UNTÉMONOS DE COLOMBIA, por Umberto Amaya Luzardo

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UNTÉMONOS DE COLOMBIA

(Así es el Pacífico)

Era un sueño de tercero de primaria, cuando en la clase de geografía aprendí que el país tiene tres cordilleras y dos mares; yo era un muchachito llanero que no conocía los cerros y mucho menos el mar; pero como era un niño y los niños tienen la capacidad de soñar despiertos, mientras el profesor hablaba de los kilómetros de mar atlántico y la cantidad de costa pacífica que nos pertenecía, yo en la imaginación, como en el joropo llanero: “salí por un caño abajo, a ver si a la mar salía”.

A los doce años cuando miré por primera vez la cordillera, pensé que en esos lugares los hombres eran demasiado guapos para trabajar, cuando eran capaces de hacer esos montones de tierra tan grandes que llamaban cerros; porque nosotros entre tres hermanos, turnándonos la carretilla para echar el piso de la casa, habíamos durado cargando tierra todas las vacaciones. Ahora, estábamos en Bogotá, mirando su cadena montañosa, y esperando que amaneciera para escalar el cerro que nos quedaba más cerca siguiendo el curso de la quebrada. Cosa de maravillarse, la quebrada estaba llena de piedras y como tampoco las conocíamos, todas nos gustaban y queríamos recogerlas todas, porque en los arenales del llano solo conocíamos dos piedras: una pequeña que tenían en la cocina para machacar los ajos y otra grande bajo la sombra de un árbol, la piedra de amolar, que traían desde Tame, a puro lomo de burro.

f“Viajar es necesario, vivir no tanto” decían los que se inventaron la democracia, como si viajar fuera un acto democrático, y nosotros, bajo el régimen de mi papá nos fuimos a conocer el mar; pero si las montañas me fascinaron, el mar no; el mar me asustó, porque pensaba que si el río Arauca, con lo pequeño que es, tiene caimanes, rayas, pirañas, remolinos y corrientes bravas en los que a cada rato se ahoga la gente, en esa inmensidad de agua tendrían que haber monstruos inmensos y furiosas tempestades; entonces me metí al agua con un recelo que me ha durado toda la vida.

Conocí el mar por la parte arriba de nuestro mapa, por el Atlántico; apenas me metí en el agua, que estaba tragándome el primer sorbo para comprobar que de verdad era salada y empecé a recordar las palabras del profesor “al país lo bañaban dos mares”, entonces me entró la necesidad de conocer el Océano Pacífico, y para allá me fui, pero esta vez no con la intención de asolearme en la playa, meterme un ratico al mar, y salir en pantaloneta para el hotel a comer pescado frito; sino que esta vez, mi intención era embarcarme y navegarlo, y muchos años después lo logré.

El pacífico colombiano empieza en Cali, con su cultura niche. Los caleños llevan el mar pacífico y la música afrocolombiana en cada folículo piloso, y de la misma manera que Brasil tienen estatuas de Pelé, en un centro comercial de Cali, está la estatua de Celia Cruz; diez metros de alta, con un vestido fucsia y su bemba colorá. Qué alegría para los ojos viajeros, mirar el buen gusto de los vallunos. Subiendo la cordillera occidental, por la carretera que conduce de Cali al mar, cruzando apenas el último barrio: Terrón Colorado, aparece el Saladito y La Cumbre; y siente uno que está viajando por lugares hermosos. Entonces llega el fin del afán y el comienzo de las casas bellas; es algo así como para los Bogotanos visitar La Calera, pero las casas de campo vallunas son más espaciosas y con mejor arquitectura, en otras palabras, mucho más bonitas, más espaciosas, con mejores jardines y menos frío.

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La ficción inmobiliaria de Italo Calvino

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Calvino en Nueva York viendo cómo sus pesadillas inmobiliarias tomaban forma. 

