Reseña de Luminoso de Greg Egan, por Luis Bolaños y Luis Cermeño

En este ejercicio reseñístico se pretenderá hacer más que un escrito a dos manos, una interlocución sobre un mismo texto. Siempre he tratado de seguir las recomendaciones de las lecturas de Bolaños, lo que me ha llevado a hallazgos valiosos por los que siempre estaré agradecido con quien considero un maestro de la ciencia ficción. Con todo mi respeto y cariño acá aventuro este experimento:

(En letra cursiva pondré mis comentarios, siempre después del texto original de Bolaños)

Para leer la reseña original de Luis Bolaños en Nirgal22 (con excelentes ilustraciones eróticas de artista Michal Dutkiewicz) :

Luminoso Defecto o porque debemos leer a Egan

luminous gregg

Luminoso Defecto // cuando se computó el defecto matemático. 

 

Greg Egan siempre me ha atraído y en algún momento decidí comentar una de sus antologías, acabo de terminar Axiomático y ya estoy leyendo Luminoso, como adelanto presento un comentario al relato del título.

EL nombre de Greg Egan para mí es lejano, tan lejano como su natal Australia, por esta razón hice con él lo que hago con la mayor parte de escritores que me interesa empezar a leer, buscar una foto. Ayer escuchaba un programa en la radio sobre Leonardo Da Vinci y decían que la imagen que todos tenemos de él es del romanticismo y nada indicaba que así fuera, entonces surgió una mini discusión si era importante conocer la cara al genio o no, esa obsesión occidental por saber el rostro a pesar de que ese otro nos haya descubierto su cerebro, y dieron cuenta de toda esa labor por encontrar los restos del pintor florentino. Bueno, lo cierto es que después de ver muchos Greg Egan entro a su página https://www.gregegan.net/ y allí él escribe que no tiene fotos en internet y que es culpa de muchos idiotas en google que aparecen varios rostros de Gregs Egans como escritores de ciencia ficción que no son él. 

A mi juicio, el relato denso y fluido resbala cual mezcla de mieles atiborrándonos de sabor y asombro. Quizás le falta un sustantivo para alcanzar su densidad exacta y quedar a punto para hornearse en el actual batiburrillo de economía financiarizada repleta de maniobras casi o de lleno dolosas con futuros autorizadas por la vía legal, intereses negativos, contracción de la ganancia en la producción e inundación de masa monetaria en los bancos y corporaciones mientras a la gente común y corriente no le llega y moran en el desierto de la carencia: Luminoso Defecto, por la increíble máquina y por la teoría de base que crean para explorar el mundo y las matemáticas se aproxima a esa situación bárbara donde el imperio USA, si le exigen pago en oro por la redención de sus bonos (detentados en alto porcentaje por China, Rusia y Japón) el próximo mes podría declararse en quiebra.

 

Sobre el relato uno podría pensar en una narrativa tipo Quemando Cromo, o los cuentos cyberpunks que aparecen en la antología Mirrorshades, ya que está contado de una manera directa y violenta, de modo tal que podría servir a la realización de un corto o un episodio de Black Mirror. Pero vemos que incluso los escenarios futuristas de Black Mirror se quedan cortos, ante las aristas que nos presenta Greg Egan en Luminoso. 

Alison, la protagonista dice que: Calcular la diferencia entre la verdad y la mentira requiere de un mapa fractal donde convergen dos ondas numéricas y cuyo borde de encuentro semeja un cuadro de Escher, lo que posibilita esa imagen es el azar actuando como organizador caótico en lo local, lo cual es suficiente para efectos del relato y nosotros los lectores quedamos enganchados al discurso explicativo que además bebe de la aventura, la intriga, las trapisondas de la corporatocracia, el exotismo, los discursos epistemológicos, la filosofía cuántica al estilo de Capra, la profusión de gadgets tecnológicos (necrotrampas, ordenadores de luz, matrices de rayos láser), la penetrante y abarcante visión de la ingeniería biotecnológica, tan apabullante que uno casi siente las cascadas de genes, virus y partículas letales derramándose sobre los infectados, y que se utilizarían para doblegar voluntades, uncir mentes a bellacadas empresariales, enfermar órganos, denigrar y demoler cuerpos en aras de la tasa de ganancia.

