Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Terapias de sangre, dolor y tinta

15/7/2022. Barcelona. El interminable infierno veraniego trae consigo malos recuerdos del sopor caribeño, sobre todo julio y agosto han resultado imposibles para escribir. Pareciera que esta ciudad no está diseñada para soportar el verano, con excepción de los enfriados cuartos de hotel. Por lo menos el calor no ha sido un obstáculo para leer, explorar música nueva, pintar abstracciones y organizar archivos fotográficos. También me permitió retomar las postergadas sesiones terapéuticas de sangre, dolor y tinta, en la que se aplican los mismos principio del Jiu-jitsu: mientras estás en ello te olvidas del mundo exterior, y cuando acabas, las angustias y problemas resultan insignificantes. Tanto la lucha a muerte en el Jiu-jitsu, como las agujas rompiendo e inyectando tinta en la epidermis, te hacen apreciar la vida. Y los que se atrevan a tildarnos de sádicos o masoquistas quizás deberían pensar en los dolores emocionales que producen los desengaños amorosos, porque ¿acaso no es masoquismo colectivo el que millones de personas estén obsesionadas con la idea de saltar de un amor a otro? Si me permiten revirar, me parece más masoquista no afrontar las verdades que revelan la soledad, el silencio, o las terapias de sangre, dolor y tinta.

Lo resume bien el anuncio de una elegante barbería cerca de Plaza Urquinaona: «Un corte de cabello es más barato que ir a terapia». Se aplica el mismo principio para los tatuajes, que además son un recordatorio permanente del valor de nuestra individualidad en medio de sociedades que uniforman, etiquetan, y reducen al vasallaje. Para mí, la terapia de sangre, dolor y tinta es una manera de espabilarse, de sacudirse el conformismo, la monotonía, las ideas fijas y los dogmas. En todos los tatuados existe la convicción de que la tinta reafirma nuestros principios, creencias, además de subvertir lo que reprimimos. La tinta transcribe nuestra personalidad a la piel, por eso asusta a los que se enmascaran tras la piel limpia.

En personaje encarnado por Jack Nicholson en Easy Rider lo expresó mejor: «No les tienen miedo a ustedes, temen lo que ustedes representan».

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