La llama{ra}da del Festival de Artes y Lectura de Saravena 2018

Unas voces extrañas están comentando.
¿Qué están diciendo?
Cosas que no puedo entender,
está demasiado cerca para acomodarse
El calor se ha salido de las manos.
 
Cruel Summer. Bananarama.
Llegamos alrededor del mediodía, jugando de locales, como escritores de la región, en el mismo vuelo, sentados en la misma fila, Álvaro Cristancho Toscano y yo.
¿Saravena tiene escritores? A pesar de su corta edad como municipio establecido en 1976, es una de las ciudades más célebres de la región araucana, no solo por sus hechos violentos, sino por el impulso comercial y urbanístico  o mejor expresado por el cantor de Arauca, Juan Farfán:
El municipio más joven y el que más ha progresado Y el más famoso en la historia de los pueblos Colombianos. 
La cultura en Saravena es una explosión natural de bailarines de joropo, músicos, artistas y ¿quién lo iba a pensar? hasta escritores. Escritores que muchos en Saravena incluso desconocían  pero que siempre se sintieron amarrados a sus raíces, ya sea por lazos familiares, de amistad o sencillamente porque el cordón umbilical jala más fuerte y no hace olvidar el azul de su cielo a quien abrió los ojos en su lontananza. Estos escritores fueron invitados al festival de Arte y Lectura de  Saravena para presentarnos, en palabras de Rafael Martínez Arteaga (El cazador novato), como los hijos de la llanura.
Llanura, yo soy tu hijo, trátame como mi madre.
Junto a otros escritores nacionales, teníamos programadas unas interesantes actividades que involucraban sobre todo al público escolar pero en la que podía participar cualquier persona interesada en perderse en los moriches de la imaginación.

Algunos asistentes febriles:

En la tarde me dediqué a descansar y leer el relato «Mariguaneando» de Umberto Amaya Luzardo, escritor nacido literalmente en una rivera del Arauca Vibrador, así que más alma llanera no puede tener. Mientras leía esta historia de drogas comía uno de los suculentos salchipapas típicos de la región, que le ganan a los que Gaston Acurio recomienda en Lima.  Del relato solo puedo decir que me hizo sentir el alma primorosa del cristal al reconocer una literatura tan cercana a la mía de una persona que está por todos lados conectada conmigo.

Con mis tíos escritores locos en el parque de Saravena. Como decía Piglia: la vocación literaria es algo que se hereda de tíos a sobrinos.

Más tarde nos encontramos finalmente en el parque central, como si se tratara de una predestinación de fabuladores de las mil y una noches sarareñas que están por contar.  Después de tomar unos buenos shots de esperanza, nos encontramos a la responsable de toda esta locura, una señorita del Santander llamada Tatiana Muñoz Pardo, y fuimos con ella a disfrutar de las suculentas empanadas de un primo mío que alguna vez ostentó el prestigioso título de ser el hombre más gordo de la región araucana. Debo decir que estaba obnubilado con lo que Polo Montañez llamó alguna vez «un montón de estrellas».

 

En la noche soñé que mi abuelita todavía estaba allí, durmiendo junto a mí,  y al amanecer recordé la vez que encontramos casquillos de bala frente a la ventana. Era la época de la violencia más absurda. Entendía, siendo tan pequeño, que estas balas pudieron cruzar las paredes y alcanzarnos. Pero ya no estaba ella, solo estaba el sueño que yo había tenido de ella y me sentí demasiado conmovido como para no anhelar ya una de esas balas. Pero el día convidaba a celebrar la cultura, el afán de promover la lectura y el propósito de brindar esperanza a estas nuevas generaciones que veían en nosotros una alternativa de vida construida a partir de palabras e imaginación. No podía retener más a mi nona a través de la pena y lo mejor que podía hacer era levantar la cabeza y elogiar ese llano tan hermoso que la había creado y que ella había ayudado a transformar, a través de todos esos niños que la adoptaron también como su abuela, y por la que aún hoy es llamada Mamá Chava por las calles luminosas de todo el pueblo.
En el día tuve la oportunidad de conocer dos escritoras invitadas al encuentro, que también tenían programadas actividades a lo largo de la jornada:  Judith Arévalo y Beatriz Vanegas Athías. Allí también me encontré a un nuevo amigo, Nelson Pérez, que recientemente publicó el libro de cuentos Espirales Rotas, una colección de relatos con sabor criollo pero también con la espontaneidad de la nueva generación de araucanos, que encuentran gratificación en el recuerdo de un partido de fútbol y sus primeras novias, sin dejar de lado la conciencia y crítica social del duro contexto en que se encuentran.  Pérez se ha dedicado a promover talleres literarios esperando que de allí salgan nuevas máquinas de escribir que narren más allá de él.

