Hijos de Maro (quinta entrega)

Por Enrique Pagella*

A continuación nos complacemos en presentar la quinta entrega de esta novela.

Estas son las entregas anteriores:

Primera

Segunda

Tercera

Cuarta

V

Quedábase largo rato cada vez, observando los venéreos en el carmen lustroso. Yo también los comprendía. Parecían una inadmisible bestezuela huérfana, meritoria del volátil bermellón que detenía el planeo frente a nosotros y levitando decía con nuestras mismas palabras.

Todo lo que puede suceder sucede pero solo sucede lo que puede suceder.

Y lo repetía una y otra vez, batiendo con flema y garbo sus afelpadas aletas.

– Es un kapka, un volador que goza traveseando con las pensamientos – decíame el Necesario y su mirada almendrada de pronto se quedaba en la mía.

Quien ve y oye no mira ni escucha; quien ve y no oye no mira pero escucha sin darse cuenta; quien no ve y oye no escucha pero mira y no comprende; quien no ve ni oye, ese sí que mira y escucha ya que está vacío – canturreaba la voladora sin siquiera detenerse para respirar.

El Necesario daba oídos al trabalenguas sin dejar de mirarme y apenas el alado carmesí hacía silencio volvía lo ojos hacia ella.

– ¡ Vamos criatura indiscreta ! ¡ Pica la carnadura y hazte intocable en el aire ! – gruñía con enfado ligero.

Entonces el volátil bermellón hacía tierra y de un picotazo se adueñaba del exangüe genital, con él que desaparecía apócrifamente.

– Ahora comeremos carne ardida – decía el Necesario y salía corriendo a las zancadas, rumbo a un médano concluido por una pirámide de cuarzo y volviéndose desde allí para mirarme, desaparecía por la otra pendiente.

Y volvía a aparecer cada vez repentina la voladora frente a mi rostro con su flamante bocado pendiendo del pico.

Cuando el niño era niño – decía sin soltar su presa – no existía porque el niño era una reminiscencia del hombre y el hombre que no recordaba al niño era un guerrero: la más temible fantasía del niño.

Luego entonaba un prip y desaparecía cada vez.

– ¿ Qué hago aquí ?

Esa era la primera pregunta que se formulaba cada vez. De pie sobre el césped, mirando la ausencia del Necesario, con la espada atenta en la mano derecha, con el reojo izquierdo en el ahora rosáceo borrón acuático, me preguntaba qué hacía allí, de pie sobre el pienso, mirando.

Visitábanme las imágenes de lo vivido y pronto abocábame en dar orden al caos, cosa que lograba rápidamente. Mis memorias eran breves. Antes de la contienda con los veinte, donde yo mataba a siete, nada había. Una ausencia extensa como el cielo que me resguardaba.

– ¿ Qué era yo ?

Esa era la segunda pregunta qué se urdía cada vez. Un guerrero decían que era. Una temible espada y un gran perro rojo habíame regalado la bella Maro. Mi cuerpo sabía qué hacer con las armas. Soy un guerrero, concluía.

– Sí, eres un guerrero. Consigo apreciar la extensión de todos tus hechos pero escapa a mi posibilidad valorarlos. Llegará el momento en que puedas enfrentarme, entonces sabrás qué otro eres – escuchaba decir al Necesario pero volviéndome no lo hallaba.

Seguía solo, de pie sobre el pienso, mirando la ausencia con la espada atenta en la mano impuesta, con el reojo siniestro en la otra mano, la entonada por la sangre reseca. Y ya no me hacía pregunta alguna porque mi olfato se percataba de un olor ahumado, donde la madera enardecida no era la glosa dominante, pues otro aroma imponía sus vivaces secuelas en el aire. De inmediato mi estómago conjeturaba con voz tripera la cercanía del nutrimento.

– Comeremos – me señalaba memorando lo dicho por el Necesario.

Trotaba entonces hacia el médano rematado por la pirámide de cuarzo. Desde su cima divisaba, en la hondonada lindante, un gran palio color magenta, aislado del sol por cuatro árboles de arrabio, e instalado sobre una extensa plataforma triangular de madera, a la que se accedía por una escalinata de troncos. Todo ese armazón estaba soterrado en el oro por tres dirijas que nacían en los vértices. A un costado, un varón asaba regios trozos de carne sobre un enrejado del que se desprendía una densa pilastra de humo. Cantaba el hombre mientras atendía su labor y conforme se movía y yo me acercaba, los brillos del sol me descubrían el hinchado grosor de en su bandullo. Cantaba con agraciada voz robusta y hundía en la carne siseante una hurgona con la que daba vuelta las piezas. No hay una hembra caldosa, cantaba el asador y yo divisaba, dada mi inmediata perspectiva, al Necesario sentado con las piernas cruzadas a una mesa dispuesta bajo el toldo magenta. No hay hembra caldosa, el hombre rotundo recoreaba con mayor intención y agregaba en voz más baja: Que pueda desaguarme, y espoleaba la carne gemebunda mientras tomaba aire por la boca y el Necesario atraíame hacia la mesa con un mohín tierno. Que pueda desaguarme, repetía en voz nuevamente alta el hombre.Yo no soy un Iota, le escuchaba casi protestar después. Y cuando ponía mis pies en el quicio y apenas me sentaba a la mesa del Necesario, bajo la extravagante férula de su mirada, la asadora voz reinterpretaba agudamente la misma frase: Yo no soy un Iota.

– Los Iotas – me decía el Necesario mirando la gran uña de su gran pulgar – eran unos hombres a quienes el apetito desquiciado por sus mujeres los llevó al exterminio.

Maro es la carne, afinaba cada vez el asador, apareciendo al lado de la mesa con un brasero colmado de lonjas chamuscadas. Maro es la carne, recantaba el hombre de abultado y macizo semblante pardo, donde ojos, nariz y boca se hallaban subyugados en el centro de la hechura.

– Esos hombres – decía el Necesario agradeciendo con un gesto el brasero que el asador dejaba sobre la mesa para retirarse – tenían las mujeres más bellas que se hallan visto, las más bellas y las más intrépidas, porque advirtiendo que sus formas y mañas voluptuosas, ablandaban a sus machos, deliberadamente volviéronse insaciables para inmolarlos a todos. Una vez solas decidieron darse deleite entre ellas pero pronto fueron conscientes de que si no tenían descendencia, estaban condenadas a desaparecer. Yo tenía al niño apremiante como tú, era un guerrero inédito, mis armas no habían asesinado todavía.

*Enrique Pagella, el autor de esta novela por entregas, yace en un profundo estado de sueño parlante desde la semana pasada. Internado en una clínica de alta complejidad de Gualeguaychú, recibe suero y no para de hablar con una voz que no le pertenece. Repite tres veces cada texto, como si sumido en ese inclasificable estado de sueño intentara memorizar lo que le dicta Snufk Karlto, un niño vikingo-guaraní del año 900 de nuestra era. Los médicos de la clínica donde Enrique está internado no aciertan a dar un diagnóstico definitivo.

El caso parece haber despertado el interés de académicos del universo literario y de la ciencia. Según trascendió en las últimas horas, Gualeguaychú ha sido sorprendida por la llegada de emisarios y facultativos de distintas universidades de EEUU y Europa, especie terminantemente desmentida por las mismas casas de altos estudios. Quienes no han desmentido su interés por el suceso son investigadores esotéricos de todas parte del mundo, que han colmado la capacidad hotelera de la ciudad entrerriana.

Pero no es la única actividad que se ha incrementado últimamente, porque los ciudadanos de la apacible localidad mesopotámica atestiguan, azorados, la repentina proliferación del avistamiento de OVNIs desde que nuestro autor fue atrapado por el sueño.

Los grandes medios de comunicación no han difundido la noticia, cosa que llama poderosamente la atención. Mil Inviernos ha destacado un corresponsal que está registrando el insólito texto que produce nuestro colaborador.

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