Al ser un cuento datado en 1995 sorprende la cantidad de predicciones que acierta en lo que respecta a nuestra fecha. Por ejemplo, el ascenso y la supremacía del modelo Capitalista Chino, con una estructura paradójicamente comunista; también la progresiva descentralización e irrelevancia de los aparatos frente a la información cada vez más ubicua y menos dependiente de los dispositivos -es decir, que predijo preclaramente que Internet se ubicaría en la nube como casi toda la información; y por último, fue capaz de proponer un modelo creíble, ambicioso y exquisito de una supercomputadora cuántica sin ninguna conexión a internet. 

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Copi, señor de las ratas. Por Daniel Maldonado Velázquez

De Desconocido – Mágicas Ruinas, Dominio público, 
Copi es el que está a tu izquierda. A tu derecha, posa Susana Giménez

Existe, dentro del panorama literario argentino, una especie de tradición que se aleja y no poco de las formas pulcras y refinadas de un Jorge Luis Borges o de un Adolfo Bioy Casares. Esta tradición, que bien puede ser calificada de contestataria, propia del arrabal, pareciera ser el resultado de una conjunción, de una síntesis de voluntades: la de un puñado de escritores que a lo largo de su trayectoria literaria se asumieron como iconoclastas decididos, furibundos y, también (y quizás sobre todo), marginales. Marginales no sólo en relación con el canon literario argentino (un canon que, dicho sea de paso, se encuentra en permanente estado de redefinición), sino frente a toda etiqueta –la de marginales, incluso– cultural e ideológica.
Usualmente, todo escritor tildado de molesto, incómodo o raro se sabe, precisamente, molesto, incómodo y raro y todavía más: celebra este hecho, esta especie de constatación empírica, de la única forma que conoce: escribiendo al borde, desde el borde y sobre los bordes, con papel de baño ahíto de mierda y con el dedo –como estilógrafo– embadurnado de orines.
Copi es, fue, uno de ellos. Y lo sabía. El hecho de que haya escrito buena parte de su obra literaria en un idioma que no fue jamás el suyo da cuenta de su condición de personaje-autor límite: frente a todo, ante cualquier individuo, institución o contingencia geopolítica, territorial (haber nacido en Buenos Aires, por ejemplo, y vivir en París y escribir en francés), opuso la figura del outsider literario y, por extensión, político.
Hay algunos más, desde luego. Arlt, Wilcock, Saer, Osvaldo Lamborghini. Pero Copi, probablemente, llevó a límites insospechados, extremos, esa condición de extranjería dentro y fuera del centro. Fue marginal cuando quiso deambular por los corredores porteños de la gran literatura argentina. Y lo fue, por supuesto, cuando se supo extranjero en Francia y, también, cuando comenzó a escribir en una lengua que se convirtió en el elemento clave de su creación literaria.
¿Cuándo se domina una lengua? ¿En qué momento sobreviene sobre aquel que escribe la revelación de que se ha aprendido lo suficiente o, peor aún, lo necesario del idioma ajeno para poder redactar las notas que solicita amable y bonachonamente el jefe de la sección cultural del famoso periódico francés, alemán, inglés, que lleva la luz de la verdad, del progreso y de la civilización allende las fronteras de las naciones más prósperas del planeta? ¿Cuándo, en fin, el escritor transterrado se ha apoderado del instrumental lingüístico o, mejor, idiomático para decir y señalar, en su condición de ser-de-letras (homme de lettres) qué sí y qué no y por qué? Poco o nada importa todo esto. Poco o nada me importa a mí. Y dudo mucho que Copi, –extranjero en Francia, extranjero siempre–, haya tenido ganas de formularse este tipo de interrogantes. Más aún: de haberlo hecho, seguro que las desechó (con sorna, con risillas, con furia) de inmediato.

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¿La movilidad perfecta? según Escovar

La visión del futuro del escritor es un megatón de ácido sulfúrico sobre la visión ingenua de quien nunca piensa en el futuro, y por eso sueña tonterías, o sobre el discurso cínico de quien se lucra de la vulgaridad de una promesa.

 

 

La movilidad perfecta, según Andrés Felipe Escovar, será cuando nada sea. Ni cuando Bogotá sea Bogotá ni cuando la movilidad sea movilidad sino una inconstante inmovilidad solo interesante para posibles arqueólogos del futuro.

Andrés Felipe Escovar, es editor de Mil Inviernos, y en todo este tiempo de eulogias hacia el onanismo, además de convertirnos en el hazmerreír de muchas hienas  nos hemos vuelto unos consultores sobre el futuro ni los más machos. Pues cuando alguien o algo  quiere  saber a dónde puede dirigirse en un ejercicio de prospectiva, piensa en nosotros, pero nosotros no queremos ir hacia ningún lado, ya que incluso habitando el futuro estamos desesperados por vomitar el mundo a nosotros incluyendo.

PERO ESTA ES LA DIFERENCIA ENTRE UN ESCRITOR Y UN CANTAMAÑANAS VENDE-MOTOS (O VENDE-VOLVOS EN EL CASO DE LOS URBANISTAS STATUS-QUO BOGOTANOS):

La visión del futuro del escritor es un megatón de ácido sulfúrico sobre la visión ingenua de quien nunca piensa en el futuro, y por eso sueña tonterías, o sobre el discurso cínico de quien se lucra de la vulgaridad de una promesa.

 

En este enlace pueden ver la visión de Escovar sobre la movilidad de Bogotá cuando no sea Bogotá:

 

¿Cómo sería la movilidad perfecta en Bogotá? Un experimento ilustrado

 

Andrés Felipe Escovar, escritor

«La movilidad perfecta se dará cuando Bogotá deje de ser Bogotá. 

Para eso no falta mucho: basta con que la gasolina y el diésel sean artículos de lujo. O que toda nuestra civilización, basada en una adicción al empleo desmesurado de energía, incurra en una crisis de deprivación; no habrá con qué echar a andar los motores y, entonces, la gente deberá volver a las bicicletas (si es que alguna vez estuvo). Ni siquiera los vehículos de tracción animal serán económicos; su alimentación será tan onerosa como el uso de hidrocarburos. Además, ya se habrá corroborado que la utilización de las llamadas energías alternativas, es tan dañina como la otra. 

Bogotá dejará de ser Bogotá pero aún habrá bogotanos que vivirán en el extrarradio: se habrán marchado cuando yo no hubiere nada qué consumir o, al menos, las monedas sean tan escasas como las frutas. Los supermercados semejarán las imágenes que sirvieron para sembrar pesadillas socialistas, como si no se hubiese necesitado una hecatombe política, que tanto hicieron temer, para desembocar en el espanto. 

Al centro y demás los lugares que ocuparon los otrora grandes exportadores y especialistas en la bolsa y finanzas, a los conglomerados burocráticos y a los restaurantes donde los burócratas llenabas sus estómagos hasta irritarlos, los nuevos bogotanos irán para extraer materiales: será la extracción a los complejos edificios que resguardaron a los extractivistas pues, como se solía decir, ‘nada es gratis en la vida’. 

Las calles empezarán a repoblarse de hierbas, de algunos insectos (los que sobrevivan a los incrementos de las temperaturas) y serán sinuosos caminos por donde los nuevos bogotanos intentarán recordar que, no hacía mucho tiempo, esos lugares estaban atiborrados de vehículos que ahora se descascaran y son utilizados como pequeños bancos de materiales para construir cosas que les permitan sobrevivir. Recordarán que alguna vez alguien se imaginó un espacio despejado donde la gente podía ir muy de prisa a sus trabajos, sin reparar que el daño no empezaba ni terminaba en un trancón».

 

Kumbala. Por Osbaldo García Muñoz

Osbaldo García ha tenido la generosidad de aportarnos otro de sus relatos. Esta vez, la noche rompe con las argucias liminales y se expande hasta estallar en la mirada de quien siente anochecer. La imagen que acompaña a esta entrada también es autoría del escritor.