Después de un almuerzo con carne de verdad (la carne de Saravena se ha vuelto famosa en toda la región por ser de las pocas que conserva su calidad, debido a que el contrabando de reses venezolanas ha traído de vuelta el fantasma de la fiebre aftosa y esto ha sido un lastre para la ganadería araucana que en un tiempo ostentó ser una de las mejores de Colombia y ahora se encuentra en crisis), nos fuimos a preparar la charla de esa tarde con Umberto Amaya y Judith Arévalo sobre la literatura de Llano y Selva.
Umberto es un maestro en el tema de la selva, pues vivió más de 30 años recorriendo toda  la estrella fluvial de Oriente, y viviendo en comunidades indígenas, sin querer asentarse en ningún lugar, por más que le regalaran una casa se confesaba demasiado flojo para barrer y seguía su camino hacia donde el espíritu del bosque le aconsejara. ¿Pero yo? ¿Yo qué sabía de selva?, me preguntaba Judith, con su acento ocañero, contaminado de llano, por sus años de permanencia en Arauquita. Más allá de los cuentos de Horacio Quiroga y una mala lectura refundida de La Vorágine en épocas escolares, ¿qué carajos sabía yo de la selva? Me ofrecieron un poco de mañoco para relajarme y encontrar el significado de la selva en mi interior y así se reveló ante mí que también conocía la selva a mi modo.
 Mi selva era distinta a la selva de Umberto Amaya. No era la selva que duerme con el palpitar de las estrellas, se baña en ríos cristalinos y es burlada por la risa del pájaro cucharo; mi selva era la del homo homini lupus, el hombre lobo para el hombre, los gusanos rojos de la corrupción del transporte atropellan a lo que se encuentran, el asfalto es malo para acomodar la espalda para dormir: mi selva era la ciudad y yo estaba demasiado atrofiado por ella. Volver al llano siempre había sido una manera de regresar al paraíso que perdí en la infancia.
Los relatos recientes de llano de Umberto no recogen por lo general lo que se espera encontrar en una manifestación «de llano» como la entienden la Unesco, con relatos sobre trabajos de llano, vaquería y demás; aunque su novela más célebre «El relato de Pancho Cuevas», por lo general se considera como uno de los libros más bonitos del llano, una suerte de Martín Fierro del cajón araucano y sí recoge todas estas tradiciones. Sin embargo, a Umberto le interesa más explorar todo lo que éramos antes de esa construcción del «colono», que hoy conocemos como llanero. Pues son miles de años de herencia indígena frente a un artificio que no cuenta con más de 300 años, al parecer de Amaya.
Mi interés en narrar el llano viene de la mano del trabajo que he venido forjando durante estos años con la ciencia ficción como una literatura que entiendo pertenece a la novedad de las ideas y el devenir. Para esto necesariamente se debe confrontar una tradición conservadora de la literatura llanera entendida como una mole intemporal que solo se puede expresar a través de la simbiosis con la música, pero no me interesa dar la lucha de frente sino ganarme las nuevas generaciones y mostrarles la capacidad de los nuevos lenguajes y nuevas realidades que les ofrece la tecnología para construir algo distinto en términos de narrativa llanera.
Junto a Tatiana Muñoz organizamos un taller, dos días después,  para hablar de la lectura de ciencia ficción con uno de los colegios de la región, y pusimos de referencia el cuento «Rally llanero» que aparece en la nueva antología de ciencia ficción colombiana. Los muchachos participaron con mucha emoción y alegría. Mi estrategia fue ganarme a los líderes «negativos» del salón y al verme ellos como uno de los suyos, les entró el mensaje más fácil. Tal vez les dije las cosas que muchos profesores odiarían decirles, pero las preguntas que quedaron en el aíre les preocupaban a todos: ¿qué es lo real? ¿qué nos hace humanos? ¿acaso qué cosa puede hacernos separar el 10% de las cosas buenas del resto de 90% que son mierda? Se aprendieron la ley de Sturgeon de esa forma y a la señorita que se aprendió la tercera ley de Clarke le obsequié mi libro.

