Hijos de Maro (cuarta entrega)

Por Enrique Pagella*

Nos complacemos en hacerles la cuarta entrega de  «Hijos de Maro».

Estas son las anteriores entregas:

Hijos de Maro I

Hijos de Maro II

Hijos de Maro III

IV

Dando elegantes brincos de su misma largura, trotaba sobre la áurea grava, el suspensorio hundido entre las abombadas cachas, llevándome a la cima de la duna mayor de su desierto, desde donde se divisaba un verdoso lago cuadrangular, rodeado de un prado con mesitas y escabeles cubiertos por quitasoles blancos. Apenas aguzaba la vista advertía hombres y mujeres de jóvenes cuerpos desnudos que deambulaban.

– Esos son mis atractivos domésticos – decía y largábase por la pendiente de la duna dando alaridos y riendo como un perro carroñero.

Yo le seguía sin trotar, reposado, sopesando la empuñadura de la espada, pues se me hacía que el Necesario simulaba esa predisposición, tendiéndome una trampa. Pero el encaracolado salto que daba por sobre un quitasol, nuevamente me mostraba su peculiar maestría física y, apenas caía de pie al borde del lago, mi juicio ya dejaba de creer en una simulación, dado el cordial trato que dispensaba a sus criados. Cuando llegaba yo a sus cercanías, el Necesario y veinte jóvenes conformaban un escabroso y palpitante montículo de cuerpos ligados sobre el césped.

– ¡Puercas y Puercos! – gritaba encantado, acariciando un seno y frotando un marlo cada vez – ¡Está aquí el nuevo guerrero! ¡Miradle a él!

 Del montículo hacía mí partían todos los atisbos y suspiros y ayes y señas de ojos. Un mancebo e imberbe lacayo de esbelta talladura se ponía de pie con el demacrado miembro erguido.

– Loado seas guerrero de grandes brazos, vienes adelantado de una temeraria notoriedad, que has destripado a siete de los veinte, que Maro ha tenido destemplanzas en los muslos de sólo verte, que te ha proporcionado a Parco, Oh, todo ello se dice, pero nada se dice de tu chipote…

Aquí reía el montón mientras el Necesario, ya desentendido de las piezas físicas del servicio, hincaba su fogosa mirada en el joven.

– ¡Tira tu espada y desenváinalo! ¡A ver si es más fuerte que mi clava! – me gritaba éste, avanzando con la extremidad envanecida hacia mí.

– ¡Qué encantadora iniciativa! – exclamaba el Necesario dando sordos aplausitos – ¡Un lance de ornatos!

Y cuando el efebo estaba por contactarme, asía de un manotazo sus achuras, las retorcía y se las desenterraba de un tirón. Luego levantábalo por los aires para lanzarlo al lago.

– Este es mi acto – decía y dejaba los sanguinolentos venéreos a los pies del Necesario, también separado pero de su desnudo séquito que con estridente agitación se arrojaba al estanque, ingresando a nado en la gran diadema roja cuyo centro era el vociferante castrado.

– Es la mejor ofrenda que podías hacerme, no soportaba más a ese barbilampiñito petulante – me decía el Necesario y daba fragosas palmas en dirección al mocerío – ¡Trasládenlo a la gruta y no retornen hasta que la sangre cese!

Dichas estas palabras el séquito se llevaba en andas al muchacho y el Necesario levantaba con signos de repulsión los genitales del carmen: la despuntada uña del pulgar insertada en el prepucio, los ojos llenos de pizcas.

– Qué su apetencia no líe ésto con el todo – murmuraba elevando la carnaza –– luego arrojábala lejos, más allá del pasto, en la refulgente arenilla, y acotaba  – Sabrán las hormigas y las aves qué hacer.

*Como se ha insistido en estos pie de página, Enrique Pagella es un autor inédito e inconcluso que sufre una extraña alteración onírica que bien podría parangonarse con el daimon personal que le susurraba a Sócrates la conveniencia o inconveniencia de un proceder. La diferencia con esa especie de superyo socrático radica en que las vocecitas de niños que escucha Enrique no le dan indicaciones éticas sino que le dictan lo que tiene que escribir. Podría decirse entonces que este superyo plural, estético y polimorfo constituye algo así como un sonoro jardín de infantes cuyas creaciones resultan acabadas a condición de no aspirar al largo aliento.

El peligro con Hijos de Maro, como ya se ha señalado, radica en que de pronto se interrumpa el dictado que viene realizando uno de los tantos niños que escriben en el sueño de Enrique. Dicho niño, de voz tintineante y pausada, dice llamarse Snufk Karlto y haber vivido en un asentamiento vikingo del siglo IX después de Cristo en el valle del Guarnipitán, Paraguay. Lo extraño del caso es que Snufk le habla en una abigarrada mezcla de danés insular, escandinavo antiguo y guaraní que Enrique comprende a la perfección pero sólo mientras duerme.

Se preguntarán cómo hace luego para trasladarlo al español. Es muy simple, lo recuerda palabra por palabra, ya traducido.

Los psicólogos y neurólogos a los que ha consultado no logran establecer un diagnóstico que explique certeramente el fenómeno. También ha visitado parapsicólogos y espiritistas que lo han sometido a innumerables absurdidades sin resultado alguno.

No hay caso, el niño dicta cuando quiere y sólo a Enrique.

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