Sé que se titula sufrimiento terrenal

El segundo congreso de literatura del Colegio Mayor de los Andes

Cermeño, Castellanos y Andújar escuchando a la moderadora

Cermeño, Castellanos y Andújar escuchando a la moderadora

 

El viejo emergió tras el mostrador con la mitad de la cara embadurnada de una crema blanca, con un ojo cerrado e hinchado y con el otro abierto y claro por una catarata: “Tiene que dar la vuelta hacia allá y después voltear hacia acá”, me contestó cuando le pregunté dónde queda el colegio. No entendí qué significaba acá o allá. “En ese colegio hay de todo, va a haber de todo, mejor dicho”. “¿De todo?”. “Sí, de todo: En unos años, muchos de esos niños serán adultos drogadictos, otros banqueros, oficinistas,algunos se matarán… hay algo mí me gusta hacer cuando veo a todos esos muchachitos: preguntarme cuántas veces se van a divorciar.”. En ese momento llegó por mí, en un renault, la persona que me llevaría hasta el colegio.

Antes de entrar en el auditorio una adolescente me entregó una escarapela y un bolso en el que había un esfero y una revista-catálogo con nombres y fotos de las novedades de una editorial. Un niño rubio peinado de lado, con anteojos de miope y de unos diez años, me dio la mano y me condujo, con la presteza y discreción de un mayordomo de motel, a un asiento vacío, muy cerca de la tarima; con seguridad ese muchacho va a casarse dos veces y tendrá tres hijos, ninguno de él, al menos en términos biológicos, aunque él jamás lo sabrá. O se enterará cuando ya estén tan grandes sus críos que el amor no se lo podrá arrancar por más que sepa que son hijos de la inmundicia proveniente de sus dos ex-esposas.

Apenas me senté llamaron a los tres escritores invitados al escenario. La moderadora no se vino con rodeos, su primera pregunta fue personal: ¿Qué los motivó a escribir literatura fantástica? Carolina Andújar(@caroandujar)dijo que lo hacía para adentrarse en un mundo diferente que se iba expandiendo con el discurrir de la escritura; Susana Castellanos se remontó a los personajes míticos que conoció en su infancia, tan reales que aún los rastrea a través de cientos de miles de mundos posibles que se van tejiendo en sus escritos; Luis Cermeño habló de su búsqueda de una verdad que jamás apareció en sus estudios de filosofía y late en la fantasía como el corazón de un orangután viudo de Sumatra.

Las dos escritoras estuvieron sentadas en un sofá colocado en el centro del escenario. Luis se ubicó en una silla en la que su cuerpo alargado parecía crecer a medida que los minutos pasaban. En el otro extremo del escenario, sentada en una silla como la de Cermeño, estaba la moderadora. Andújar habló con la seguridad y el desparpajo de una estrella de música pop durante una rueda de prensa: afirmó que en occidente la fantasía se ha proscrito a cambio de la obsecuencia para con el realismo. Castellanos aludió un sentido de la realidad ligado a lo material que desplazó a la fantasía a los bordes de lo que se entiende como literatura al punto de que sea vista como simple superstición o charlatanería. Luis recordó lo que Borges le dijo al oído en el mismo instante en que Castellanos dejó de hablar: El realismo es un subgénero de la literatura fantástica; apenas terminó de decir la frase, parpadeó, desorientado, sin saber si fue Borges o algún otro muerto que invocó el que le dio esa lección.

Los adolescentes, a diferencia de lo que ocurre en otros colegios, se quedaban callados, mirando a los escritores que respondían a las preguntas de la moderadora, sólo un poco amodorrados pero siempre silenciosos. Al lado de una niña rubia estaba un compañerito gordo, moreno, de pelo grueso y corto que intentaba hacerla sonreír pero lo único que salía de ella era un fastidio al que tendrá que acostumbrarse hasta que su marido, veinte años después, le diga que es mejor que se divorcien porque él ha conocido a un basquetbolista dominicano.

La charla entró en un valle. Cada escritor enunciaba sus conceptos hasta que surgió un abrupto accidente: Andújar dijo que los chicos que leían sus novelas de vampiros podían estar más alerta ante ciertos peligros de la “vida real” en donde, en lugar de chupasangre, hay depredadores sexuales. ¿Cuántos depredadores sexuales la estarán escuchando? ¿Cuántos lectores de sus historias dejarán de ser vampiros para hacerse predadores? ¿A cuántos adolescentes que la escuchan, eso de depredadores sexuales retumbará en sus pensamientos mientras se masturban?¡Deprédame desgraciado! Cuántos de esos niños estarán en la cárcel en veinte años. Recordé a un compañero que tuve en el colegio que duró dos años en la prisión y hace unos días me crucé con él en un Transinfierno. Él no me reconoció: Era como si su cara hubiera sido dibujada en un papel del que se hizo una bola y después se estiró. Cuarteado y cansado.

El encuentro terminó con una división clara entre cada uno de los escritores: Andújar, aclamada por los adolescentes, terminó diciéndole a una jovencita, que le preguntaba que si sus vampiros simbolizaban el mal, que podía interpretarlo como quisiera pues ese es su derecho de lectora. Fue una respuesta que no entendí, más aún cuando antes hablaba de depredadores sexuales… aunque puede que esos depredadores no fueran el mal, o fueran los muchachos feos que solo pueden tocarse hasta bien entrada la veintena porque, más que humanos, son un osito Teddy. Castellanos, con la tranquilidad de una académica y la estabilidad de alguien cuya inteligencia ni siquiera incurre en depresiones, habló de cómo podría verse a través de la literatura la forma de sentir, de temer, de amar o idolatrar de una época.

Cermeño habló de los bautismos de ciertas cosas que sólo pudieron ocurrir con la aparición de una novela, cuento o poema: Lo kafkiano, lo quijotesco y ese malentendido llamado ciberespacio que Gibson acuñó sin pensar en internet, como muchos hoy día proclaman para otorgarle un cáriz profético al autor de “Neuromancer”, sino en ese intersticio que hay entre una máquina de videojuegos y quien juega, abriéndose un pasaje a un mundo paradimensional donde alguien juega a Mario Bross con nosotros y no a los dados.

Los jóvenes se pararon poco después de un tenue aplauso. Al otro extremo de donde yo estaba, un muchacho usaba camisa negra, corbata gris y lentes oscuros, a su lado, un jovencito cojo salió, intentando correr. Recordé que el viejo con la cara embadurnada de crema blanca y un ojo cerrado, tenía encendido un radio que regurgitaba el estribillo de un bolero interpretado por Sofronín Martínez:

“Pues está en escena la comedia ya,

sólo como extra he de figurar

sé que se titula sufrimiento terrenal

y entre el bien y el mal

seguirá el amor

seguirá el amor”.

Tags: , , , , , , , , ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: