclusos como Thomas Pynchon y Dalton Trevisan, se resistió a hacer de su vida privada un espectáculo. Una década después pocos lo recordaban y dos décadas después si apenas aparece como uno de esos autores que si le preguntas a la nueva generación apenas reconocen de los que no ganaron el Nobel.

El abogado criminalista Mandrake y el policía retirado Vilela, se despiden de su artífice. Nosotros, los lectores de otra generación, también nos despedimos de un maestro.

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Un relato corto. Por Augusto Orta

Cuerpo desnudo de la bruja vieja. Goya

La conocí en un putero. Su familia había muerto en la pandemia del Corona Virus. Aduce que cortaría el frágil hilo de su existir, pero no se anima. Y Sobrevive en lo de un chulo; que en el fondo no es mal tipo, le interesa su parte del negocio. El sexo constante y sonante palía la ausencia de cariño. Duerme exahusta, como nunca pudo el tiempo que duró la agónica muerte de sus dos niños y un esposo ejemplar. Le rogué que se venga conmigo, que tengo un lugar separado del mundo con una huerta orgánica. Que nos autoabasteceríamos.

No soy su tipo, responde lagrimeando sobre una sábana endurecida por el semen, mientras tanto acelero el ritmo ya que mi tiempo está por acabar. Me despido, es jueves 23 de octubre del año 2025. Tengo un pase para circular libremente, ir al casino, ser juez de buena fe en transacciones de alto nivel, etcétera. Fue muy drástico ver como la población mundial disminuyó dos tercios. La verdad es que a esa altura a nadie le importaba seguir muerto o seguir vivo. Seguían.

Pascua en Nueva York. Por Blaise Cendrars

Traducido por Tamym Maulén

Señor, hoy es el día de tu Nombre,

Leí en un viejo libro la gesta de tu Pasión,

Y tu angustia y tus esfuerzos y tus buenas palabras

Que lloran en el libro, dulcemente monótonas.

Un viejo monje me contó de tu muerte.

Trazaba tu historia con letras de oro

En un misal, colocado en sus rodillas.

Trabajaba duro inspirándose en Ti.

Protegido en el altar, sentado con su hábito blanco,

Trabajaba lentamente de lunes a domingo.

Las horas se detuvieron en el umbral de su retiro.

Él, se olvidó de todo, inclinado sobre tu retrato.

En vísperas, cuando las campanas sonaban en la torre,

El buen hermano ignoraba si era su amor

O si era el Tuyo, Señor, o tu Padre,

Quien golpeaba fuerte las puertas del monasterio.

Yo soy como ese buen monje, esta noche estoy inquieto.

En la habitación de al lado, un ser triste y mudo

Espera tras la puerta, ¡espera que yo llame!

Eres Tú, es Dios, soy yo; es el Eterno.

No te conocí entonces ni ahora.

Nunca oré cuando niño.

Sin embargo, esta noche pienso en Ti con terror.

Mi alma es una viuda en duelo al pie de tu Cruz;

Mi alma es una viuda de negro, es tu Madre

Sin lágrimas ni esperanza, como la pintó Carrière.

Conozco todos los Cristos que cuelgan en los museos;

Pero esta noche, Señor, Tú caminas a mi lado.

Desciendo rápidamente hacia la parte baja de la ciudad,

la espalda encorvada, el corazón apretado, el espíritu afiebrado.

Tu costado abierto es como un gran sol

Y alrededor tus manos palpitan de chispas.

Las ventanas de las casas están llenas de sangre

Y las mujeres, detrás, son como flores de sangre,

Extrañas flores mustias y feas, orquídeas,

Cálices derramados y abiertos sobre tus tres heridas.

Ellas nunca bebieron tu sangre recogida.

Ellas tienen rouge en los labios y encajes en el culo.

Las flores de la Pasión son blancas, como cirios,

Son las flores más suaves en el Jardín de la Buena Virgen.

En esta hora, hacia la hora novena,

Cuando tu cabeza, Señor, cayó sobre tu Corazón,

Estoy sentado al borde del océano

Y recuerdo un cántico alemán,

Que dice, con palabras muy suaves, muy simples, muy puras,

La belleza de tu Cara en la tortura.

En una iglesia, en Siena, en un panteón,

Vi la misma Cara, en el muro, bajo una cortina.

Y en una eremita, en Bourrié-Wladislasz,

Estaba repleta de oro en un relicario.

Turbias piedras preciosas están en el lugar de los ojos

Y los campesinos, de rodillas, besan Tus ojos.

En el pañuelo de Verónica, Ella está impresa

Y por eso Santa Verónica es Tu santa.

Es la mejor reliquia que camina por los campos,

Ella cura a todos los enfermos, a todos los malvados.

Ella todavía hace otros mil y mil milagros,

Pero nunca he asistido a ese espectáculo.

Quizá me falte la fe, Señor, y la bondad,

Para ver esa irradiación de tu Belleza.

Sin embargo, Señor, hice un peligroso viaje

Para contemplar en un berilo el tallado de tu imagen.

Haz, Señor, que mi rostro apoyado en las manos

Deje caer en la máscara de angustia que me oprime.

Haz, Señor, que mis dos manos apoyadas sobre mi boca

No laman la espuma de una feroz desesperación.

Estoy triste y enfermo. Quizá por Ti,

Quizá por otro. Quizá por Ti.

Señor, la multitud de pobres para quienes hiciste el Sacrificio

Esta aquí, encerrada, amontonada, como ganado, en los hospicios.

De los horizontes vienen inmensos barcos negros

Y los desembarcan, revueltos, sobre los pontones.

Hay italianos, griegos, españoles,

Rusos, búlgaros, persas, mongoles.

Son bestias de circo que saltan los meridianos.

Les arrojan un pedazo de carne negra, como a los perros.

Esta sucia miseria es su propia felicidad.

Señor, ten piedad de las personas que sufren.

Señor, en los ghetos rebosa la turba de los judíos

Vienen de Polonia y son todos fugitivos.

Bien lo sé, esos judíos te han procesado;

Pero te aseguro, no son del todo malos.

Están en sus tiendas bajo lámparas de cobre,

Venden ropa vieja, armas y libros.

A Rembrandt le encantaba pintarlos en sus harapos.

Esta noche yo he regateado un microscopio.

¡Ay! Señor, ¡ya no estarás aquí, después de Pascua!

Señor, ten piedad de los judíos en las barracas.

Señor, las humildes mujeres que te acompañaron al Gólgota

Se ocultan. Al fondo de los tugurios, en inmundos sofás.

Están contaminadas por la miseria de los hombres.

Los perros les royeron los huesos, y en el ron

esconden su vicio endurecido que las corroe.

Yo desfallezco, Señor, cuando una de esas mujeres me habla.

Querría ser Tú para amar a las prostitutas.

Señor, ten piedad de las prostitutas.

Señor, estoy en el barrio de los ladrones buenos,

De los vagabundos, de los matones, de los encubridores.

Pienso en los dos ladrones que estuvieron contigo en el Suplicio,

Sé que te dignabas sonreír ante su mala suerte.

Señor, uno quisiera tener una cuerda con un nudo en la punta

Pero la cuerda no es gratis, cuesta veinte centavos.

Este viejo bandido razonaba como un filósofo.

Yo le di opio para que fuera más rápido al paraíso.

También pienso en los músicos callejeros.

En el violinista ciego, en el manco que toca el órgano de madera,

En la cantante con sombrero de paja y rosas de papel;

Sé que son ellos quienes cantan durante la eternidad.

Señor, dales una limosna, no el resplandor de los faroles,

Señor, dales un limosna de muchos centavos.

Señor, cuando tú moriste, la cortina se rasgó,

Nadie dijo lo que se vio detrás.

De noche, la calle es como una desgarradura,

Llena de oro y sangre, de fuego y cáscaras.

Aquéllos que expulsaste del templo con tu látigo

Flagelan a los transeúntes con un montón de fechorías.

La estrella que desapareció entonces del tabernáculo,

Arde sobre los muros en la cruda luz de los espectáculos.

Señor, el Banco iluminado es como una caja fuerte,

Donde se coaguló la Sangre de tu muerte.

Las calles están desiertas y se vuelven más negras.

Yo me tambaleo como un borracho en las veredas.

Tengo miedo de las grandes sombras que proyectan las casas.

Tengo miedo. Alguien me sigue. No me atrevo a girar la cabeza.