La puta destapó la cerveza y arrimó su graso cuerpo hacia mí. Un olor agrio punzó mi cabeza. ¡Tócale, mi rey!, me dijo, moviendo su regordeta cadera. Levanté la mirada a la altura de sus senos. El rojo brasier era insuficiente para contener la carne. ¿Sos mampo?, preguntó con ironía. Extendí un billete de cincuenta pesos. Lo tomó despacio, dejando una caricia áspera y húmeda en mi mano. Pasaban de las once y el calor de Tapachula era insoportable. ¿Qué mierda hago aquí?, me dije. Las mesas eran de plástico y estaban dispersas en un espacio no mayor a treinta metros cuadrados. Una consola tocaba música mexicana y guatemalteca. Cinco mujeres viejas y mal vestidas cruzaban las piernas sentadas junto a la pared. Di el primer trago a la botella: recordé mis 20 años de sobriedad y el día de mi boda, aquél año en que tuve mi primer trabajo y juré no volver a tomar jamás.
La puta regresó con unos limones partidos, sal y escasos cacahuates sobre un plato pequeño que me causó risa. Extendió sus uñas largas y violetas para darme un puñado de monedas. Insistió: ¿Vas a coger? Volví a mirarla a los ojos. Sus labios de semáforo refulgían un rojo plastificado y seco. Una cicatriz a la altura de las cejas se escondía maquillada. Las ojeras se disfrazaban con la oscuridad de los cosméticos, pero era inevitable ocultar los estragos del tiempo, las drogas y el desvelo. No pasaba de treinta años. Sus ojos miraban todavía con la esperanza lejana que da la juventud mal vivida. ¿Cuánto?, pregunté. Trescientos, contestó. Me reí. Toma cinco pesos y vete, le dije, poniendo una moneda en su mano. ¡Pendejo!, exclamó enojada. Se dio la vuelta y volvió a ocupar la misma silla junto a sus compañeras.
Fui al mingitorio. Una mezcla pestilente de limones, orines y vómitos hizo que volteara la cara y me salpicara los pantalones. ¡Mierda! El agua caliente salió de mi cuerpo en chorros desbordados. Recordé a los toreros muertos y su agüita amarilla: baja por el caño, etcétera. Un hombre estaba apoyado en el urinal y cantaba con lenguaje incomprensible. Leí en la pared: Morir es como acostarse a dormir sin levantarse a orinar. Me subí el cierre. Busqué dónde lavarme las manos, pero sólo encontré un bote oxidado con agua turbia. Me limpié las manos en el pantalón. Era eso o arriesgarme a agarrar una infección. Saqué el celular del bolsillo y vi varias llamadas perdidas y mensajes de WhatsApp: Te estuve marcando, a ver si ya te dignas a responder. Mi exmujer estaba desatada. Amenazó: ¡Voy a demandarte! Desde hace tiempo venía diciendo lo mismo: que los niños están en la escuela; que se enferman mucho; que lo que le daba no era suficiente; que quién sabe dónde madres me gastaba la lana; que era un putañero; que quién sabe en qué estaba pensando cuando te di las nalgas; que a la chingada con lo nuestro; que con que me des el gasto completo y lo demás me vale madre; que chingas a tu madre si no vuelves a contestarme el teléfono.
Bebí con ansia el último trago de cerveza que quedaba. Levanté el envase para que trajeran otra, mientras guardaba el celular sin poner atención a la llamada entrante. Levanté la mirada al notar la sombra de un bulto frente a mí. ¿Media, caguama o caguamón?, dijo la voz chillona. Media, respondí a aquel cuerpo flaco ajustado a una playera y pantalón pesquero. ¿Media? El mampito me vio y dibujó una sonrisa en su rostro. ¿Qué, veniste a tomar o calentar asiento? Pinche puto, pensé. Tráeme una caguama, pues. ¿Indio, sol, corona…? ¡No jodas, esto parece oficina de gobierno! ¡Tráete lo que sea; no importa! ¡Ya cásate!, dijo y dio la vuelta. El celular seguía timbrando en mi bolsillo. La puta me estuvo mirando todo el tiempo. Sentí su mirada desde el umbral donde abría las piernas sin recato. Intenté sonreírle pero me dio la espalda. Incluso ella se sentía con derecho a tener dignidad y despreciarme. El meserito llegó a mi mesa: Indio, dijo sarcástico, pa que no pierdas la costumbre. Sirvió en un vaso. Son cuarenta y cinco. Pagué y se alejó de mí.

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El chute definitivo. En memoria de José José, la bestia del amor

Cada vez menos nuestro mundo

Norbert Schüster

La canción acaba de morir

Omar Kayham

Las biografías siempre son incompletas hasta que se cierra la fecha de nacimiento con la de muerte. En tu caso, que saltaste de una eternidad a otra, se puede ver que tal tentativa no es otra cosa que un disparate de bibliotecario mediocre.

Dijiste noche no te vayas, como si no fueras tu el que la abandonaría y, con ella, a todas estas almas en pena: ese era el bouquet de tu dosis personal.

Ojalá papá lindo te de unas buenas jeringas repletas de heroína y le digas, en el viajado, que dicen que eres un payaso y nada puedes hacer. También quiero ron y mezcal y aguardiente pero mi nuevo oficio de chófer no me lo permite porque debo cargar tu cadáver.

Ojalá que te mueras, dijiste esa noche, y fue como un puro beso porque tu fantasma vuelve a rondar los 10 años que estuviste en consumo al interior de un taxi.

