Feria Madre (Novela por entregas)

Por Pedro Pablo Escobar

Desde hoy, todos los domingos, habremos de presentarles un capítulo de una novela por entregas escrita por Pedro Pablo Escobar llamada «Feria Madre» e ilustrada por Pedro Pablo Escobar Muñoz. Esperamos que la disfruten y la sigan semanalmente:

 

buda

 

CAPITULO  I.

LIBERACIÓN DE LA SUPREMA PESANTEZ.

El caracol, con movimiento apenas perceptible, se deslizaba en la pared del baño adyacente al jardín de atrás. El ermitaño le vio con sorpresa y dijo en su pensamiento: “Por primera vez encuentro un animalito de su clase en este rincón del mundo y en estación de verano; que aparezca así de repente, es en verdad extraño. Anda a la deriva sin meta alguna o quizá  el calor le ha traído a refugiarse en lugar fresco, hagámosle pues cómoda la estancia a mi querido inocente visitante”. Salió. Regresó con unas hojas frescas de lechuga y las colocó al alcance del pequeño gasterópodo en la base del ventanal de la pared. Olvidado el suceso continuó la rutina diaria: preparar el frugal desayuno, regar el huerto, ordeñar dos cabras, y visitar la gruta atrás de la cabaña, donde disfrutaba la paz que suelen inspirar las soledades pétreas. Era la gruta estancia de su predilección, sitio de lectura y meditación, siendo la cabaña el puente con el mundo exterior.

Pasaban los días y el animalito parecía amoldado a la nueva morada, parsimoniosamente se trasladaba de un sitio a otro en la verticalidad de la pared sin intentar salir. Pensando que este no era el ambiente natural del caracol, Simónides – nombre del ermitaño- le asió con delicadeza y lo depositó entre las hortalizas del huerto. Semanas después, el ermitaño, sorprendido, vio al caracol en la misma pared del baño, próximo al ventanal por donde había penetrado. Y entonces, haciendo conjeturas y tratando de hallar una explicación al extraño comportamiento del animal, concluyó:  “Trata de advertirme de un acontecimiento por suceder, es como si algo ansiado desde hace tiempos esté próximo a su concreción. Aunque en verdad difícil es saber si se trata del mismo animalito, y más difícil aún saber cuál es el suceso tan anhelado”. Pintó una porción de la concha del caracol con laca para madera, esperó que secara y luego tomando al animalito lo depositó en la parte más apartada del huerto, y se dirigió a la gruta bajo un impulso incontenible de encontrar respuesta al tumulto de interrogantes que invadían su mente luego de abandonar al caracol.

La gruta era una herida en la falda de la montaña y a manera de boca conducía a sus entrañas. Un ruidoso bosque rezumaba vida en el exterior. Adentro, la mansión pétrea, colosal vientre de una monstruosa bestia gestada por un genio asistido de inmensa y fantasmagórica fecundidad, poseía un aire espeso, misterioso y callado, cruzado por rayos de sol crepuscular penetrando trémulos por la apertura como a través de nítida claraboya. El salón tallado en la roca viva,  piso, paredes y techos rocosos eran reminiscencia de un pasado olvidado de algún pueblo desaparecido cientos de años ha de la faz de la tierra, con un presente de total olvido de lo que fuera, sacrificado o diluido en la corriente irresistible del tiempo por algún impío conquistador a su vez olvidado y desvanecido, y del que nosotros quizá somos el fruto del prolongado martirio de la simbiosis conquistador y conquistado en la persistencia de ser en el espacio y el tiempo. 

Avivado con leños hay un fuego de mil tonos que se alza de la pira ardiente en la mitad de la estancia. Se escucha un rumor allegado del fondo, glamoroso y adormecedor ritornelo de la fuente que brota de un costado entre destellos multicolores.