«La especulación inmobiliaria» de Italo Calvino data de una fecha específica desde su inicio hasta su conclusión,  que se manifiesta de forma clara al final:  5 de abril de 1956 – 12 de julio de 1957. Por lo tanto, se sitúa en un tiempo específico de la historia — la Italia que se reconstruía de la Post-Guerra—  y un espacio exacto aunque nunca mencionado: La Riviera al norte de Italia, en el pueblo ***. ¿Y por qué nunca se menciona el pueblo? Por dos razones, no simples, pero comprensibles: Uno nunca menciona a quien ama, y tampoco nunca menciona a quien odia, pero tampoco menciona a quien teme. Por esta misma razón, fracasan los que gritan y grafitean: ¡Yo amo a Fulana!; pero por esta misma razón, a algunos políticos detestables se les refiere como los innombrables  y ya, sin necesidad de mención alguna, todos saben  de qué innombrable se trata y por qué no se le nombra. Pero como amor y odio suelen ir juntos, suponemos que el narrador, en este caso, prefirió dejar el nombre en blanco, como quien firma un cheque en blanco, y dejarlo a la imaginación, o falta de imaginación, del lector, y en su caso más próximo, los lectores de Italia, en concreto, los de la Riviera de Italia, y su mala consciencia.

Ya hablamos de tiempo y espacio, como si eso importara, porque el comentario de muchos lectores, haciendo un barrido rápido por Internet, es que a pesar de que la obra se empezara en 1956 y terminara en 1957, sigue siendo vigente y es universal; es decir, que la temática que aborda es la misma ahora como en ese entonces, aquí como allá; y la temática no va más lejos que la del título que precisa en ponernos de una vez en el meollo del asunto: la especulación inmobiliaria. ¿Ha cambiado mucho esta actividad desde ese entonces?  En seguida,  hablaremos del tipo de personajes que aparecen en la obra.

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Andrés Felipe Escovar en Toma el control

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El co-editor de Mil Inviernos, Andrés Felipe Escovar, fue invitado en su calidad de escritor y docente al espacio televisivo Toma el control, de Canal 13, con motivo de un especial de la Feria del Libro, para conversar sobre libros, lectura, y todo lo que se mueve alrededor de esta actividad, que ahora se llama Ecosistema, metáfora que ahora se ha vuelto común después de que Carlos Scolari la usara para abordar el tema de las hipermediaciones.

En este ecosistema, la presentadora Camila Wills era una gaviota que con sus preguntas volaba alrededor de todo el paisaje; Cristian Briceño, la laguna que se comunicaba a través de otro lenguaje y solo se podía hacer entender gracias a los ecos de las aves nocturnas de la traducción; María Osorio, era una danta que por sus años y lento trasegar conocía el paisaje; Juan David Correa, un caballo que se luce con sus cabriolas; y Andrés Felipe Escovar, un león viejo que decide apartarse con la conciencia de que mañana lucirán su cabeza como trofeo: por esto no fue raro que a él fuera el único que no le preguntaran por el futuro, pues se considera una imprudencia preguntar por el futuro a un viejo o a un no-futuro.

Este es pues el episodio de Toma el Control, en donde Andrés Felipe Escovar parecía preguntarse lo mismo que Burroughs: ¿Quién controla el control?

 

Debut y despedida. El primer y único concierto de una banda punk

Los espejos asesinos

 

Juan Gabriel es el Maradona de los maricas, dice. A unos dos o tres metros de él y de mí, Juan Gabriel flota en la pantalla de la rockola: disgrega su voz en la oscuridad del escenario, vestido de azul, como un abogado que, en los ochenta, defendió a una recién divorciada cuando el divorcio conservaba su misterio.

Al final de la canción, Luis se incorpora, introduce otra moneda en la ranura y canturrea que amaneció completico: una completud que se columpia en los estragos de las noches mal trajinadas, el insomnio, el deseo de soñar y el espanto de cada sueño.

Cada tanto entran jovencitos con chaquetas de cuero. Se parecen, en su vestimenta, al gordo que gerencia una librería autodenominada independiente y que queda a un par de cuadras. Compran dulces, o algo para distraer el hambre antes de entrar al Bbar, donde esta noche hay un concierto de bandas de punk.

En la promoción del evento se ha explicitado su insustancialidad y la perspectiva de un comienzo sincronizado con el final: debut y despedida. El Punk es olvidable, las emanaciones de sus guitarras son ventosidades en los transportes públicos: agrias y pasajeras.

Luis, después de quedar completico, pregunta por la hora.  Son las diez y es tiempo de entrar a Bbar. Mientras nos paramos, me confiesa que está nervioso. Nunca antes me lo dijo, ni siquiera en las presentaciones de nuestros libros, en algún cafetín-librería del centro de Bogotá, donde se sentaron lectores que jamás leyeron algo escrito por nosotros y nos increparon por los títulos de lo recién publicado: los hermanos lectores creyentes en el divino talento.

El talento sólo existe cuando se enferma y hay que extirparlo, como el apéndice.

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Sin Excusas. Una reflexión de un escritor de mierda.

escenas junto.jpg Acá voy a hacer lo que mucho escritor de mierda hace y es hablar de lo que ha escrito como una suerte de revelación:

Esta mañana me enteré de un asesinato sicarial que ocurrió en el mismo escenario que me sirvió para escribir un microrrelato llamado: Escenas junto al mall. No es un cuento de ciencia ficción. Estrictamente mucha gente no lo consideraría un «cuento» porque esa gente cree que un «cuento» es donde sucede algo, y en este relato no ocurre prácticamente nada. Pero eso no es lo que me interesa discutir acá, porque esa gente prácticamente ni siquiera me considera escritor entonces no tengo nada qué discutir al respecto sino sobre lo que ocurrió en este escenario en donde hubo un asesinato sicarial y me inspiró a escribir unas dos escenas de tal soledad y locura que lo incluí en Dios conoce sus almas… Hoy cuando escuché la noticia del asesinato sicarial no solo pensé: conozco este sitio, sino escribí sobre este sitio. Y lo interesante, luego pensé, no fue que haya escrito sobre ese sitio, como cualquier otra plazoleta de comidas aburrida de una cadena de supermercados burguesa famosa por sus elevados precios y su target burgués, sino que lo interesante, en todo caso, que podría parecerle interesante a otra persona, es que escribí sobre lo que SE SIENTE ESTAR ALLÍ EN ESA PLAZOLETA DE COMIDAS DE UNA CADENA DE SUPERMERCADOS BURGUESA… esa sensación de tal soledad y locura… entonces, no solo se podría leer en esa historia un acercamiento a esa sensación que impregnó ese lugar para mí, sino quizás, para algunos otros que tal vez pudieron percibir lo mismo en ese sitio; pues no es que haya escrito sobre ese lugar, sino que escribí sobre lo que se siente en ese lugar y fue lo que pensé cuando escuché la noticia del asesinato sicarial: yo escribí no sobre ese lugar sino la sensación de ese lugar; ¿el asesinado estaría sintiendo lo mismo que yo quise escribir en ese relato que para muchos no es un cuento y en fin es una muestra de lo mierda que soy como escritor? ¿Los asesinos pudieron captar esa emisión de soledad y locura que emana en ese punto exacto que me llevó a escribir y publicar un relato en donde no sucede nada? Como ellos sí pusieron acción en ese lugar tan aburrido, y en fin depresivo, ¿son ellos, los sicarios, o el muerto, los verdaderos artistas y yo un farsante?

Acá cierro, y lo más grave, sin excusarme, por haber hecho lo que suele hacer tanto escritor de mierda.

Una escritura que diluye géneros. Entrevista a Sergio Chejfec

Por Andrés Felipe Escovar

La relación de Sergio Chefjec con lo que escribe no es natural: se aleja de la escritura a medida que incurre en ella. A diferencia de otros autores, los entornos académicos no le son hostiles ni los defenestra; es más, muchas de sus cavilaciones emergen en un registro cuya sombra es la prolongación de textos especializados, de modo que las imágenes emanadas de los nódulos textuales tensan el arco de una ficción cuyo eje argumental obvia acciones y tramas.

El escritor argentino vino a Bogotá con ocasión del XLII Congreso del Instituto internacional de Literatura Iberoamericana. Nos reunimos en la universidad Javeriana,  poco antes del inicio del segundo día del evento. Bebimos un café y conversamos.

 

-¿Tienes una idea exacta del momento o del proceso por el cual surgió tu interés por escribir?

-No se trató de un momento sino que fue una derivación en la juventud o la adolescencia. Desde los doce años hasta los dieciocho, tuve un interés marcado por la escritura; la literatura, en general, fue intermitente. Siempre me consideré una especie de escritor un poco tardío; publiqué mi primera novela entrelos  treinta y tres  y treinta y cuatro años… no importa mucho eso pero, comparado con otros autores, creo que fui un poco tardío y se debió a esa situación en que mi interés por la escritura y literatura no fue prematura ni natural.

No provengo de una familia, como es el caso de otros escritores, dotada económicamente ni vinculada a la cultura ni tenía muchos libros en casa. Eso hace que tienda a separar a los escritores que tienen una relación natural con la escrituramientras que hay otros que establecen una especie de combate con la escritura y ello implica una relación con altibajos. Sin hacer un juicio de valor sobre esas dos posiciones, sin querer decir que una vía es más eficaz o mejor que la otra, me parece que es un dato. Yo siento que pertenezco a esa segunda familia.

Comienzo en la adolescencia. Leo, más que literatura, libros de política, de ciencias sociales. Mi juventud pertenece a los setenta:ingreso al secundario en el 72; es una década muy politizada en Argentina y  muy marcada por la dictadura en su segunda mitad.  Para mí, la lectura era teórica de izquierda, de marxismo; leía de una manera absolutamente impune libros que me atraían por el titulo o por el grado de profundidad teórica que podrían prometer pero no porque los entendiera. Creo que eso fue dándome una especie de hábito de la lectura un poco bizarro en el sentido de que hubo cierto aprendizaje estético vinculado con la literatura que yo leía, que no era una literatura literaria sino teórica,y que no pasaba por su valencia estética  sino por su vinculación con los argumentos, con el desarrollo conceptual, con la coherencia con el tema,con el punto de vista. Todo esto me marcó para después elegir la literatura. Para míla literatura es un campo de tensión; tendí a tener, junto a la idea de narración, una nociónun poco ensayística donde las ideas, aunque no pertenezcan al mundo material o de la historia sino a un mundo conceptual, tienen un estatuto similar a otras categorías más naturales para la narración como la intriga, los personajes, el avance… etc.

Yo entroaleer ficción a los 17 años,  con  textos quizá más duros como los de Kafka: algún tipo de literatura europea de menos acción. Kafka para mí fue una especie de ídolo en la adolescencia (lo sigue siendo ahora pero de otra manera). Lo leí en traducciones;  para mí tenía una capacidad de irradiación muy grande porque me sentía compenetrado con esos climas creados en sus libros de personas absolutamente  incomprendidas que están obligadas a vivir en un medio que no les pertenece espiritualmente.

Después quise hacer antropología pero, finalmente, me derivé hacia la carrera de letras en la UBA. Eso, de alguna manera, tuvo que ver con que yo tenía ejercicios narrativos medio privados. No me sentía capacitado para nada ni comprometido con una vocación, que sentía borrosa para mí, y pensé que la literatura era un escenario adecuado porque entendía que no me exigía mucho, me contenía, incluso mis fallos, mis propias fluctuaciones de interés y desinterés. Luego se fueron conformando las cosas y me fui comprometiendo con mi propia escritura; conté con la suerte de encontrar una serie de amigos en Letras con los que tuve una afinidad muy fuerte y siento que ese grupo me ayudó mucho para sostenerme. Además, fui afortunado por tener una formación paralela de la universidad que en ese momento estaba colonizada por la dictadura: tomé cursos privados con Beatriz Sarlo y su manera de leer la literatura fue decisiva porque me enseñó a escribir de una manera a partir de cierta forma de leer el trabajo de los demás. Así que eso fue como una deriva, no marcada por muchos hechos concretos sino una especie de navegación un poco incierta pero que únicamente puedo reconstruir de manera direccional porque hago la mirada desde el presente… seguramente en esos momentos no iba para ningún lado.

Hasta que publico mi tercer libro, ya escrito en Venezuela, que se llama El aire, sentía que  seguir en el campo de la literatura abandonarlo. N o había nada garantizado. Posiblemente por esa relación no natural con la literatura.

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La chica mecánica. Ficción climática monumental. (Reseña)

Esta novela,ambientada en la Tailandia del siglo XXII, contiene todos la variedad de subgéneros  «punk» que se puedan imaginar: steampunk (tecnologías futurísticas a base de carbón y vapor), dieselpunk (artefactos pesados impulsados por motores diesel), biopunk (hackeos biológicos, manipulación de ADN, bancos de semillas) y cyberpunk (grandes sistemas de datos informáticos). Si es por nuevos géneros, también se puede  afirmar indubitablemente que se acopla a lo que Dan Bloom entiende como Cli-Fi, o Climate Fiction, es decir, una historia en donde el cambio climático cumple una función protagónica. Y,  finalmente, cumple todas las prerrogativas necesarias para considerarse una clara distopía política.

Además,  La Chica Mecánica, ópera prima de Paolo Bacigalupi, ha sido merecedora de los principales premios del género: Hugo, Nebula, Locus, Campbell e Ignotus (en España). Arrasadora serie de reconocimientos que ipso facto obliga a detenerse en el análisis de la obra.

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Aunque la portada en español es buena, esta japonesa me parece extraordinaria. 

La historia está contada en un estilo polifónico, muy al estilo de Philip K. Dick, en el que a través de varias líneas paralelas se va desarrollando y entretejiendo una trama más compleja hasta que se cruzan cada una de estas realidades modificando finalmente la inicial para desembocar en un escenario completamente nuevo.

Entonces tenemos la historia de Anderson Lake, ciudadano extranjero que tiene una empresa fachada de desarrollo de muelles percutores cuando en realidad es un agente de una industria de proteínas con intereses en Tailandia; Hock Seng, es su secretario personal, un chino malasio refugiado viviendo al borde de la extradición; está la historia de Emiko, la chica mecánica, que es un neoser, una humanoide modificada genéticamente creada en Japón pero abandonada en Tailandia en donde se le da un uso exclusivamente sexual, pero con una consciencia existencialista de universitaria occidental que no puede con ella; y un oscuro héroe nacionalista, ex campeón de peleas muay thai, llamado Jaidee junto a su malhumorada compañera Kanya.

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Un trazHOmenaje a la historieta La Flor de Coleridge, por Luis Antonio Bolaños.

La Flor de Coleridge

Por: Luis Antonio Bolaños de la Cruz 

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Motivado y acicateado por mi amigo Isaac (desde Casa de Jarjacha primero y de Agujero Negro digital después) me aproximé por aquel entonces a los diversos soportes en que se expresan los creadores de los géneros de nuestros amores, y comprobando que la mayoría de los comentarios, reseñas y análisis sobre historietas correspondían en lo fundamental a la producción USA, a la japonesa y algo a la europea, me decidí a recorrer ese universo de sueños plasmados por los autores e ilustradores argentinos, que se acumulan en capas sucesivas durante varias décadas dignas de ser exploradas sin pausa y con placer; me propongo comentar una vez quincenalmente alguna de dichas creaciones, porque siento que están sometidas a un olvido similar al que nos aplican por periféricos los poderes imperios en otros temas, cuando su calidad es genial y muy superior al promedio de la producción de USA y Japón y comparable con el nivel de la francobelga, británica e italiana.

El nombre de la sección funciona como un anagrama múltiple que se estira en tres dimensiones: con destino a lo gráfico mediante los trazos entregados, hacia la recuperación de la memoria trayéndola consigo a través del homenaje y menaje por el equipo de conceptos, referencias, imágenes, recuerdos, emociones y relaciones con que emprendo el viaje permitiendo que se disuelva el tiempo transcurrido para gozar en el presente de esas obras escamoteadas.