Y esta vez soy yo tu taxista y te llevo a los intrincados parajes de tus pesadillas: viste tu posible vida de sobrio hasta que morías como un vulgar sujeto, tan mediocre como yo, tu taxista.

Por aquella época, cuando te llevé, yo tenía veinte y tu cuarenta. Ahora te alcancé en edad pero no en grandeza y estoy tan cansado que he de confesarte que a veces preferiría estar muerto como tú: quiero morirme pero solo me mato a pajas porque no me pagan lo suficiente para ir a donde las venezolanas.

Pronto te olvidarán pero en mi cachivache, mientras hago carreras, o carreritas al culo, como dirían los vulgares, coloco tu música y levanto la cara con orgullo.

Recuerdo aquella tarde que le cantaste borracho a la señora Verónica Castro. Recuerdo la cara de asco de aquella coqueta mujer que sabía de tu hedor a alcohol trasnochado y mal aliento que de tu boca de bolero salía.

No sabes cómo y cuánto te extrañaré en la botanería en donde me daré duro en la cabeza mientras veo a un cantante de poca monta que te imitará primero a ti, luego a Juan Gabriel y después interpretará sus propias canciones que nadie escuchará.

Qué memoria tienes

Y yo con un Alzheimer ni el malparido

Dios te lo permita, que nunca en la vida

tengas una pena

porque si la tienes, morirás de angustia y desesperación

no te lo reprocho

tan solo le pido a Dios

que me muera

que me muera

 

 

 

El evento de la ciencia abierta: OpenCon 2019 Latam en Bogotá

En Mil Inviernos  nos complace invitarlos al mayor evento de Ciencia Abierta en Latinoamérica, lugar en el  que nos encontraremos con algún científico, o diletante como nosotros mismos, muy triste que querrá acompañarnos a tomar el refrigerio.

Contexto:

En la  OpenCon de Toronto 2018, los participantes de la región latinoamericana que participaron en la desconferencia eligieron a Colombia para realizar OpenCon LatAm 2019, debido a que se ha identificado en el país una comunidad activa, con actores relevantes, que impulsan y promueven los ecosistemas abiertos y elementos de la ciencia abierta.

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 ¿Qué es?

OpenCon es la conferencia internacional sobre acceso abierto al conocimiento científico y académico, educación abierta y datos abiertos, dirigida especialmente a estudiantes y a quienes están en sus primeros años de carrera profesional académica.  Es una contribución a formar los líderes del futuro en estos temas.

¿En dónde?

Este año se realizará la tercer versión latinoamericana en  dos instituciones de educación superior: el edificio de Ciencia y Tecnología de la sede Bogotá (Universidad Nacional de Colombia) y en el Edificio 49. Salón Múltiple Félix Restrepo de la Pontificia Universidad Javeriana

Para registrarse:

https://www.eventbrite.es/e/entradas-opencon-latam-colombia-2019-65136000531

El señor del cerro. Por José Osbaldo García Muñoz

En los sueños nos habla Dios. Y, cuando no es él, son sus espejismos, siempre reflejados sobre superficies sinuosas, hasta que sus nombres devienen innombrables y nos conformamos con hechizos para conjurarlos o invocarlos. En el relato que presentamos, Osbaldo trabaja desde un lugar donde lo verosímil se traduce en una vanidad que no permite, ni siquiera, soñar. Y esto es un sueño. Y, como han dicho desde hace unos siglos, los sueños sólo sueños son.

El señor del cerro

Todo barranco tiene que ser rellenado,

y toda montaña y colina allanada,

y las curvas tienen que convertirse en caminos rectos,

y los lugares escarpados en caminos llanos…

Lucas 3: 5

 

Fue él quien lo soñó; lo soñó y sólo él lo supo. En su sueño se lo contaron; le dijeron, le hablaron: “Tu suerte está en la montaña; ahí está tu suerte, ahí está”. Le contaron lo que debía saber, en su sueño se lo contaron. Lo tuvo claro en su mente, en su espíritu; claro como un amanecer sin nubes era él. Pero nadie le creyó cuando pidió ayuda; nadie: “Voy a derrumbar el cerro”, dijo; ayuda pidió. Nadie lo tomó en cuenta. La gente lo veía con desprecio, creían que estaba hechizado o enfermo de la cabeza. “Está hechizado, enfermo”, decía la gente; hablaban: “Está enfermo”.