Viejos libros cubren una de las paredes de la sombría estancia y en el suelo, al azar, yacen algunos textos. Empotrada en el muro opuesto, una silla de madera tallada. Cercana a la hoguera un cúmulo de leños y, sobre una manta,  próxima a la lumbre, se sentó con las piernas cruzadas a la manera de ascetas de oriente que visten de ocre. Estático, con la mirada fija en la llama, parece escrutar algún misterio de tantos que avienen a la mente humana sin encontrar jamás respuesta, y que se arremolinan cuando el cuerpo se ancla y la mente toma vuelo. La barba y el cabello están crecidos, testigos de una ausencia prolongada de corte; una raída, vieja y limpia vestidura, especie de túnica donde aún quedan vestigios de originales blanco, negro, morado y azafrán, y unas sandalias de cuero bruto; ojos obscuros y penetrantes, facciones angulosas, muestras de una vida entre austera y frugal; parece uno de aquellos seres a quienes libros sibilinos dan el nombre de profetas. Con un soplador de mimbre aviva el fuego. De rato en rato vierte hojas de hierbas exaltadoras del espíritu: adormideras y borrachero, abundantes en el boscaje adyacente a la gruta. Abrigado con la manta, aturdido por la llama que parece condensarse en figuras etéreas y cambiantes, adormilado en inconfesables e inenarrables elucubraciones sobre el cielo y la tierra, el nacimiento, la vida y la muerte, los hilos de la existencia como una madeja de mil cuerdas entrelazadas sin posibilidad de desenredarse. La determinación de vivir en la gruta, tomada años ha, no fue otra sino, en la soledad, buscar desatar aquel nudo que siempre le estuvo asfixiando desde la pubertad y, quizá aún, en las mismas postrimerías de la niñez, nudo cada vez más complejo al interactuar con la comunidad, el mundo y sus meandros; era como hallarse en un laberinto de ilimitados senderos sin salida posible en la realidad aunque pródigos en la imaginación.  Rememoró a los aldeanos de las tierras bajas a quienes acudía en un pasado por vitualla a cambio de interpretarles sus sueños que él traducía como buenos augurios siempre afines a la esperanza del soñador, con palabras que ellos querían escuchar, de ejecución compatibles con el diario quehacer soslayando así el desprestigio de un incumplimiento, además sabía que al decir lo que el oyente espera oír acorde a sus íntimas esperanzas, la probabilidad de cumplimiento es grande pues hay voluntad de realización. Un día renunció a interactuar con  las gentes y desde entonces no volvió al pueblo. Largas vigilias diurnas y nocturnas embebido en la lectura de sus amados libros: Textos sagrados de todas las épocas, razas y culturas, explicaban la existencia del cielo y la tierra, narraban las gestas de mil héroes bajo mil nombres: Viracocha, Bochica, Quetzalcoatl, Gucumatz, Ngalyod, Tangaroa,  Marduk, El, Baal, Anú, Tengri, Zurván, Aura Mazda, Zeus, Thor, Odín, Atón, Ra, Apolo, Brahma, Khrisna, Rama, Cristo Jesús, Buda, Ganesha, Shiva, Kali, Jehová, Pan Gu, Mawu, Alá, y miles más, dioses vivos ayer, hoy en la cesta del mito y el folclor, otros olvidados por siempre en la memoria escurridiza del hombre, superviviendo solo los dioses de conquistadores aun no desvanecidos por el tiempo implacable creador y destructor de imperios,  y algunos desaparecidos aun recordados en rocas todavía indelebles.  Unos y otros en pareja, en triadas, en enjambre y a veces solitarios, creando y destruyendo mundos, gestando nacimientos y muertes, dictando las leyes del hombre y su destino, la cristalización y evaporación de sus íntimos sueños aquí y en el allá. “¡Ay!  – Murmuró – ¡Qué triste destino de los dioses que así comparten el destino de sus devotos! Dioses ayer, mitos son hoy. Dioses hoy, mitos mañana. Viviré sin  dioses – se prometió -, ¿Cómo será la tierra huérfana de dioses?”

Hace una retrospectiva de su vida: Una incesante búsqueda de sí mismo a través del mundo circundante. Cosas imprecisas y circunstanciales le copan mente y sentimiento. Al no hallar respuestas en la aldea, vende los bienes heredados y viaja a la Ciudad Grande. Es huésped de bibliotecas, iglesias y ritos de muchos credos, asiduo asistente a conferencias de sabios oradores  ilusionistas del lenguaje,  y no encuentra el agua que calme esa sed ni pan que calme esa hambre que invade su espíritu. Con sentimiento de insaciable degustación apura el goce y hastío de tabernas y prostíbulos y, al no hallar respuestas sobre el existir, le inunda un sentimiento de creciente fracaso. Iniciada la madurez, retorna a la aldea con un equipaje de incontables libros, adquiere un terreno yermo en la montaña, allí hay una gruta, la convierte en segunda vivienda junto a la cabaña que construyó como vivienda principal. Y vivirá como ermitaño. Construye un huerto donde cultiva patatas, coles, maíz y otros vegetales que constituirán su alimento; sin jamás abandonar la constante búsqueda primordial hasta el inicio de estos acontecimientos, sin importunar ni ser importunado por ser humano alguno luego de su voto de soledad.

Embebido en esos pensamientos le invade un temor de cambio, presiente que algo indefinible está por suceder, que su mundo dará un vuelco. Últimamente ha tenido extraños sueños que se diluyen al despertar, son como reminiscencias de mundos perdidos, como vuelos por el éter y luego la pérdida de la liviandad que le permitía volar más allá del sol, ir al fondo del espacio, y luego la invasión de la pesantez que le ata nuevamente a la tierra.   Siente estar aprisionado en la caverna, encadenado por los libros y la sombra, como una ninfa en un capullo que no abrirá, decide ser libre; “¿Mas es la libertad una decisión? ¿Una concesión quizá? En fin, ¿qué es libertad? ¿Cómo entiendo ser libre? Se es libre de algo no a su renuncia sino cuando se abandona sin sentimiento alguno nos invada por ello”, piensa para sí a guisa de respuesta, sin satisfacción. “Deberé dar fin al enclaustramiento, ver fuera, saber cómo está el mundo. Los caminos que he seguido son eslabones de mis cadenas. Las respuestas parecen estar en algún sitio, he buscado afuera y allí solo bullicio encontré. Construí silencio en mi interior y busqué mas no capturé respuesta alguna. Tal vez no haya respuestas, o quizá allí han dormido siempre y he sido incapaz de asirlas, y he de despertarlas. Debe haber gran conocimiento y misterios dilucidados en mi interior. ¿Cuál conocimiento es? ¿Qué misterio está tan celosamente guardado allí? Lo ignoro y lo tengo aprisionado como esta gruta me tiene a mí, e irá brotando a medida que yo lo vaya describiendo, al igual que mi libertad de la caverna irá surgiendo en la proporción que la abandone… ¿Abandonarla? Sí, ¿Qué puedo esperar aquí a no ser la serenidad de lo quieto? ¡Dónde la verdad que he buscado! La perseguí en las tempestades de los abismos y gestas urbanas y luego en la calma campiña y en el silencio de la gruta y en la glosa de los libros. Pero el vacío continúa, no hay fuente que lo llene, y ¿no es destino del hombre el intentar llenarlo? Sé lo imposible de mi intento. Ante el poco fruto en la intensidad de mi anhelo he de retomar el camino a la urbe y ver las cosas con otros ojos y sentirlas con otro corazón, mas no quiero equivocarme, el tiempo pasa y deja su huella indeleble en mi cuerpo y espíritu sin posibilidad de retorno.”

El tintineo de una campanilla le vuelve a la cotidianidad exterior. Sobresaltado, sin acertar quién o qué podría estar requiriendo su presencia al tirar la cuerda de la campanilla colgada en un costado de la cabaña,  salió presuroso a su encuentro. Un hombre, con una valija  en el costado, de pié le esperaba.

– ¿Vive usted aquí?- preguntó el hombre sorprendido por la apariencia nada común del ermitaño y su expresión de paz imperturbable.

-Sí, vivo aquí – respondió Simónides- Entre y dígame qué le trae por aquí.

El visitante hacía labor de empadronamiento en la región. Había llegado por indicaciones del vecino más próximo, cuya vivienda distaba una hora de camino. Simónides le atendió lo mejor que podía según sus recursos. Le ofreció queso de cabra, leche y bizcochos de maíz; aquel lo aceptó complacido y, a manera de compensación, le enteraba del acontecer en el mundo. Simónides escuchaba atento sin mostrar preferencia por algún tema en particular. 

– Nada extraordinario hay en lo que cuenta. Es la misma historia de ayer y antier con nuevos artificios.- dijo Simónides sonriendo.

-Espere esta – replicó el hombre orgullosamente – ¿Cómo es que no ha preguntado sobre el acontecimiento del siglo, del milenio? ¿No está enterado?

– ¿Enterado?… ¿De qué? ¿Qué es ese tan magno evento que al no saber de él me hace parecer como el ignorante más tonto del globo?- replicó Simónides.

-Como se ve que hace años está aislado del mundo – continuó el hombre – se trata de la Feria Madre, la gran feria de las religiones, el mundo entero está a la expectativa por lo que ha de salir de allí. No hay ser humano en esta tierra, con fe o sin ella, creyente o ateo, rico o pordiosero, guerrero o pacifista, ignorante, sabio o científico, desde el ama de casa hasta el dueño de la multinacional, desde el más humilde servidor público hasta el más alto magistrado o dirigente de nación o jerarca de credo, que no esté a la expectativa de tan magno evento, allí se definirá el futuro del hombre acá y en el más allá, será la panacea para los males de la humanidad, será la extinción de la pobreza, la guerra y la injusticia, será el comienzo del cielo en la tierra…

– ¿Cómo es eso? ¡Está perdiendo el juicio! – exclamó perplejo Simónides – De seguro el rigor de la caminata hasta acá y el calor de este sol de verano han trastornado su mente. Nunca antes escuché tales desatinos.

– ¡Señor! baje a la aldea cercana y podrá constatar la veracidad de mis palabras… Debo despedirme. Se hace tarde y me falta por censar otras personas. Le estoy agradecido por su hospitalidad, ojalá en la aldea se disipen sus dudas. Adiós señor, y que la buena suerte y la abundancia le sean constantes compañeras-. Y se alejó presuroso por el camino que hasta allí le había traído.

Simónides entró al baño para refrescar el rostro  con  agua fresca. Al traspasar la puerta vio al caracolito con la concha lacada deslizarse por la pared que tenía ventanal hacia el jardín. Su sorpresa fue grata. Sin importunar al bicho, retornó a la gruta.

Le invadió la modorra y, recostado en el lecho de juncos cortados en la laguna cercana, se arropó con la manta hecha de lana de oveja,  caviló largamente sobre el motivo que le trajo a vivir allí: Anhelo de soledad, una búsqueda de la razón de existir, un viaje hacia el origen primigenio de la existencia, una razón de ser, ¿Un sendero hacia dios? ¿Un camino hacia la nada? “¿Valió la pena? Alma mía regresa de tu infructuoso vuelo allende la altura y el abismo, más allá del viento y la tormenta, regresa alma mía a tu cuerpo y sé feliz por un instante, al menos antes que reemprendas tu vuelo alucinado, destinado siempre a un agotador regreso. Sé feliz en el mar donde abundan los peces y en la tierra de granos henchida. ¿Qué hacías alma mía en la ilusión buscando la inexistencia y la sinrazón? ¿Qué hacías en la nada abandonando la existencia? ¡No! No habrá más búsquedas hacia la ilusión. La realidad yace en mí y a mi alrededor, mas he de apreciarla reflejada en los demás como en un espejo de mil faces, por eso deberé estar afuera, volver a ellos. Debo abandonar la gruta y este mundo de libros, hasta ahora mi hogar y familia, he de cortar el cordón umbilical que a ellos me ata para ser libre. Recorrer otras tierras, intimar otras gentes, quitar de mi espalda el fardo de este estatismo, explorar lo externo,… Vine aquí a encontrar respuestas que afuera, en mi ceguera, no vislumbré. ¿He de irme con las manos vacías?… Una vida de austeridad, largas meditaciones, incansables lecturas. Por mis ojos han pasado todos los dioses de ayer y de hoy, pero nada hay en mi interior, solo vacío. Me he perdido del mundo exterior y del íntimo saber que hay en ellos. Ahora en el silencio profundo de esta gruta añoro el ruido; aun las maldiciones y juramentos de las gentes toscas serán gratas a mi oído, aun sus actos más perversos me parecerán juegos de niños ¿Quién soy para haberlos juzgado y huir de ellos creyendo que mi mundo era independiente del suyo? ¿Que su mundo era vacío y sordo a mis preguntas? ¿Cómo es que me refugié en esta gruta para hallar luz en la sombra? ¿Cómo pretender que la luz estaría en la profundidad de la caverna?- Ahora veo, la verdad está con ellos, conmigo, reverbera en todo sitio, aun en la inconsciencia  de esa, su realidad. Regresaré a ellos, les hablaré de su gloria y de mi error, me quitaré este peso que agobia mi espíritu y ligero danzaré con ellos la danza de la vida. Les ofreceré mi sangre y mi carne, compartiré su vino y pan en la misma mesa, disfrutaré de sus placeres y sufriré con sus sufrimientos, y mis huesos se fundirán con los huesos de sus muertos”.