Empezaré con “La Flor de Coleridge” (publicada en Skorpio), comentando página a página esa historieta con guión de Guillermo Saccomanno, tan militante y hermoso que uno aplaude el tema y se solidariza con los acontecimientos pero sin perder en ningún momento la emoción, y recurriendo al trazo de “Tintafina” como suelo denominar en mis degustaciones comiqueras a Cacho Mandrafina, el artista ilustrador, digno dibujante que con un uso magistral del entintado y la disposición del espacio en las viñetas, unidos a que se manifiesta como letrerista eximio (manifiesto en las viñetas de las páginas uno y dos) pasa a ser uno de los maestros en el uso de la tinta china de esas añoradas ediciones que tanto nos ofrecieron bajo los sellos de:

Abril & Yago (Misterix, Rayo Rojo),

Record (con Skorpio, Corto Maltés, Pif-Paf, Tit-Bits),

Columba, que hasta tiene canción de Calamaro (con El Tony, Intervalo, D’Artagnan, Fantasía, Aventuras, Nippur Magnum),

de la Urraca (con las potentes Fierro, El Péndulo, Humor, Superhumor, Cazador),

pero sobre todo Frontera de Oesterheld con su homónima y Hora Cero donde sucede esa clásico inolvidable “El Eternauta”que varias generaciones llevamos en el corazón.

Desde el título y la diagramación de
las páginas 3 y 4, la historieta evoca lo que desea transmitirnos:
la situación que se vive y la intensa persecución entrecortada y
jadeante por los retorcidos callejones de la Casbah, -es inevitable
que evoquemos “La Batalla de Argel” de Gillo Pontecorvo y nos
embarquemos en rememorar datos y sucesos de esa extraordinaria hazaña
que significó la rebelión argelina que terminó por expulsar a los
franceses del territorio magrebí-;
el conecte entre acabado de las
viñetas y palabras claves repercute por su potencia en la
comprensión del acontecimiento, que queda rubricada en las miradas
de los testigos,
 O en el acercamiento a los rostros de
los torturadores y del sospechoso en la página cinco, tanto que casi
permite tocar las imperfecciones en la epidermis de sus rostros,
captando el carácter y su vida interior a la manera de una
prescripción frenológica;

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LAS VALIENTES TAMBIÉN ME GUSTAN — Umberto Amaya L.

LAS VALIENTES TAMBIEN ME GUSTAN 

Umberto Amaya Luzardo

Vamos entonces, tú y yo,
Cuando el atardecer se extiende contra el cielo.
 
Thomas S. Eliot

 

 

 

Arauca, octubre 16  con calor de medio día.

Carajita: Deja que te llame carajita para que así, con un poco de intimidad pueda contarte mejor las cosas. Contarte por ejemplo que el lunes al caer la tarde te vi por primera vez, y  el miércoles en la mañana se formó el mierdero. Ese lunes lo tengo claro,  pasaste  rozando  el puesto de las empanadas pequeñitas que venden  a solo trescientos pesos. Yo  estaba ahí parado mirándote  y en la alegría de ver una catira bonita, te sonreí y tú, con una sencillez  que casi me congela, me devolviste en lazo abierto  tu sonrisa.

–Prueba  una, yo invito– te dije, y me respondiste que no. Pero insistí pidiendo que por favor  la aceptaras para no sentirme despreciado –Si quieres mejor llévate diez, que yo con gusto las pago. –Llévaselas a los presos, que ahí no más queda la cárcel– te dije,  casi que con  autoridad. ¿Te acuerdas?

–El miércoles entendí por qué te gustó la idea y por qué me aceptaste las  empanadas que te dieron en una bolsa de papel con la parte de abajo transparente  de manteca. Te las entregaron, sacaste una y  la mordiste comprobando que son pequeñitas pero deliciosas. Unos  segundos  no más te vi a los ojos y quedé  sorprendido, porque las catiras de estos lados son marmoleñas y de ojos  claros y otras más escasas todavía,  tienen ojos de candela en marzo, pero los tuyos son diferentes, tienen  un verde intenso color retoño.