Un paso que cojea y cojea se acerca más y más.

Tengo miedo. Estoy mareado. Y me detengo a propósito.

Un espantoso personaje me lanzó una mirada

Aguda, luego pasó, malo, como un puñal.

Señor, nada ha cambiado desde que ya no eres Rey.

El Mal se ha hecho una muleta con tu Cruz.

Desciendo los malos escalones de un café

Y heme aquí, sentado, ante un vaso de té.

Estoy entre los chinos, quienes están de espaldas.

Sonríen, se agachan, y son atentos como figuritas de porcelana.

El negocio es pequeño, pintado de rojo,

Y curiosos cromos están enmarcados en bambú.

Hokusai pintó los cien aspectos de una montaña,

¿Cómo sería tu Cara pintada por un chino?

Esta última idea, Señor, primero me hizo sonreír.

Te veía en perspectiva en tu martirio.

Pero el pintor, sin embargo, habría pintado tu tormento

Con más crueldad que nuestros pintores occidentales.

Cuchillas contorneadas habrían aserrado tus carnes,

Alicates y pinzas habrían estriado tus nervios.

Te habrían pasado un collar por el cuello,

Te habrían sacado las uñas y los dientes,

Inmensos dragones negros se habrían arrojado sobre Ti,

Y te hubieran soplado llamas en el cuello,

Te habrían arrancado la lengua y los ojos,

Te habrían empalado en una estaca.

Así, Señor, hubieras sufrido la total infamia,

Porque no hay postura más cruel.

Luego, te habrían lanzado a los chanchos

Quienes te habrían roído el vientre y las tripas.

Ahora estoy sólo, los otros salieron,

Me puse sobre un banco contra el muro.

Hubiera querido entrar, Señor, en una iglesia;

Pero no hay campanas, Señor, en esta ciudad.

Pienso en las campanas mudas: ¿dónde están las antiguas campanas?

¿Dónde las letanías y las dulces antífonas?

¿Dónde están los largos oficios y dónde los bellos cánticos?

¿Dónde están las liturgias y las músicas?

¿Dónde están tus orgullosos prelados, Señor, dónde tus monjas?

¿Dónde el alba blanca, el amito de las Santas y Santos?

La alegría del Paraíso se ahoga en el polvo,

Los fuegos místicos ya no centellean en los vitrales.

El alba tarda en llegar, y en los estrechos pasajes

Sombras crucificadas agonizan en las paredes.

Es como un Gólgota de noche en un espejo

Al que se ve temblar en rojo sobre negro.

El humo, bajo la lámpara, es como un paño desteñido

Que gira, retorcido, alrededor de tus riñones.

Por encima, la lámpara pálida está suspendida,

Como tu Cabeza, triste y muerta y sin sangre.

Insólitos reflejos palpitan sobre los vidrios…

Tengo miedo y estoy triste, Señor, de estar tan triste.

“Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?”

-La luz que se estremece, humilde en la mañana.

“Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?”

-La blancura angustiada palpitando como las manos.

“Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?”

-El augurio de la primavera agitando mi pecho.

Señor, el alba apareció fría como un sudario

Y puso al descubierto los rascacielos en el aire.

Ya resuena un ruido inmenso sobre la ciudad.

Ya los trenes saltan, retumban y pasan.

El metro rueda y ruge bajo tierra.

Los puentes son sacudidos por los vagones.

La ciudad tiembla. Gritos, fuego y humaredas,

Sirenas a vapor roncan como gritos.

Una multitud afiebrada por los sudores del oro

Se empuja y corre por los largos pasillos.

Turbio, en el desorden de los tejados,

El sol es tu Cara manchada por los escupos.

Señor, vuelvo a casa cansado, solo y muy triste…

Mi habitación está vacía como una tumba…

Señor, estoy muy solo y tengo fiebre…

Mi cama está fría como un ataúd…

Señor, cierro los ojos y aprieto los dientes…

Estoy demasiado solo. Tengo frío. Te llamo…

Cien mil trompos giran ante mis ojos…

No, cien mil mujeres… No, cien mil violonchelos…

Pienso, Señor, en mis horas desdichadas…

Pienso, Señor, en mis horas pasadas…

Ya no pienso en Ti. Ya no pienso en Ti.

Nueva York, Abril de 1912.