Y comenzó un  extraño ritual de libertad. Danzaba frenéticamente en torno de la hoguera, y la avivaba con los mil y más libros que reposaban en las estanterías. Al irse incendiando, el humo que brotaba, junto con las llamas, creaban alucinantes formas de los dioses descritos, como si huyeran del fuego abrasador de sus páginas. En oleadas de luz y sombras, de humo y llamas, parecía condensarse la figura del dios emergiendo en el esplendor de su gloria, en sus actos extremos de crueldad, en sus gestas más heroicas y populares, con fauces abiertas amenazantes, en actos de bondad algunos, para luego desvanecerse y dar espacio a otros dioses, horrendos la mayor de las veces, de crueldad indescriptible muchos de ellos, pero siempre signados de extremo poder. Los había alados, cuerpos humanos con cabeza de bestias, cuerpos de bestia con cabeza humana, en su totalidad humanos unas veces y otras totalmente bestiales, inmensamente bellos algunos, otros de indescriptible fealdad, y los había hasta invisibles signados con huellas de vacío. Al arder las sacras páginas, las letras parecían desprenderse y formar figuras de los dioses descritos que se fundían con los girones de humo y fuego brotando de la llama y se condensaban en inenarrables figuras, unas de mil cabezas, otras de mil brazos, amenazadoras unas, consoladoras otras, parecían cobrar poderosa vida y luego se deshacían en puntos de luz que pronto se apagaban. También brotaban imágenes grotescas de la mente del poseído, por entre su enmarañada cabellera, se unían a las sombras brotadas de las llamas y las páginas. Parecía que una turbulencia de tempestad tsunámica las lanzara al aire, a la boca de la gruta, partes escapaban hacia las afueras, y otras arremolinadas regresaban a la fuente de donde brotaran y resurgían para fundirse en el aire. Pedazos de leños se izaron y formaron trece cruces, ardiendo, una sobresalía sobre las otras por su altura, otra por su oblicuidad, pronto fueron consumidas por las llamas, y las llamas también se desvanecieron y otras retornaron a la pira. El frenético remolino continuó hasta los primeros rayos del alba, hasta la consumación total de los sacros textos y los leños de la pira y quedar libre la mente de imaginerías y fantasmas.  Extenuado cayó al lecho y se sumió en un  sueño profundo, como en un vacío, carente de imágenes, de sonido, de sensación alguna.  Al despertar solo recuerda la quema bíblica, la danza alucinante y la visión fantasmagórica de los dioses y semidioses brotando de los libros, de la llama y de su mente,  y desvaneciéndose como humo en el aire. Pues bien, eran humo, moraban en los libros, en lo inerte del fuego y en su imaginación y, de allí, emergieron como por un ritual de invocación para luego evaporarse en la nada.   

Dijo para sí: “Libero mi espíritu de estas cadenas que me han lacerado. Ni la más grande hoguera es suficiente para incinerarlas, pero me siento leve al verterlas al fuego, siento que brotan alas por todo mi espíritu y que puedo navegar por los infinitos cielos. Mas sé también que el rescoldo de estos fuegos no será apagado para siempre, quizá en los descansos de mi raudo vuelo sin fin añore estos resplandores postreros, este estertor del carbón ardiendo, emanando humo en su lenta inmersión en el barro del suelo. ¡Alma mía despierta! La realidad es más hermosa que tus sueños. ¡Despierta pronto! ¡Retorna a la conciencia! Desvanece tu ensueño. Libérate de tus pesadillas de cielos e infiernos, vuelve pronto a la realidad. Id presurosa al funeral de dioses y demonios, conviértete pronto en sacerdotisa de la tierra y de la vida. Si sueñas con las estrellas hacedlas templos de peregrinaje para despensa futura  que acreciente la terrena felicidad.”

Simónides asoma hacia la entrada de la gruta y vacilante da unos pasos afuera. Es un día de libertad. El sol brilla como nunca antes lo vio brillar, el aire tiene un exquisito aroma que arroba los sentidos, hay flores por doquier al alcance de la visión del detalle, las montañas se yerguen en la lejanía con majestuosidad imponente, las más altas con picos blancos  relucientes y el murmullo de la fuente cercana que le proveyera de agua, es una música exquisita y, junto con el piar de las aves y el tremor de las ramas con la briza, son una sinfonía nunca antes escuchada.

“¡Todo esto ha estado ahí siempre! ¿Cómo es que antes, durante tanto tiempo no lo oí, no vi, ni sentí?”. Y prosiguió: “He de regresar a las tierras bajas y verlas con otros ojos y escucharlas con otros oídos y amarlas con otro corazón, aunque bien sé que será con mis ojos, con mis oídos y con mi corazón.  Huérfana de dioses, privada de las mansiones de ultratumba, alma mía libérate del fantasioso propósito y sé feliz en tu realidad liberada de esos fardos. ¿Por qué no puedes volar libremente sin las ataduras de propósitos ideados para tu consuelo? ¿Por qué tienes que existir consolada? ¿No te basta existir?”