Te vi las tetas mal escondidas en la camisa y se convirtieron  en un imán para mis ojos; tú lo notaste y poniendo el semáforo en verde, me dijiste con picardía de cómplice: -las tengo un poco grandes, pero con una plata que voy a recibir les voy a disminuir una talla. Lo dijiste por mamar gallo y mamando gallo te respondí: –No, yo te pago la operación, pero no para que te las disminuyan sino para que te las agranden,  que a mí no me gusta acariciar sino amasar con furia- te dije, feliz de encontrar una mujer como tú, sin escrúpulos de monja ni vergüenza genital, pero  sentí en tus palabras la necesidad que tiene  todo recién llegado de poder comentar con alguien afín sus emociones, y vi también en el fondo de tu alma  el vaso de angustia que debías beber. Quiero decir con esto, lo que el olfato me dijo, que no habías llegado al pueblo a turis-vagabundear  sino que en algún cruce serio te movías. Por eso, no te pregunté el número  telefónico, además, no cargabas celular, yo me di cuenta. Te pedí el correo y en un pedacito de la bolsa que no estaba enmantecado lo apuntaste y  todo sucedió como en esos amores ridículos, en que los acercamientos jamás pasan de besito en la mejilla,  y es verdad, entre nosotros no ha pasado nada todavía, pero en el pueblo sí, en  el pueblo se formó el mierdero y fuiste tú la protagonista.

Antes que todo eso sucediera yo tenía ya tu dirección  electrónica, que escribir por  internet es mi fiebre, porque en la escritura tiene uno  la intimidad y el encanto de rumiar las palabras, en cambio con el teléfono debes ser  más repentista y estás siempre peleando con los minutos y cuando no estás acostumbrado te atoras,  y como en el amor, hasta las palabras se acaban. Pero mi vicio es intercambiar mensajes largos con mis amigas cibernautas y las que por pereza empiezan mandando frases de Pablo Cohelo, o  grupos de oración en cadena, les doy el preaviso y si insisten en sus pendejadas y en su  contaminación visual, les cierro los vidrios. Y en esta vida  de peregrino que me ha tocado, cuando paso por los pueblos busco las peladas que se escriben conmigo y les hago la visita.

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He estado pensando en… VåPORWAVE!

 

Uno de los últimos géneros artísticos, podríamos decir que uno de los primeros géneros genuinamente millenials, es el vaporwave: en Internet podrás encontrar varios significados de lo que consiste, pero para mí, que soy de otra generación, consiste básicamente en asimilar irónicamente los contenidos visuales y sonoros de principios de los años 90; es decir, lo que consumíamos los de la generación nacida en los ochenta en nuestra temprana adolescencia antes de que el grunge se empoderara y todo lo divertido que tuvo esta época se fuera al traste con el suicidio de Kurt.

La generación millenial se ha divertido de lo lindo al comprobar la poca sofisticación técnica de los visuales de esta época, producto de la experimentación y el poco desarrollo de equipos de edición de video y gráficos, no existían en ese entonces los altas estándares actuales que ahora hacen de cualquier niño de 4 años un gran creador visual (y como dice el chiste: no, señora, que tu hijo de 4 años maneje diestramente un iPhone no hace a tu chiquillo un genio, el crédito  para de los creadores de iPhone). Esta puede ser una de las muchas razones por las que actualmente, además del componente satírico de esa estética, exista una mayor valoración en el error, o el glitch. Los efectos visuales que en ese entonces nos hacían alucinar ahora hacen morir de la risa a cualquier persona que en la actualidad cuenta con todas las herramientas para crear una buena composición, aunque -se debe decir- sin la osadía de los pioneros en estas tecnologías.

Como yo también me encuentro en un estado de regresión, he vuelto a los primeros referentes  musicales de esos años prepúberes  y así me he reconciliado con el vaporwave. Por lo tanto, he vuelto a mi afición  hacia bandas tales como Ace of Base, KLF y Culture Beat. EN esta regresión, he vuelto a ver bajo los ojos del nuevo milenio algunas de sus producciones visuales, alcanzando un alto grado de iluminación y de disfrute de la precariedad técnica, con la  sospecha de que los mismos creadores conscientes de sus limitaciones disfrutaban de ellas.

Y así llego a uno de los videos más representativos de los 90 que tiene todos los elementos que hacen gozar como enanos a los del género vaporwave: I’ve been thinking about you, de Londonbeat.  Efectos de  western retro futurista;  programa de edición visual de las computadoras Commodore; un hombre montado sobre un caballito computacional, acaso una prospectiva de las relaciones zoofílicas con hologramas; croma keys con efectos de un desierto bañado por una lluvia de estrellas; y la constante amenaza de una tempestad de guitarras eléctricas de otra dimensión que intentan golpear a la cabeza a lo que se le cruce.

 

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