Umberto Amaya y Luisa Sánchez, la próxima Asimov de Colombia,

Al final de esa primera jornada con Umberto Amaya, ganamos todo lo que se puede pedir a un festival: unas amigas. Unas amigas dulces de once y doce años. Entre ellas, una niña venezolana con asperger que soñaba ser escritora y nos compartía los poemas a todos los escritores. Y luego nos mostraba sus pinturas. No estaba estudiando, recién había llegado a Saravena desplazada de Venezuela. ¡Gracias, Venezuela, por compartirnos tu talento!
Y la otra amiga que nos quedó para toda la vida fue la pequeña Luisa Maria Sánchez Villamizar. Profesora de inglés, patinadora, y ávida lectora. En cuanto me bajé de la tarima, me apuraron, que debía conocer a una niña que terminaba de leer un libro de aproximadamente ochocientos páginas que le había prestado un profesor. Me saludó con mucha cortesía y cuando le pregunté qué libro era, me dijo que el primer volumen de los cuentos de ISAAC ASIMOV.
No podía creerlo y la abracé, y le dije que qué era lo que le gustaba de Asimov, me dijo que todo. ¡Que amaba la ciencia ficción! Y creer que encontré a mi almita gemela en mi pueblo natal. No lo creí. La invité a que me dijera las tres leyes de la robótica:
Después de hablar de las leyes de la robótica, hablamos del futuro y de la ciencia ficción. Ella estaba muy interesada en conocer un escritor de ciencia ficción que nació en Saravena. Era como una especie de astronauta. Lamenté escribir libros de tan adultos, pero le prometí que en el futuro tal vez los entendería. Tengo dos libros ilustrados para niños pero esos me ha costado más publicar que aquellos que están llenos de palabrotas. Y decidí publicarlos para que niñas como Luisa no tengan que esperar a ser grandes para leer mis obscenidades sino mostrar también mi alma infantil, que como ellas, se interesa en la vida emocional secreta de las mascotas. Los días siguientes siempre encontraba un modo de saludarme y hablar sobre libros. Estaba muy estresada porque estaba montando una obra teatral y quería que saliera perfecta. Yo solo la animé y le expresé mi admiración y fe en ella.
Al día siguiente tuvimos una presentación en el colegio La Frontera. La idea era emular la charla de la velada anterior sobre literatura de llano y selva, pero por la naturaleza del público resultaba completamente distinta. Los jóvenes estaban apáticos y yo los comprendía pero trataba de motivarlos diciéndoles que la lectura no tenía que ser algo de leer cosas muy serias y profundas. Si querían leer manuales de mecánica estaba bien. Les dije que uno de mis libros favoritos era Rambo, pero no lo creyeron.
La falta de conexión entre ellos y yo se fue haciendo más profunda, y en un momento que se cortó completamente casi me fui a puños con el más cansón, pero los profesores abrieron los ojos y tuve que contenerme. En esas, Umberto Amaya que es un hombre conocedor de la vida, les contó una historia sobre un escolar muy bruto que no podía pasar años. Era la historia del burro y el salchichón, y fue un cuento contado con una maledicencia tan elegante al nivel de un Saki que los escolares no dejaron de prestar atención y al final extraordinario solo pudieron soltar una gran carcajada, aliviamos la tensión y esta es la hora que creo que entre los compañeros todavía repiten la historia del burro y el salchichón, lo que puede motivarlos a pasar los años.
Al final de la jornada, me dediqué a promocionar Lola Verga’s y encontré un nicho de jóvenes muy motivados a leer estas historias de reggaetón a la par  con las lecturas de Lovecraft.
El viernes tuvimos nuestro último conversatorio, éste acompañados de figuras que han hecho un esfuerzo monumental por cosechar la cultura y el amor al conocimiento en Saravena. Entre los participantes, se encontraba una maestra que llegó muy joven al municipio y se instaló allí para siempre enamorada de la región, de su gente y de su vocación de docente. Le dictó clase a mis papás, a mis tíos, a los alcaldes, a los representantes, conoció a todas estas personalidades ahora tan importantes estirándoles las orejas y llevándolos por el buen camino: la maestra Gloria Medina. Fue la primera en decir que le emocionaba estar junto a un «hijo del sarare» que ahora era escritor, refiriéndose a mí. Allí se prendió en mi cabeza la canción del cazador novato y estar en Saravena era volver a los brazos de mi madre y de mi Mamá Chava.
También estaba con nosotros el profesor José Caroprese, amigo de toda la vida, que también ha hecho una labor admirable por el intelecto de Saravena.  Estaba un profesor de literatura de la U. Javeriana que también ha encontrado en nuestro pueblo su hogar y tiene un gran trabajo documental histórico listo para publicar; y una pequeñita que ganó el segundo puesto en concurso de cuento nacional para la paz. Por supuesto, Nelson Pérez, representando la juventud araucana; Álvaro Cristancho, quien tiene un gran volumen de libros sobre política y magia que los postmodernos pueden llamar teoría-ficción; y Umberto Amaya, como el patriarca que no quiso extenderse mucho sino dejar que hablaran las nuevas voces.
Después de esta conversatorio, tuvimos un mini-taller de creación literaria con Nelson Pérez, que empezó a las seis después de una muestra de escultura con moto sierras, por un artista que quiere cambiar el switch de la gente y decir que una moto sierra puede servir para algo más que para cortar cuerpos de gente que no piensa como uno y en lugar hacer arte: compuso una bella figura de una niña leyendo.
Después de terminar el taller les hice saber a los participantes que haber estado allí un viernes hasta las 7 pm era prueba suficiente de una vocación literaria; incluso una vocación que dudaba yo poseer, pues no era muy seguro haber estado allí de haberse tratado de mi propia voluntad. Fuera de bromas, este taller fue más provechoso para mí que para cualquiera porque allí puede evidenciar la cantidad de talento, de imaginación y de potencial que tienen los muchachos de Saravena. Además que para mí estar en una biblioteca en Saravena era un sueño. Era la primera vez que estaba allí y quedé enamorado. Incluso quise quedarme unos días más para haber pedido en préstamo algunos libros: si estaba incluso un libro gordo  de Kurt Vonnegut que no he leído.
Todos estos nuevos escenarios, son nichos de futuro, son las industrias que producirán a las más brillantes, no sé si intelectuales, ni profesionales, pero sí personas, personas nuevas. Cuando iba a Saravena, de joven,  en mis vacaciones, siempre anhelé un lugar así para leer, no podía hacerlo porque solo encontraba ruido por todos lados. Ruidos de discotecas. Y esta biblioteca es un oasis y a la vez es un sueño. Quisiera de corazón que la juventud del Sarare la aprovechara y sepa valorar el inmenso tesoro que tienen con ellos. Gracias Biblioteca del Sarare!
Y fue en esta Biblioteca que ocurrió la magia y que no debería contarles porque fue algo muy hermoso que me sucedió.
Después del taller, mi nueva amiga Luisa Maria me buscó con afán y dijo que tenía algo urgente que darme. Pero estaba afanada, ella siempre toda estresada con esos detalles que no podían estar en el control de su vida de doce añitos. Quería entregarme un escrito pero no pudo imprimirlo. Entonces pedimos un computador. Ella con la destreza de los niños para las máquinas, lo abrió rápido y me obsequió  las palabras más hermosas  que alguien me haya dado durante todos estos años que he estado batallando en la ciencia ficción.
Antes de despedirme quiero agradecerle a todos los organizadores y participantes del Festival de Artes y Lecturas de Saravena por esta llamada a mí como su hijo, como su escritor de ciencia ficción; a todos los familiares que me acogieron en su casa y soportaron mis carreras. Y a todos los que se acercaron a mí para conversar, para preguntarme cosas, para felicitarme.
Y aquí cierro mi crónica, con las palabras de mi querida amiga, la futura Asimov de Colombia:

 CIENCIA FICCIÓN:

Hoy 24 de octubre del 2018 descubrí mi amor por la literatura de ciencia ficción; es increíble, fantástica, inigualable. Además no se trata solo de historias de ficción, hay algo más detrás de eso, el trabajo, esfuerzo, dedicación y amor de miles de escritores, como Luis un increíble ejemplo de que todo se puede lograr; él es un escritor saravenence que escribe literatura de ciencia ficción, fue una de las personas que me inspiro a seguir a delante con mi amor a la literatura junto a Julio Verne e Isaac Asimov unos de los personajes más importantes en mi vida como amante a la literatura de ciencia ficción. Desde que los empecé a leer sentí que sus historias eran increíbles, yo me conectaba con ellas, era como si estuviera dentro de sus cuentos, cada vez que leo uno de sus escritos me siento especial, inspirada, es al inigualable, inexplicable.

Quiero que todas las personas del mundo lleguen a saber que es la literatura de ciencia ficción, ya que pude llegar a ayudarles mucho; para que puedan expresar sus sentimientos a través  de ella.  Esto no sola va para los niños, no crean que la ciencia ficción son solo cuenticos de monstruos, es algo más importante que eso, ella ayuda a que el mundo siga en orden así como se necesita la felicidad y la tristeza para tener una vida equilibrada; esto hace que cualquier persona pueda leer, comprender, analizar y amar un libro, no solo de ciencia ficción, sino también de las demás ramas de la literatura; ya que esto les va a ser muy importante, no solo para saber, si no para formarse como seres humanos, ser alguien que comprende el mundo a través de la literatura es ser un ser humano consiente de sus acciones.

Autora: Luisa María Sánchez Villamizar (la mayor fan de la literatura de ciencia ficción).

Dedicado a:Mis ídolos de ciencia ficción (que ojalá lo lean alguna vez).

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