Presuroso volvió a la gruta. Llenó una bolsa con cenizas aun tibias de la hoguera ritual. Tomó el bastón y la bolsa que transportaría en el futuro peregrinaje como testigo de una pesantez pretérita de la cual sentíase liberado. Toma tres mazorcas de entre las que tenía escogidas para su alimento diciendo: “Son fruto del sol, la tierra y mi cuidado. El fruto está a punto, es hora de desgranarlas y ofrecerlo”,  las libera de su amero y los arroja al fuego, y guarda las mazorcas ahora desnudas en el bolso que ha de acompañarle en el largo viaje que vislumbra y que pronto ha de emprender.

Volvió a la luz del sol, cubrió la entrada de la gruta con un montículo de rocas y sobre estas hizo un manto de hierba camuflando la entrada con el paisaje circundante. Retornó a la choza, extrajo de una vieja arca de madera un manojo de billetes viejos y empolvados. Paseó  lentamente por la estancia, vertió agua sobre los aun humeantes rescoldos de la chimenea, y penetró al baño para sellar el ventanal. El espectáculo que allí presenció le causó gran asombro: El caracol, con su concha lacada, se deslizaba velozmente por el muro, y presuroso trepaba hasta la base del ventanal para luego raudo salir por la ventana. “Cumplió la misión” dijo Simónides, y nunca más volvería a verle.

Simónides abandonó la gruta y la choza. Tomó el único sendero que conducía a la aldea con un aire de guerrero tras heroico triunfo. Sentíase agradablemente liviano y pleno de ánimo. Podría haber remontado las nubes si tal hubiera deseado, y desde allí mirar el valle. ¡Tan grande era su entusiasmo y liviandad! Y descendió por las laderas de la montaña, sin mirar atrás, con la mente henchida de pensamientos pronta a reventar. No había pesantez alguna. Sentía que, de tener la voluntad de volar, podría con su liviandad, remontar los picos níveos de la lejanía, navegar con los vientos en las alturas arriba de la región nubosa, sobrevolar cimas y valles y, quizá, perderse en el infinito firmamento. 

Con el atardecer divisó a la distancia la aldea ancestral. Detuvo la marcha frente al espejo de una laguna bordeada de bosque, quieta, silenciosa, el agua plana en veces rizada por el viento y el asomar de algún pez y aves acuáticas deslizándose con majestad bajo el agonizante y multicolor  resplandor de la unión del día y la noche. Miró largamente hacia la laguna. El croar de las ranas daba inicio al nocturnal concierto. Descansó bajo la protección de un viejo naranjo, tomó algunas frutas maduras hasta saciar hambre y sed. Tendió su manto. Renunció a todo pensamiento que rompiese la calma que empezaba a invadirle. El gran vacío llenaba su alma. La mente sin pensamientos y el vacío dejado por la huida de sus espectros comenzaba a reemplazar la inquebrantable calma por una creciente desazón. Y poco a poco, suavemente, le invadió un sopor donde los sentidos se desvanecen. Así terminó la liberación de la caverna y comenzó el reencuentro con  las gentes.

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8 Responses to “Feria Madre (Novela por entregas)”

  1. Rosalia Escobar y Camila Tauta says :

    Este primer cap`itulo nos deja con la grata ansiedad de seguir leyendo.

  2. Ana Lima / Brasil says :

    Gracias, Pedro, por compartir esto lindo trabajo!!! Me encanta conocer los prójimos capítulos!!! Bendiciones de mucha Luz en tu caminho!

  3. perla ramirez garcia says :

    gracias, Pedro, muy bello, Perla de Queretaro, Mexico

  4. silvia noemi rebuffi says :

    Silvia rebuffi, excelente pedro, me encanto, como todo lo que tu realizas, mil bendiciones , namasté…………

    • Pedro Escobar Muñoz says :

      he de comentarte Silvia, que la novela ha sido escrita por mi Padre¡¡ agradezco infinitamente tu atención …Silvia, desde mi ser te doy un abrazo de Luz, Gracias por Todo. att Pedro

  5. María Angélica says :

    Gracias Pedro acabo de leerlo y me encantó.
    Que Dios te siga bañando en su Luz
    Un abrazo

  6. Gerardo Velasco M. says :

    Gracias por compartir este Hermoso Sentir.
    Namaste.

  7. julia says :

    Gracias Pedro , por permitirme conocer esta obra …Bendecido eres amigo

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