Mas él no hizo caso. Vendió todas sus tierras y casa para derribar el cerro. Vendió su casa y su tierra y sus vacas. Compró picos y palas; contrató cuatro muchachos para derribar el cerro: “Ahí está tu suerte”, recordaba. Compró picos y palas, se dedicó sólo a derribar el cerro. De día y de noche golpeaba el cerro para abrirlo. Golpeaba. De día y de noche sin comer ni dormir, sólo arrancar la piedra del cerro; abrir su estómago de la montaña para encontrar lo que le habían dicho: “Está tu suerte ahí”.

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¿Nos han estado preparando? Juan Pablo Plata

¿Nos han estado preparando?
Por: Juan Pablo Plata
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Como todos hacen algunas veces, he puesto mis pensamientos recientes en una especulación paranoica. He llegado a cavilar en la posibilidad de si hemos estado sometidos a un arreglo, un precalentamiento, por medio de historias orales, libros, bestiarios, canciones, películas, en fin, para poder soportar la aparición de seres alienígenas. Si tal cosa ocurriera, digamos, el choque sería menos fuerte por los anticipos dados.
Imagino a los programas televisivos, la narrativa de Ray Bradbury o las cintas de George Lucas, entre otros, como sucedáneos del miedo administrados en mínimas dosis, durante años, a varias generaciones, para lograr acostumbrarnos a morfologías, comportamientos, técnicas y ruidos ajenos a lo humano.
Al temor a lo foráneo se le llama xenofobia, pero este caso de especulación permite
arriesgar una categoría: xenofobia mediática. ¿Nos han estado preparando con diversos medios encubiertos para la llegada de otro tipo de seres?, ¿quién?, ¿no es todo muy extraño? Digamos: todo. 

Mira lo que has hecho, pequeñín

Ayer habló Daniel Johnston con Jesús. Hoy, un hoy que ninguno de ellos dos tienen porque los hundió la eternidad, es hora de ver lo que hizo aquél hombre que ya se difuminó y del que nos quedan canciones, suspiros y alguna que otra torta para distraer la depresión. Acá, algunas de sus más célebres frases y consabidas canciones.

 

Soy mi miembro fantasma y me tengo miedo

 

 

 

Correrse y parecer una vaca

 

 

Nada mejor que dormir deprimido

 

Cuando quiero llorar también lloro

Todo en esta vida es duro salvo mi pipí, y eso es lo más duro

Jamás leí las confesiones del artista de mierda pero también me confieso

The unfinished Daniel Johnston rest in peace

Daniel_Johnston-Hi_How_Are_You.jpg No todo es literatura, ni arte,  ni las formas muertas, ni lo que se puede decir o dejar de pensar o todo eso, porque afortunadamente en el mundo existe la esquizofrenia y a esta tú no puedes decirle «deja de pensar esto o aquello» porque entonces te mandan medicamentos o al hospital o a cualquiera de esos sitios en donde la gente lee literatura y disfruta el arte y se queda cómoda con las formas muertas, sabiendo lo que puede decir y dejar de pensar. Como nada de eso se refiere a Daniel Johnston, el extraterrestre, podemos imaginar una conversación entre Johnston y Jesucristo.

— Hola, Jesús, ¿cómo estás?

— Hola, Daniel. Estoy escuchando un cassette que grabó Daniel Johnston, no en la dimensión que acabas de dejar, sino en otra dimensión en donde nunca grabaste este cassete.

— ¿Y qué tal está, Jesús?

— No sé porque yo lo inspiré entonces no puedo desprenderme de mi propio ego y analizarlo desde un lugar más objetivo.

— Pensé que eras omnipotente…

— No. Mi papi lo es, yo no. Yo no puedo hacer ciertas cosas.

— ¿Por qué te pareces a mí, Jesús?

— Porque cuando las personas mueren y me conocen, descubren que yo me parecía a ellas en vida.

— ¿Te gustaba mi música?

— No me gusta la música ni las artes ni nada de eso. Me gusta la gente y tú me gustas.

— ¿Por qué? ¿A mí me decían esquizofrénico?

— Creo que a mí también me dirían esquizofrénico en tu época.

— Eres divertido y buena gente, Jesús, no sé porqué pensaba que eras como un extraterrestre.

— Vamos a visitar otro planeta que tenemos toda la eternidad, chiquitín.

— Hola, cómo estás?

— Estoy bien y tú

— Un poco triste pero supongo que se me pasará.

— Está bien estar triste, Daniel.